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¿Cuándo llegará por fin la democracia a Cataluña?

Ignacio Vidal-Folch
7 min

Imaginemos por un momento que en una escuela de alguna ciudad de Castilla, Ávila por ejemplo, a una niña se le ocurre dibujar en el cuaderno de la clase la señera, y la maestra, una mujer que en el aula suele hacer profesión de fe nacionalista española y luce en la solapa de la bata insignias ad hoc, pierde los estribos y ciega de ira rompe en pedazos el dibujo, arroja a la niña al suelo, la saca a rastras del aula, la envía al hospital.

Supongo que la indignación de nuestro facherío laci sería colosal. El aparato de agitprop se pondría a trabajar ya, echaría humo inmediatamente. La noticia ocuparía la portada de la prensa sobornada, donde mil columnistas paniaguados escribirían artículos desgarrándose las vestiduras; abriría los telediarios de TV3 y Catalunya Ràdio, sería tema de encendidos e interminables debates. El defensor del pueblo no interrumpiría sus agradables viajes de negocios con su secretaria pero a su regreso expresaría su firme condena de la bárbara maestra y exigiría explicaciones al Gobierno. Se montarían manifestaciones monstruo con lemas como “Ja n’hi ha prou!!!”, “Marxem!”, etcétera. En estas manifestaciones se haría participar a muchos niños, solidarios con la víctima, vestidos con camiseta amarilla, encantados de su protagonismo aunque sin entender mucho de qué va la cosa.

Pilarín, la verdulera mayor del reino, pondría el grito en el cielo o lloraría a moco tendido –asegurándose de que las cámaras la pillan bien– reclamando para la maestra fanática, para ese monstruo que en vez de educar y amar a los críos los envía al hospital, más años de cárcel que para los miembros de La Manada. Se execraría a la maestra y se hablaría mucho de la secular intolerancia de los españoles, en torno a cuyo ADN se perciben claras señales epigenéticas de la intolerancia de la santa Inquisición. Espot se pondría como el demonio de Tasmania. Martí i Pol se levantaría de la tumba para componer unos ripios sobre el tema, que Colau leería desde el balcón del ayuntamiento llorando también (en abierta competencia con Rahola), sin que se pudiera saber a ciencia cierta si lloraba por la emoción, pensando en la pobre niña, o si lloraba porque abajo la multitud la estaba llamando “puta” y “botiflera”. Margarit chasquearía la lengua y sacudiría la cabeza murmurando que el poema se lo tenían que haber encargado a él. Lluís Llach daría un concierto de desagravio y solidaridad en el Palau de la Música, abarrotado por un público que sentiría escalofríos de emoción al oírle chillar con su mejor voz caprina:

–Aasssssaaaaaaassssssiiiiiiiins!

Para tranquilizar los ánimos, el Gobierno de Sánchez tomaría cartas en el asunto. La maestra se caería con todo el equipo. No volvería a dar clase en su vida.  

Ahora bien, cuando un caso igual sucede en una escuela de Terrasa, y lo que la niña dibuja no es la señera sino la bandera nacional, como ha pasado realmente, no se ha producido ninguna de esas reacciones. Qué raro. ¿Por qué será? La “investigación” de los hechos, clamorosamente silenciados por las terminales del régimen, se le ha confiado a un jerarca de ERC, y aquí paz y después gloria.

Al margen de su gravedad puntual, el caso de la niña maltratada por su maestra por dibujar la banderita sirve como signo y síntoma del estado de las cosas en nuestra región en el año 2019. Recapitulemos: un presidente del Gobierno que es un xenófobo de manual. Un Govern que no gobierna. Un Parlamento cerrado o perfectamente inoperante. Una policía politizada que deja las manos libres a los agresores de los partidos de la oposición y de los medios insumisos (como este, Crónica Global) pero se esmera en  seguir y perseguir a los disidentes. Unos medios de comunicación pública convertidos –fui de los primeros en decirlo, ahora ya lo ve todo el mundo– en aparato de agitprop goebelsiano. Una iglesia católica sometida al poder como en tiempos de Franco, con la bandera estelada ondeando en los campanarios y hojas dominicales pidiendo el voto a quien toca. Un sistema educativo perverso que trata de forzar o “persuadir” a los niños a que renuncien a su lengua materna (que en la mayoría de ellos es el castellano) y controla con más o menos celo que no la usen ni en el patio. Unas periódicas marchas de cientos de miles de uniformados, no con correajes y camisas pardas, pues los tiempos han cambiado, sino con camisetas amarillas. Unas entidades “culturales” que hacen listas de las empresas que son afines al régimen y las otras, a las que hay que boicotear.

Menudo panorama. ¿Cuándo llegará la democracia a Cataluña?

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¿Quién es... Ignacio Vidal-Folch?
Ignacio Vidal-Folch

Por desgracia nací huérfano, ya que mis padres fueron aplastados por un aerolito un par de años antes de que yo naciese. Esta tragedia me obligó a formarme como autodidacta. De joven lavé platos en el Soho, fuí maquinista en un ballenero, croupier en un casino, músico callejero en la estación Sebastopol del metro de París, y dí tres veces la vuelta al mundo como inspector de hoteles para la cadena Savoy. Enriquecido por tantas experiencias volví a Barcelona, donde he publicado varias novelas y libros de relatos y colaboro con el diario El País y las revistas Tiempo, Jot Down y otras.