Chucky en 'Ausch-Vich'

Ignacio Vidal-Folch
11 min

Es curioso que Vic, “la ciutat dels sants”, donde sin lugar a dudas vive tanta gente buena y admirable como en cualquier otro lugar, sea la cuna del fascismo, o del filofascismo, catalán. No lo digo solo porque fuese precisamente en Vic donde nacieron los partidos de extrema derecha Somos Identitarios, Plataforma per Catalunya y Plataforma Vigatana, en cuya dirección entró y salió Josep Anglada, nato en esa bella capital de Osona.

No lo digo solo porque su bonita plaza (en cuyas suculentas pastelerías supongo que se sigue despachando el famoso pa de pessic se haya convertido, gracias a la alcaldesa Anna Erra --qué apellido tan bien puesto--, en un plató de agitprop lazi, instalando ora una jaula alusiva a las cárceles, ora un cementerio de cruces amarillas, ora un sistema de megafonía por los que predica su credo político --cosas a la altura de las peores imaginaciones de Orwell en 1984.

Lo digo también por las violentas algaradas con que han sido boicoteados estos días pasados los actos electorales de un partido legal, que pretende concurrir a las elecciones en igualdad de condiciones con las demás fuerzas. Los de Vox tienen sus convicciones y sus argumentos contra la Constitución y el Estado de las autonomías, como también los tienen los nacionalistas de ERC, la CUP, y todas las cepas de CiU. Pero esta coincidencia en vez de unir a unos y otros parece que, al revés, les enfrenta más. Qué lástima. Con lo bonita que es la concordia y la fraternidad.

Allí en Vic la “voz” de Vox, que a algunos les suena a música celestial y a otros a trompeta desafinada de banda legionaria (pero eso ahora es lo de menos), fue recibida a pedradas. Los oradores tuvieron que ponerse a cubierto, subirse a los coches y salir por piernas. La policía también tuvo que salir de estampida ante el acoso de las camisas pardas (“antifas”) del movimiento nacional catalán. Va a tener razón el señor Iglesias --de Unidas Podemos-- cuando dice que la democracia española no es perfecta: es verdad, a algunos en España se los apedrea por querer exponer sus ideas.

En otros pueblos y ciudades ha pasado tres cuartos de lo mismo. Mentiría si dijese que me extraña, porque desde TV3% y desde los demás medios de formación de masas de los partidos “decentes”, se ha venido insistiendo machaconamente en la naturaleza no ya perversa, sino demoniaca de Vox. Los partidos y las instituciones no han condenado los hechos. Al revés, personalidades mediáticas tan destacadas como las señoras Pilar Rahola y Mireia Boya han celebrado las agresiones y pedradas. Boya anima en TV3% a la juventud inquieta a lapidar a los militantes de Vox, lo que si no es apología del terrorismo no sé cómo calificarlo. ¿Invitación al asesinato?

En fin, que todo esto es  democráticamente preocupante y recuerda poderosamente a la Alemania de los años 30…  

Estaba dándole vueltas a estos tristes pensamientos cuando se despertó Chucky, el muñeco diabólico que vive en mí.

Creo que el lector ya sabe que dentro de cada uno de nosotros no vive un niño al que hay que mimar, como sostienen los cursis, sino un muñeco diabólico. El mío se llama Chucky. Físicamente se parece a Juan Carlos Monedero. Viste levita, camisa con puñetas en las mangas y en el cuello, chaleco de felpa verde con botones dorados, y un sedoso plastrón.

Así pues, Chucky se despierta y me dice, a gritos, como siempre:

--¿Me has puesto ya en tu testamento, Ignacio?

--¿Cómo? ¿Qué…? ¿A qué viene esto ahora?

--Viene a que los de tu generación estáis cayendo como moscas. No te hagas el sueco: sí, con el virus. Caéis como chinches. No me extrañaría que tú fueses el próximo. Y ¿cómo me voy a quedar yo entonces? Desamparado. Como un perro abandonado. Así que espabila, holgazán, redacta el puto testamento, llévalo a que le ponga un tampón el notario. Asegúrate de dejármelo todo cuando faltes.

--Bueno, bueno. ¡Ya veremos!

--Por lo menos préstame ahora mismo cien euracos.

--Chucky… yo, ahora, tengo… ciertas dificultades de liquidez…     

Al muñeco diabólico se le puso la cara incandescente de pura rabia:

--¡Cabrón, porque lo derrochas todo en drogas duras y timbas clandestinas! ¡Lo que no te gastas en basuco te lo sangran tus amigotes al póker de Montana!

