Las lubinas salvajes nadan hacia su extinción

Ignacio Vidal-Folch
14 min

En nuestra percepción del mundo, en nuestra valoración de la vida y de nuestro papel en ella, la conciencia ecológica ha cambiado nuestra visión y nuestro ánimo de una forma absoluta y rápida, pero discreta, que se revela de repente.

Como por ejemplo, en mi caso, ayer, cuando fui a Mercadona con la misión de comprar una lubina, para hacerla al horno, con patatas y cebollas y…

Yo siempre había percibido las carnicerías y pescaderías y esas peceras a la entrada de las marisquerías donde grandes crustáceos rojizos y complicados se mueven con lentitud de ensueño, hasta que aparece el camarero con la red para llevarlos a la sartén… como altares sacrificiales de seres inferiores a los que no había que prestar mucha atención. Y no se la prestaba. Pero ahora en el sector Pescado de Mercadona, “pescado del mar a la tienda, en menos de veinticuatro horas” por primera vez me he fijado en el espectáculo extendido de los peces muertos, no pensando en cuál sería el mejor para cenar, ni en la relación calidad-precio, sino en la realidad de la que eran signo. En los oblicuos mostradores con su gravilla de hielo diamantino sobre hojas de col, el desparrame asombroso de peces relucientes, con el ojo redondo y vidrioso y la boca abierta sobre un lecho de hielo, era un espectáculo brillante, un bodegón fabuloso de docenas, si no cientos de piezas expuestas orgullosamente como trofeos. Aquella tremenda hecatombe, dispuesta de la manera más atractiva posible para seducir a las amas de casa que pasaban con el carrito, estaba desplegada en un supermercado, un solo supermercado del barrio de Chamberí; solo en mi barrio hay cinco o seis de esos supermercados, en todo Madrid son cientos, todos pertrechados cada dos días con más pescado fresco procedente del Gran Sol y de las aguas africanas y de las piscifactorías mediterráneas, pescado fresco y pescado congelado, y latas de atún, de sardinas, de bacalao, de anchoas, bolsas de gambas, gambitas y gambones, mejillones y marisco etcétera, etcétera, que no falte de nada para que el cliente pueda escoger. Esto, sólo en Madrid.

Imaginé cuántos miles de supermercados y  pescaderías ofrecen semejante despliegue en toda España, en toda Europa, en el mundo entero. Cuántas merluzas son convertidas cada día en pinchos suculentos en las tascas del País Vasco. No hace falta ser muy calculador para comprender que los océanos no pueden proporcionar indefinidamente suministro a semejante exposición, a semejante consumo. Creo que somos la última generación que comerá pescado fresco. En adelante será de piscifactoría, igual que han desaparecido las aves y quedan sólo los pollos en las granjas, y en el aire las cotorritas y las palomas, asegurándose de exterminar a los gorriones…  

Según mis invitados, la lubina, cocinada en el horno de mi cocina, me salió deliciosa. Yo la comía con gran recogimiento, valorando cada blanca porción que me metía en la boca como una comunión con un mundo en vísperas de desaparecer. La disfruté con una especie de malestar en alguna de las que Machado llama “hondas bóvedas del alma”.

Para cambiar de ideas, repasé los versos que conozco y que a veces me repito mentalmente para alegrarme, y me vino a la cabeza aquel, tan famoso, del Cántico de Guillén que dice “todo en el aire es pájaro”: “¡Cima de la delicia! / Todo en el aire es pájaro. / Se cierne lo inmediato / resuelto en lejanía.” ¡Noble Guillén, tú esforzadamente alegre, optimista, celebratorio! Aunque la verdad es que a mí este poema en concreto siempre me había dado algo de repelús, pensando en un aire lleno, efectivamente, de pájaros, y de plumas sueltas, como en la película de Hitchcock.

Decía JRJ: “Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando. Y se quedará mi huerto con su verde árbol, y con su pozo blanco. Todas las tardes el cielo será azul y plácido…” No, no quedará ni uno. Iba yo comiendo la lubina suculenta, y los amigos a mi alrededor conversaban muy animados, reían y bebían, y yo, completamente ausente del momento, recordaba los pueblos del interior del Ampurdán que visité el verano pasado: ¿por qué, en cuanto el sol baja y las sombras se alargan y el aire se detiene, nos parecen tan melancólicos, insufribles --como en general los pueblos de toda España--? Es cierto que el campo ya era triste por lo menos, si no antes, en el siglo XIX, como se deduce de las descripciones de Flaubert, de los cuadros de Modest Urgell o de Camille Corot, pero ahora lo es más, porque ya no hay trinos de pájaros, ni un ave que trine, han sido exterminados. Extinguidos. El espacio airoso está henchido de ausencia –parafraseando a Guillén— y el suelo es el lugar del holocausto. Cuando caminamos por los despejados bosquecillos silenciosos paseamos por cementerios.

El pintor Pavel Filonov (1882-1941) sostenía la tesis de que la superficie de la tierra está impregnada de los cadáveres de miles de generaciones de hombres y de bestias, y que esa sustancia la comen, al comer hierba, los bueyes, de manera que cuando nosotros a nuestra vez comemos a los bueyes o comemos directamente las hierbas estamos incurriendo en canibalismo con nuestros propios antepasados. Estas ideas terroríficas las expresó en el lienzo El banquete de los reyes, quizá el más famoso de los que pintó antes de morir de inanición durante el sitio de Leningrado. Es un cuadro de tonos agresivamente rojizos, claramente alusivos a la sangre, sangre que empapa a todos los comensales, los “reyes” y su corte.

