La cosa del botellón

Ignacio Vidal-Folch
11 min

El alcalde de Bilbao ha amenazado a los chicos que practican el botellón, o sea a los chicos y chicas que se juntan en plazas y parques para beber en masa, costumbre extendida ahora por toda España, con imponerles “multas sin piedad”.

¡Para que luego digan que el PNV no se moja! A mí, este es el PNV que me gusta: implacable con la muchachada del botellón, pero indulgente con los homenajes cotidianos a los asesinos.

–Es verdad que contra ETA​ no se mostraba tan riguroso ese peneuvista –interviene Chucky, el muñeco diabólico que habita en mí–. ¿Y sabes cómo se llama?

–Pues, no.

José Mari Aburto. A-bur-to. ¿Qué te parece?

–Pues me parece una bajeza que señales ese detalle. Nadie tiene la culpa de su apellido. ¿Qué más da si se llama Aburto, Aborto, Abyecto o Absurdo?

–Sí, tienes razón. También los hay que se llaman Rufián.

–Sí, Chucky, y van con la cara muy alta, y eso no les impide llegar al Congreso de los Diputados.

–Más bien creo que les ayuda –sentencia el muñeco–. Como llamarse Botín ayuda a ser banquero.

–Hombre, Chucky, no te metas con él que acabo de pedir un préstamo.

–Vale, no nos alejemos del tema; y dime: el alcalde Aburto,  ¿qué tiene contra la juventud, si puede saberse?  ¿Es que él no fue nunca joven?

–Pues supongo que estará harto de ver que por la mañana la ciudad está hecha un asco. ¿Acaso tú estás a favor del botellón, Chucky? 

–Naturalmente que estoy a favor. Esos chicos hacen por la noche exactamente lo mismo que Aburto, Botín y tú hacíais cuando teníais su edad: reunirse para beber, conocer gente y ligar.

–Perdona, pero nosotros, por lo menos, íbamos a bares de diseño y a discotecas con pedigrí. No a las plazas públicas a berrear y vomitar.

–Era otros tiempos, pijoprogre. Si lo piensas bien, el botellón en la plaza es mucho mejor, mucho más popular, cívico y democrático que todos aquellos gélidos y clasistas Zig-zag y Otto Zutz de entonces, con sus porteros-matones en la puerta y sus precios de extorsión; y acuérdate de que en aquellos locales con la música a tope no era posible conversar.

–Lo reconozco, eso es verdad.

–…Y lo que quieren los jóvenes, después de este año y medio de aislamiento obligado por el Covid, es precisamente intercambiar ideas y experiencias, verse, encontrarse, reunirse, hablar.

–Bueno, aunque no comparto esos deseos, los entiendo, Chucky. Lo que para unos es el cielo, para otros es el purgatorio. Además, comprendo que los jóvenes sin poder adquisitivo de hoy (que son casi todos) se sienten más cómodos en compañía de los suyos, en el corazón de un botellón colectivo, que en un local lleno de adultos donde les cobran por una cerveza lo mismo que les cuesta una botella entera de vino y otra de cola, compradas en un colmado, con las que pueden componer un calimocho, compartirlo con los colegas y alcanzar el mismo “puntito” o puntazo al que llegábamos nosotros con nuestras ginebras supuestamente inglesas, y en verdad de garrafón. Y, además, presentando una especie de simbólica resistencia al mundo burgués, organizado, formal y caro que les excluye.

–Bien, muy bien, Ignacio. Veo que estás conmigo.

--Me gusta coincidir en algo contigo, mi muñeco diabólico interior.

(¿He comentado alguna vez que, pese a lo que digan los bonistas, nadie tiene en su interior un niño al que debe cuidar, sino un muñeco diabólico? El mío se llama Chucky y físicamente se parece un poco a Isabel Díaz Ayuso, pero en hombre).

–¿Y te has enterado, Ignacio, de que a veces esos botellones multitudinarios acaban en vandalismo y navajazos, y gente en el hospital, y hasta muerta?

–Sí, es una lástima que esas honestas ganas de juerga y comunión, esa voluntad de ser masa para decir “¡aquí estamos!” y ofrecer un poco de resistencia a una sociedad hostil… lo aprovechen algunos indeseables para dedicarse al vandalismo, a romper escaparates y a robar a los más despistados, que si se resisten a ser despojados, se juegan la vida. Pero ¿sabes una cosa, Chucky? Incluso esos delincuentes pueriles también son, en el fondo, víctimas de un capitalismo desbocado que les niega el futuro, que les ha defraudado. Incluso en su maldad puntual de final de botellón y violencia tienen algo, algo entrañable, relativo a su inocencia lesionada que busca venganza por un pasado en desamparo, un presente de miseria y un futuro cancelado, ciego…

–Sí, ya lo dijo Horacio: Ibit, ibit eo quo vis qui zonam perdidit. O sea: “Irá, irá adonde quieras quien perdió su cartera”. Y me alegro de que  pienses así porque iba a proponerte que nos solidaricemos con esas desdichadas víctimas de la sociedad.

