Cómo transformar la Diada en el desafío final

Ignacio Vidal-Folch
7 min

Ha cundido el desánimo. Hay moral de derrota. Después de la fuga de bancos, de capitales y de empresas, de la pérdida de la Agencia Europea del Medicamento, y luego de la ampliación de El Prat, y además, de la evidencia de las llamémoslas deficiencias de la clase dirigente… todo son factores que afectan negativamente al espíritu combativo de la “buena gente”. No reina precisamente el optimismo. Las camisetas se venden a dos por el precio de una. Éste es el contexto de la “fiesta nacional”, la “Diada”, que se celebra mañana.

Si no se quiere que se pierda la enorme cantidad de energía acumulada en los últimos años a favor del separatismo, es preciso algo, algún elemento disruptivo que cambie de repente la atmósfera viciada y derrotista y baraje las cartas de nuevo, para que la partida perdida empiece da capo. En fin: es preciso un golpe de audacia.

Y sólo una persona puede cambiar la situación y el ánimo de las masas con un golpe de audacia. Carles Puigdemont.

(Los referentes están claros: Jesucristo entrando triunfalmente a lomos de un burro --símbolo de paz-- en Jerusalén, viniendo desde el huerto de los Olivos, en cumplimiento de las Escrituras, que decían que de ahí vendría el Redentor. Cierto que al poco fue prendido y ejecutado, pero sin esa entrada triunfal en Jerusalén y posterior sacrificio no hubiera habido Iglesia católica.

Otro referente: Napoleón en 1815, escapa de la isla de Elba y se planta, contra viento y marea, otra vez en territorio francés, para retomar el poder durante un segundo reinado, los “Cien días”.

De manera similar a Cristo y a Napoleón, Puigdemont, que es el punto ciego de la política catalana, que es la anomalía distintiva y diferencial, podría romper con todas las inercias pesimistas y derrotistas si burlase al pérfido estado español y se presentase en Barcelona por sorpresa, en plena Diada.

¿Cómo? En avioneta de propiedad particular de algún magnate flamenco simpatizante de la causa. Largo viaje desde Bélgica, cruzando los Alpes, sorteando los Pirineos, siguiendo la línea de costa, volando bajo para burlar los radares del Ejército del estado español…

Una vez la avioneta sobrevolando los cielos de Barcelona, y concretamente la concentración organizada por la ANC de la señora Paluzie, Puigdemont, armado con un megáfono, se tiraría en paracaídas, y durante el descenso iría gritando consignas empoderadoras y autodeterminativas. Caería en medio de la masa humana, que inmediatamente le envolvería, protegiéndolo.

No se nos oculta que este dispositivo es caro, pero sería relativamente fácil encontrar financiación, un sponsor. Por ejemplo, los supermercados Bonpreu, de acreditada lealtad al expresident. (Luego --es de justicia-- habría que compensarles con un poco de publicidad subliminal).

Mientras el expresidente, ya en tierra, largaría su discurso con el megáfono, la avioneta, dando vueltas sobre la multitud, iría dejando caer a otros líderes ilustres: los exiliados en Waterloo, europarlamentarios como Comín y Ponsatí, artistas como Valtonyc… salpicando el cielo con sus paracaídas estelados.

Galvanizada por la inesperada osadía de su líder y su corte, la “bona gent”, hasta entonces desanimada y pachucha tirando a mal, saldría de sus casas armada con palos y cuchillos jamoneros para escoltarle en una marcha triunfal hacia la plaza Sant Jaume.

El ministro Marlaska, en Madrid, se muerde los nudillos: ¿qué hacer? Se ve reducido a la impotencia. Hay demasiada gente en la calle, y si envía a la policía podría producirse un baño de sangre.

Mientras tanto, Puigdemont y sus más fieles, bien escoltados por anónimos portadores de antorchas, por Alay y Terradellas blandiendo sus lanzallamas rusos, y por el abogado Boye al frente de una brigada de terroristas chechenos, además de chicos de Arran, cupaires, CDR’s, tsunamistas y otros “ladrones de ley”, bajan por Vía Layetana hacia la calle Fernando, pasando por delante de la comisaría (reducida a temeroso silencio, las puertas cerradas a cal y canto) lanzando por el megáfono cánticos y vivas que levantarían ecos gloriosos en las altas paredes de la calle:

--Catalans, visca la República!... Compreu a Bonpreu! Ofertes a la secció de congelats!... Independènciaaaaa!... Si m’estimeu, compreu a Bonpreu!

Es fácil de imaginar que si el expresident se atreviese a este golpe de audacia, galvanizaría a mucha gente, se armaría la de san Quintín y el mundo nos miraría. Los Comuns, que a la vista de la “correlación de fuerzas” se estaban desenganchando del procés, volverían al redil.

Ya en Palau, Puigdemont se instalaría en su despacho, espacio sacro que nadie se ha atrevido a profanar con su presencia desde que él se fugó a Bruselas, y rodeado, protegido por toda clase de monjas entusiastas y leales seguidores, proclamaría la independencia de Cataluña en régimen de república.

--Som lliures! Compreu a Bonpreu!

Luego ya se vería quién llegaba antes, si el ejército español, el ruso o el chino…

¿Eso importa? ¡Audacia es el juego!        

      

 

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¿Quién es... Ignacio Vidal-Folch?
Ignacio Vidal-Folch

Por desgracia nací huérfano, ya que mis padres fueron aplastados por un aerolito un par de años antes de que yo naciese. Esta tragedia me obligó a formarme como autodidacta. De joven lavé platos en el Soho, fuí maquinista en un ballenero, croupier en un casino, músico callejero en la estación Sebastopol del metro de París, y dí tres veces la vuelta al mundo como inspector de hoteles para la cadena Savoy. Enriquecido por tantas experiencias volví a Barcelona, donde he publicado varias novelas y libros de relatos y colaboro con el diario El País y las revistas Tiempo, Jot Down y otras.