Así, como digo, estaba yo dominado por la idea de que al comerme aquella lubina no estaba ya solamente abusando de un ser vivo, de un pez, lo cual sería asumible, en nombre del principio de supervivencia y de que a mi salud le conviene ese sacrificio del pez —sino contribuyendo activamente a la extinción de todas las especies, y con ello, al fin del mundo. Tuve que dejar el tenedor.

--¿Por qué no comes? ¿En qué estás pensando, Ignacio? –me preguntó Chucky, el muñeco diabólico que habita en mí, que en aquel momento estaba chupando con gran deleite la cabeza de una gamba.

--No puedo comer. Pensaba –le contesté— en aquella frase del Bhagavad Gita que le vino a la mente de Robert Oppenheimer al asistir, en el desierto de Nuevo Méjico, a la primera prueba de la bomba atómica: “Ahora me he convertido en la muerte, el destructor de mundos”.

--¡Ignacito! ¡No seas imbécil! ¡Cómete la lubina! ¡Cómete la lubinaaaaaa! –gritó, con un tono de una vulgaridad, de una ordinariez verdaderamente repulsiva, exactamente en el mismo tono en que Belén Esteban, en célebre ocasión, le gritó a su hija:

--¡Andreíta! ¡Comete el pollo!   

La orden de Chucky era igual de doméstica y menestral, impaciente y grosera, la voz del analfabeto.

--¡Ignacito, déjate de ñoñerías y cómete la jodía lubina!

A Chucky no le merecen respeto alguno mis estados de ánimo, mis melancolías que él llama “melindres y reparos de virgen histérica”:

--¡Tus ridículas exquisiteces de timorato progre que se atormenta por pobreza de espíritu, por inclinación crepuscular a la decadencia y a la ruina, que, camuflada de temor a la Sexta Extinción y el cambio climático, no es otra cosa que temor a la vida!

--¡Estás muy equivocado, Chucky! –le contesté, con energía.— ¡Yo me tomo en serio lo que la ciencia dice y lo que mis ojos ven en el Mercadona!

--¡Paparruchas, mariconadas de izquierdosos que, como habéis perdido todas las batallas en la política, en la economía y en organización social, queréis plantear nueva batalla en un terreno fantasioso, de astrologías y apocalipsis de Nostradamus.

A todo esto, el muñeco diabólico se metía los langostinos en la boca de dos en dos, y los devoraba sin molestarse en sacarles la cáscara.

--Además –decía--, ¿a ti qué más te da lo que pase en el Planeta dentro de treinta años si ya no estarás aquí para verlo? ¡Pasa de todo, hombre!... ¡Ah, qué buenos están estos langostinos, y qué bien he hecho en no almorzar a mediodía, sabiendo que por la noche había banquete en casa! Pásame la salsa tártara, pero antes báñamela bien de tabasco. Y acerca esa botella de Godello, coño, que a mí el marisco me da sed… ¿qué te estaba diciendo?

--Que me despreocupe del fin del mundo.

--¡Claro! ¡Date cuenta de que el porvenir ya está escrito y no tiene remedio! ¡Goza de la vida, joder, en vez de atormentarte con ese milenarismo sin utilidad alguna y sin sentido! Y si el fin del mundo, como temes, nos sorprende, que sea disfrutando como locos… y no… y no… flagelándonos… ajjj… ajjj…

Mientras decía esto de repente su semblante se fue apergaminando, poniendo de color rojo, luego fue tomando un horrible color verde, parecía una momia egipcia. Acababa de sufrir un ataque de apoplejía. Yo, sin percatarme, le decía:

--Tú me dices esto, Chucky, porque eres prácticamente un anciano, si no en años, sí en el tipo de vida sedentaria y rutinaria que llevas, durmiendo casi todo el día y sólo levantándote para comer y beber.

--Ajjj…ajjj...

--… Y a los viejos os cuesta mucho aceptar las ideas nuevas y los fenómenos nuevos, aunque salten a la vista. ¿Quieres más  langostinos, o prefieres un filete, que están buenísimos y tienen muchas proteínas?

Estaba muy pálido, pero se recuperaba del ataque, sin darse cuenta siquiera de que acababa de sufrirlo.

--Yo la verdaz –se le trababa la lengua y en aquel momento parecía un ancianito, su flaco cuello flotando dentro del cuello de la camisa, que le venía enorme-- ahora lo que pfzeriría fería un petit zuiz… o doz… Ya zabef, Ne quid nimis [Nada en exceso]. A ciertas edadez, la moderación es la zafiduría.

--Tú no te encuentras bien, Chucky. ¿Quieres un omeprazol? ¿Un paracetamol?

--Na… ya fe me pafará… Ya fabef… Optima medicina nulla uti medicina [La mejor medicina es no usar ninguna medicina].

¡Maldito esnob! ¡Hasta agonizando, ceceante y tartamudeando, tiene que proferir sus latinajos!

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¿Quién es... Ignacio Vidal-Folch?
Ignacio Vidal-Folch

Por desgracia nací huérfano, ya que mis padres fueron aplastados por un aerolito un par de años antes de que yo naciese. Esta tragedia me obligó a formarme como autodidacta. De joven lavé platos en el Soho, fuí maquinista en un ballenero, croupier en un casino, músico callejero en la estación Sebastopol del metro de París, y dí tres veces la vuelta al mundo como inspector de hoteles para la cadena Savoy. Enriquecido por tantas experiencias volví a Barcelona, donde he publicado varias novelas y libros de relatos y colaboro con el diario El País y las revistas Tiempo, Jot Down y otras.