–Me parece muy bien. Yo, siempre con los más desfavorecidos.

–Sí, pero entiéndeme bien: no con el paternalismo hipócrita de los filisteos, sino comprometiéndonos muy en serio. O sea, identificándonos con ellos, poniéndonos en su piel, experimentando su mismo miedo y su misma salvaje alegría…

–Me parece estupendo –le interrumpí—. No deseo otra cosa.

–… salvaje alegría cuando se apoderan del botín.

–¿Qué quieres decir exactamente? ¿Qué me estás sugiriendo?

–Pues mira: tú ya sabes, acabas de explicarlo muy bien, que muchos chicos y chicas salen de esos botellones a altas horas de la madrugada, totalmente borrachos y, por consiguiente, indefensos. Y en la oscuridad de la noche son presas fáciles de salteadores oportunistas, chicos que no tienen nada y que operan en grupo, en jauría amenazante, en manada (por culpa de un pasado de desamparo y un futuro cegado) y les amenazan con cuchillos, les pegan puñetazos y patadas, les despojan del móvil, del dinero y la cazadora, y si se resisten, pues los rajan.

–Sí, es terrible.

–Podríamos hacer lo mismo.

–¿Asaltar a un pobre chico borracho y frustrado porque no ha logrado ligar cuando se ha alejado del botellón? ¿Eso me propones?

 –Solidarizarnos, sí. Ve a la cocina y tráete el cuchillo de deshuesar jamones.

–¿El regalo de promoción de El País?... ¿O era de La Vanguardia?... ¿O de La Razón?

–Eso es lo de menos. Lo importante es que pinche. Yo ya tengo este martillo, ¿ves?... ¡Lástima que esas promociones de los periódicos no regalen también una pistola! Esta noche nos iría de cine, para ir en jauría a robar en el botellón.

–Pero hombre, Chucky, ¿tú nos has visto? ¿Qué clase de jauría amenazante crees que formaríamos tú y yo? ¡Hasta el juerguista más catatónico e indefenso se reiría de nosotros dos.

–Perdona, seríamos cinco. Te olvidas de Monchito, Macario y Rockefeller.

¡Los muñecos del ventrílocuo José Luis Moreno, que, a instancias de Chucky, y movido por mi gran corazón, me vi obligado a adoptar!

Precisamente en aquel momento los tres muñecos, habiendo oído desde su cuarto que se les mencionaba, se presentaron en el salón diciendo: “Nos aburrimos. ¿Qué podemos hacer?”

Ciertamente, en una noche oscura, esas tres criaturas, más Chucky y yo, infundiríamos pavor a cualquiera.

–Pero…

–¡Ni peros ni peras! ¿Están bien afilados esos cuchillos? ¡Sincronizad vuestros relojes! Alea jacta est! Fortuna iuvat audaces! Hic Rhodus, hic salta! Ignacio, Monchito y los demás: arriba los corazones y pensad en cuántos teléfonos móviles, cuántas billeteras y cuántas zapatillas Adidas podemos conseguir en esta hermosa noche de batalla…

–Pero Chucky, ¿no te das cuenta de que esto es una canallada, una indignidad, una abyección?

–Bah. Amor ingenii neminem umquam divitem fecit. Recuerdas la cita de Petronio, ¿verdad?... ¿No?

–No, no la recuerdo.

–“El hecho de cultivar el espíritu no ha enriquecido nunca a nadie”. ¡Claro que la recuerdas, campeón! ¡De El arte de amar. ¿Y esta? Quaerenda pecunia primum est, virtus pot nummos. “Primero hay que buscar la riqueza; la virtud ya llegará después del dinero”... ¿Te parece que estoy demasiado horaciano estos días?

No soporto sus malditos latinajos.

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¿Quién es... Ignacio Vidal-Folch?
Ignacio Vidal-Folch

Por desgracia nací huérfano, ya que mis padres fueron aplastados por un aerolito un par de años antes de que yo naciese. Esta tragedia me obligó a formarme como autodidacta. De joven lavé platos en el Soho, fuí maquinista en un ballenero, croupier en un casino, músico callejero en la estación Sebastopol del metro de París, y dí tres veces la vuelta al mundo como inspector de hoteles para la cadena Savoy. Enriquecido por tantas experiencias volví a Barcelona, donde he publicado varias novelas y libros de relatos y colaboro con el diario El País y las revistas Tiempo, Jot Down y otras.