Bueno. Reconozco que tiene razón el maldito muñeco: desde que han cerrado el bingo Billares, donde yo solía pasar tan ricamente las noches perdiendo solo cien o doscientos euros, y me he tenido que pasar al póker, Pipo “el Tretas” y Quim “Coyote” Balaguer me despluman de una manera sistemática e implacable. He tenido que embargar hasta mis corbatas de Armani.

--Y qué le voy a hacer, Chucky; la vida, sin riesgo, es tan aburrida…

--Sí, la vida es aburrida, y eso, precisamente, es lo que pasa con esas juventudes de Ausch-Vich en las que estabas pensando hace un momento. Esos chicos se aburren. Su futuro es oscuro, y el presente tedioso, y más ahora con los bares y las discotecas cerrados. ¿Qué tienen esos chicos, qué les queda? Una vida mental simple, de buenos y malos. En los colegios, en las iglesias y en el comedor familiar se les enseña a idolatrar a su tierra y a detestar al extraño. Ahora se les ha dicho por activa y por pasiva que Vox es el franquismo redivivo. Ahora bien, el franquismo es igual al fascismo. El fascismo, igual al nazismo. El nazismo es el Holocausto, o sea el mal absoluto. O sea que Abascal es Hitler. ¡Cómo no van a salir a tirarle piedras, si así tienen por fin una misión excitante, un objetivo, un enemigo malísimo, al que además sus mayores les han dado permiso para lapidar!

Detesto tener que reconocerlo, pero en parte Chuki tiene razón. Educamos a estas tristes generaciones sin empleo ni porvenir claro, y ahora más muertas de aburrimiento que nunca, en una imagen binaria y simplona de un mundo que en realidad es cada vez más complejo, inabarcable y hostil. Luego se las encuadra en las juventudes nacionales y ya se las puede llevar, como ganado, adonde se quiera.

--Pues ¿sabes tú adónde quisiera llevar yo a esa juventud desorientada, agresiva, fanatizada, pero de buena pasta, de buen corazón, de alma grande y generosa, ansiosa de ideales y de lucha justa?

--¿A dónde? ¿A dónde los llevarías, Chuki?

--Al sastre.

--¿Al sastre? ¿Para que les tome las medidas?

--Sí, a una sastrería militar. Y luego al barbero. Luego, bien uniformados y rapados como Dios manda, los llevaría a la explanada de un cuartel.

--¡Tú quieres restaurar el servicio militar, Chuki!

--…en la explanada les estaría esperando Clint Eastwood, “el sargento de hierro”. Ya sabes: “¡Las cicatrices estaban ocultas!”.

--¿Pero… pero qué pinta Clint en esto?

--Si lo prefieres, en vez de Clint Eastwood les estará esperando David Niven, que como oficial británico que era en las películas siempre estaba con los buenos.

--Hombre, Chuki, pero qué disparates se te ocurren. Con Clint o con David la mili solo agregaría frustración a esos pobres chicos…

 --¿”Pobres chicos”? ¡Di más bien que son la carne de cañón ideal! Perfectamente obedientes creyendo ser rebeldes. Clint los haría andar firmes, tenlo por seguro. Y después de unos meses de rigurosa instrucción, a los aviones Hércules, si aun existen, y hala, a invadir algún país facilito, como Albania o Libia… ¡Ra-ta-ta-tatatá!

--Chucky, eso es belicismo… Eso es una atrocidad….

--Sí, entiendo tus escrúpulos. Sí, morirían muchos, pero así bajarían las cifras del paro y además, para los supervivientes, la vida volvería a ser excitante y a tener sentido. Pero si aun así, allá en los cuarteles del desierto se siguieran aburriendo, entonces siempre se les podría enviar en paracaídas a Mireia Boya y a Pilar Rahola para entretenerlos cantándoles unos cuplés y el repertorio de Núria Feliu… Oye, Ignacio…

--Dime, Chuki.

--El peluco ése, el reloj que llevas… es bueno, ¿verdad?

--Sí, es de oro.

--¿Y cuánto crees tú que…?

Artículos anteriores
¿Quién es... Ignacio Vidal-Folch?
Ignacio Vidal-Folch

Por desgracia nací huérfano, ya que mis padres fueron aplastados por un aerolito un par de años antes de que yo naciese. Esta tragedia me obligó a formarme como autodidacta. De joven lavé platos en el Soho, fuí maquinista en un ballenero, croupier en un casino, músico callejero en la estación Sebastopol del metro de París, y dí tres veces la vuelta al mundo como inspector de hoteles para la cadena Savoy. Enriquecido por tantas experiencias volví a Barcelona, donde he publicado varias novelas y libros de relatos y colaboro con el diario El País y las revistas Tiempo, Jot Down y otras.