La irrupción de lo impensable

Ignacio Vidal-Folch
6 min

Algunas voces autorizadas comentan que nos encontramos en los albores de una nueva era, un momento revolucionario incomparable con todo lo que hayamos conocido hasta ahora; quizá para muchos la condición radicalmente inaugural de estos años esté pasando desapercibida, no somos conscientes de vivir momentos ultrahistóricos, como a Kafka le sorprendió la magnitud de la Primera Guerra Mundial cuando apuntó en su diario la hoy ya famosa frase sobre que aquella mañana el Imperio Austrohúngaro había entrado en guerra, y por la tarde él, Kafka, había ido a nadar. Los apocalipsis a lo mejor se anuncian en numerosos signos y síntomas, pero sus avisos suelen percibirse cuando ya han acaecido. Yo creo que si hasta ahora estaba relativamente justificado sentir curiosidad por el desarrollo de los acontecimientos en el porvenir, ahora sí que va a ser claramente una lástima no poder ver lo que habrá sucedido en la Tierra hacia el año 2100.

La noticia más llamativa del verano que ahora concluye, además de las temperaturas insólitamente elevadas e insoportables en algunas ciudades andaluzas o los huracanes que están asolando el Caribe y Florida, signos de ese cambio climático que va a ser uno de los mayores elementos transformadores, ha sido la desconexión de unos ingenios de inteligencia artificial, ordenadores o robots de la corporación Facebook, llamados Bot y Alice, que habían desarrollado un lenguaje particular que les permitía comunicarse entre sí pero era ininteligible para los ingenieros. Ese lenguaje, sabiendo que se lo inventaron las máquinas, tiene una calidad para mí muy poética. "I can everithing else --balls have a ball to me to me to me-- ball have zero to me to me", se decían Bot y Alice. Qué monos.

Si fueron desprogramados no fue, naturalmente, por temor a lo que estuvieran diciéndose sino por la inutilidad práctica de sus conversaciones para los intereses de Facebook. Todavía no hemos llegado al momento temido por, entre otros, el señor Elon Musk, en que los ingenios dotados de inteligencia artificial (IA), capaces de aprender por su propia cuenta, desarrollen intereses particulares y conspiren para aniquilarnos como el ordenador Hal contra Bowman y los demás astronautas de 2001, una odisea del espacio y tantas otras distopías, verosímiles distopías, de la ciencia ficción.

Futuro optimista

Luis Pérez-Breva, barcelonés que desde 2008 dirige en el MIT los programas de enseñanza de la innovación y autor de un best seller inmediato, de próxima edición en versión española, titulado Innovating: a Doer's Manifesto for Starting from a Hunch, Prototyping Problems, Scaling Up and Learning to Be Productively Wrong, observa que mucha gente está asustada con las posibilidades de la IA, pero es porque "están viendo demasiadas películas de Terminator".

Pérez-Breva contempla el futuro con optimismo. Considera la revolución tecnológica a cuyos primeros pasos estamos asistiendo como algo parecido a lo que supuso la automatización de los procesos de producción de la época de Henry Ford, que creó una nueva economía, permitió a la gente encontrar nuevos empleos que antes eran “impensables” y en realidad crearon la clase media.

Según Pérez-Breva, la IA no ha venido a destruir empleos y a sustituir a los trabajadores por máquinas, sino a hacer de los ordenadores una herramienta más útil. "Hoy, cuando quieres comprometerte con un proyecto nuevo, lo primero que haces es ir a Google; lo consultas, te proporciona cierta información, sales, la aplicas, vuelves a por más, vuelves a salir... Pero aplicando la IA puedes hacer algo más que eso; puedes hacer que el computador razone contigo. Se trata de que sea una herramienta mejor que te permita llegar más lejos, que te ayude a resolver problemas pensando en ellos de una forma en que antes no habíamos pensado nunca".

Cuenta estas cosas Pérez-Breva en una conferencia que he pillado (en Big Think), precisamente, on-line, tras escribir su nombre en el buscador de mi ordenador. Quizá no diga nada excitantemente nuevo pero define con claridad la posición ante este imprevisible y aceleradamente cambiante mundo de hoy: "El propósito de la automatización es liberar tiempo. Tiempo libre y conocimiento adquirido que pueden utilizarse en cosas más provechosas y creativas. Cuando una empresa los utiliza para reducir puestos de trabajo y no crear otros nuevos, para reducir costes y no para expandir su mercado, demuestra falta de imaginación".

Habrá que confiar en que este hombre inteligente está en lo cierto, aunque poner esperanzas en la irrupción de lo "impensable" se parezca a dar pasos a ciegas.

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¿Quién es... Ignacio Vidal-Folch?
Ignacio Vidal-Folch

Por desgracia nací huérfano, ya que mis padres fueron aplastados por un aerolito un par de años antes de que yo naciese. Esta tragedia me obligó a formarme como autodidacta. De joven lavé platos en el Soho, fuí maquinista en un ballenero, croupier en un casino, músico callejero en la estación Sebastopol del metro de París, y dí tres veces la vuelta al mundo como inspector de hoteles para la cadena Savoy. Enriquecido por tantas experiencias volví a Barcelona, donde he publicado varias novelas y libros de relatos y colaboro con el diario Papel y las revistas Tiempo, Jot Down y otras.

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