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"La insistencia" de Jorge Ferré, reacio a todo

Ignacio Vidal-Folch
4 min

La inauguración más cara, y la más popular, del pasado jueves, fue naturalmente la de la exposición dedicada a Renoir en CaixaForum. Pero yo fui a otra, para mí más excitante y más desafiante, en el flamante espacio LAB o sala experimental de la galería Senda. La exposición "La insistencia", obra de Jorge Ferré (Barcelona, 1956), artista pintor que expone en su ciudad por primera vez en muchos años, bajo el comisariado de Chus Martínez.

Chus Martínez es una de las dos o tres personas más inteligentes que conozco. Tuve el privilegio de conocerla cuando empezaba su meteórica carrera con una pequeña galería en Brooklyn, y luego la vi movilizar energías felices en la galería de La Caixa en la calle Montcada, la sala Rekalde de Bilbao, el Kunstverein de Frankfurt, el MACBA y la Documenta de Kassel, e inventarse literalmente una universidad artística en Basilea, Suiza, hoy consolidada y muy prestigiosa.

Confirmó esa inteligencia su discurso sobre la validez, la actualidad, la fuerza revulsiva de la obra de Jorge Ferré, pintura abstracta pura que ella relacionó con otros discursos artísticos contemporáneos europeos, con otros autores alternativos en el sentido más distinguido de la palabra. "Se vuelve a la abstracción", dijo, "para liberarse de otros presentes más establecidos, de la formación de las imágenes caracterizadas por el mundo digital, de estéticas codificadas". Y añadió: "Mientras la industria habla de 'innovación', nosotros tenemos que provocar una rareza".

No puedo describir esta serie o familia de óleos arquitectónicos, cuya forma y color son construcciones cargadas, más que de pigmento, de Tiempo

El mismo Ferré confirmó esa voluntad de diferencia sostenida, y de "insistencia" de su pintura. No le gusta explicarse, dijo: "Por exigencia de rigor soy reacio a hablar. Bueno, en realidad soy reacio a todo".

Efectivamente, describir con propiedad una pintura, un cuadro, es tarea endemoniada, una especialidad que se llama "écfrasis". Gombrowicz le reprochaba a un Brandys que la practicase: "Es absurdo describir un cuadro o una catedral. Deje esa tarea absurda a los críticos", le recomendó, según cuenta en su Diario.

Yo tampoco me atreveré a la insensatez de explicar por qué me impresionan tanto los cuadros de Ferré, a cuyas contadas comparecencias públicas también he tenido ocasión de asistir a lo largo de las décadas.

No puedo describir esta serie o familia de óleos arquitectónicos, cuya forma y color son construcciones cargadas, más que de pigmento, de Tiempo, estas composiciones intensas, resplandecientes de fuerza ordenada y de vida, que son a la vez (creo que eso explicaba Chus) un anacronismo insistente --como ciertas llamadas de lejos, de muy adentro, llamadas de la infancia y del amor que nunca dejaremos de oír-- y rotunda, actualísima, palpitante, irradiante y bella presencia.

¿Se pueden decir, todavía, estas cosas? ¿Se me entiende o me estoy poniendo estupendo? Paso de la écfrasis. Recomiendo la visita.

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¿Quién es... Ignacio Vidal-Folch?
Ignacio Vidal-Folch

Por desgracia nací huérfano, ya que mis padres fueron aplastados por un aerolito un par de años antes de que yo naciese. Esta tragedia me obligó a formarme como autodidacta. De joven lavé platos en el Soho, fuí maquinista en un ballenero, croupier en un casino, músico callejero en la estación Sebastopol del metro de París, y dí tres veces la vuelta al mundo como inspector de hoteles para la cadena Savoy. Enriquecido por tantas experiencias volví a Barcelona, donde he publicado varias novelas y libros de relatos y colaboro con el diario El País y las revistas Tiempo, Jot Down y otras.