En nombre de la democracia

Ignacio Vidal-Folch
5 min

He de escribir con pies de plomo. No se puede ser frívolo cuando hay vidas en juego. Acaso una sola palabra de las que escribo aquí, al modular el pensamiento de algún lector, le cueste la vida a alguien. Acaso estoy matando a alguien al escribir esto. Acaso usted mata a alguien al leerme.

O acaso estas ideas no sean sino fruto de la vanidad y pienses lo que pienses la vida seguirá igual.

El recurso al gas químico por parte del ejército sirio para destruir al enemigo ha sido la razón, o la excusa, de Estados Unidos, de Francia y de Reino Unido para "intervenir quirúrgicamente" o sea contrarrestar la influencia de Irán en la zona, y asegurar las fronteras de Israel, siempre amenazadas, mediante uno de esos bombardeos profilácticos a los que tan aficionado es el presidente americano y tuitero loco.

Como la Administración (el Gobierno) americana no parece tener en la región una estrategia --como la tuvo, aunque radicalmente equivocada, la invasión de Irak, que iba a llevar en la punta de sus misiles la democracia​ a la región--, da la impresión de que con esta nueva machada armamentística sólo se trataba de advertir al pérfido Asad, y a Irán, el Estado que le protege, de que tras la derrota del terrorismo islámico algo tiene Occidente que decir en la reconstrucción de Siria: ya que desde Damasco se puede influir en Bagdad, Ankara y Beirut, capitales de países que no se van a dejar así como así a merced de Rusia.

Con esta nueva machada armamentística sólo se trataba de advertir al pérfido Asad de que tras la derrota del terrorismo islámico algo tiene Occidente que decir en la reconstrucción de Siria

Occidente --o sea, nosotros-- ya ha destruido, en nombre de la libertad y de la democracia, Libia e Irak, y reducido esos países a pulpa; no hay motivo para no mantener eternamente viva la guerra civil en Siria, vigilando atentamente que no se suspenda ni se detenga, equilibrando las fuerzas entre los bandos en liza para asegurarnos de que no gana nadie y de que todo sigue desgarrándose.

Luego, naturalmente, podrá preocuparnos la inestabilidad de la región y podremos lamentar beatamente la arribada a Europa de algunos millones más de refugiados.

El caso es que Washington no podía quedarse de brazos cruzados, de ahí el recurso al gas sarín --como antes en Irak a las armas de destrucción masiva, y antes en Cuba al hundimiento del Maine: cuando los Estados Unidos la necesitan, nunca falta una causa humanitaria para exterminar al enemigo y apoderarse de sus tierras--.

Un beneficio lateral, y no menor, de los bonitos y modernos misiles de Trump, es que gracias a este bombardeo dejaremos de hablar durante unos días de la trama rusa en su acceso a la Casa Blanca y de sus relaciones con una actriz porno llamada Stormy. O sea, "Tormentosa". Stormy no sé qué...

Gracias a esta nueva lluvia de misiles ya no nos las tenemos con un ordinario y vulgar cochino desorejado, sino con un estadista de talla mundial

Gracias a esta nueva lluvia de misiles ya no nos las tenemos con un ordinario y vulgar cochino desorejado, sino con un estadista de talla mundial: un señor de la guerra ante cuyos grotescos tuits mejor se calla uno, pues detrás de las palabras que tan tontas parecen y suenan hay una carga letal. Cada tuit puede ser un misil.

Y ni para tuit ni para misil tenemos equivalencias en el diccionario de la Real Academia Española. Así pues, mejor callarse.

Desde 2011, la guerra civil en Siria ha costado 11 millones de desplazados, la mitad de los cuales han tenido que irse a otros países, entre ellos sobre todo a Jordania y a Europa.

La pornostar de la que quiere Trump librarse con esta guerra se llama Stormy. ¿Y el apellido? No lo recuerdo, pero debería ser Desert. Stormy Desert sonaría vagamente parecido a Tormenta del Desierto, aquella otra operación libertadora.

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¿Quién es... Ignacio Vidal-Folch?
Ignacio Vidal-Folch

Por desgracia nací huérfano, ya que mis padres fueron aplastados por un aerolito un par de años antes de que yo naciese. Esta tragedia me obligó a formarme como autodidacta. De joven lavé platos en el Soho, fuí maquinista en un ballenero, croupier en un casino, músico callejero en la estación Sebastopol del metro de París, y dí tres veces la vuelta al mundo como inspector de hoteles para la cadena Savoy. Enriquecido por tantas experiencias volví a Barcelona, donde he publicado varias novelas y libros de relatos y colaboro con el diario El País y las revistas Tiempo, Jot Down y otras.

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