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El holocausto de la vergüenza

Ignacio Vidal-Folch
5 min

Una asociación cultural llamada El chaparral de las Mesas ha montado para los Carnavales de Campo de Criptana (provincia de Ciudad Real) una comparsa tan ordinaria que ha levantado algún escándalo y provocado la protesta de la embajada de Israel en Madrid, que la define como “repugnante”. El tema de la comparsa era nada menos que el Holocausto; la carroza transportaba dos chimeneas de cartón alusivas a los hornos crematorios. Sonaba una música festiva de reguetón. Abrían el desfile una cincuentena de rústicos manchegos disfrazados de oficiales de las SS, con su capa, su gorra de plato y blandiendo su ametralladora. Y detrás, flameando una bandera de Israel, bailaban cien chicas disfrazadas de “pijama de rayas”, o sea de cautivas en Auschwitz. Con la particularidad de que el pijama llevaba rajas para que asomasen las suculentas piernas de las mozas. Un disparate para la antología del mal gusto.

Habíamos visto años atrás a una chica norteamericana llamada Breanna subir a Twitter un selfi en el que posa sonriente, y al fondo un barracón. Enviaba saludos y besos a sus amigos desde Auschwitz. Fue lapidada simbólicamente. Y se lo merecía. Pero hay que decir en defensa de Breanna que de su necedad no había nadie cerca que la avisase a tiempo, estaba solita con su estupidez. En cambio la peña de Campo de Criptana, El chaparral de las Mesas la forman por lo menos cien hombres y mujeres y lo asombroso es que entre tanto personal no hubiese nadie que en un momento u otro de los ensayos, que duran meses, les dijese: “¿Pero qué hacéis, pandilla de gilipollas? Esta coreografía es impresentable”.

Asombrosa frivolidad. Lo más curioso es que cuando se han pedido explicaciones a los directivos de El Chaparral de las Mesas han explicado que su honesta, su bonísima intención era hacer un homenaje a los judíos del Holocausto. Al mismo tiempo que el pueblo pasaba un buen rato. O sea que no había en la comparsa asomo de antisemitismo, solo frivolidad, mal gusto y deseos de ofrecerle al personal un espectáculo entretenido.

En este sentido no estaban nada lejos de novelas cínicamente desvergonzadas como El niño del pijama de rayas, La bibliotecaria de Auschwitz, El farmacéutico de Auschwitz, El tatuador de Auschwitz, etcétera, etcétera, y de películas como El pianista del guetto de VarsoviaLa vida es bella, o La lista de Schindler: o sea, lo que se ha venido en llamar “la industria del Holocausto”, la industria del cinismo bienpensante que explota económica y estéticamente el capital de dolor y crimen de la Shoa para hacer que los clientes filisteos se sientan confortados y bondadosos disfrutando de la emoción causada con su indecente estetización del mal.

La comparsa de Campo de Criptana es escandalosa porque es estéticamente un poco peor, un poco más torpe y vulgar. Nada más. Moralmente no es peor que todos esos cineastas y escritores que se suben sobre los montones de cadáveres para parecer más altos.

Mientras la buena gente (compuesta básicamente por egoístas con adjetivos descriptibles) se escandaliza por este hito de la desvergüenza, pasa bien desapercibido el proyecto de Benjamin Netanyahu de construir, desoyendo la prohibición de la ONU, la colonia E-1 en los alrededores de Jerusalén, otra colonia en los territorios ocupados, desahuciando a las poblaciones beduinas en las aldeas de la zona e imposibilitando físicamente la creación de un Estado palestino.

Al fin y al cabo los palestinos son los derrotados de la Historia e Israel un estandarte de la democracia occidental, y E-1 le dará al presuntamente corrupto primer ministro israelí muchos votos de los ultras judíos.

Además de que todo esto de Israel y los árabes es un lío. En vez de preocuparse de la hecatombe palestina queda uno mejor escandalizándose del grotesco carnaval manchego

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¿Quién es... Ignacio Vidal-Folch?
Ignacio Vidal-Folch

Por desgracia nací huérfano, ya que mis padres fueron aplastados por un aerolito un par de años antes de que yo naciese. Esta tragedia me obligó a formarme como autodidacta. De joven lavé platos en el Soho, fuí maquinista en un ballenero, croupier en un casino, músico callejero en la estación Sebastopol del metro de París, y dí tres veces la vuelta al mundo como inspector de hoteles para la cadena Savoy. Enriquecido por tantas experiencias volví a Barcelona, donde he publicado varias novelas y libros de relatos y colaboro con el diario El País y las revistas Tiempo, Jot Down y otras.