El ángel y el muñeco diabólico

Ignacio Vidal-Folch
6 min

Asistí el otro día en el Ateneo de Madrid a un par de conferencias seguidas de un debate entre Steven Pinker y Luis Garicano. Lo había organizado y lo moderaba, bajo el título Los dilemas del progreso, la europarlamentaria María Teresa Giménez Barbat, creadora del programa Euromind, un foro de encuentros en Bruselas centrado en la necesaria convergencia del pensamiento científico con la acción política.

Pinker, psicólogo experimental y profesor en Harvard, es un pensador muy estimulante e inteligente que por su claridad y su amenidad convence fácilmente al lector de que también él es inteligente. Entre nosotros, Pinker es bien conocido sobre todo por su libro Los ángeles que llevamos dentro, donde a partir de gráficos y estadísticas abrumadoras sostiene que si no estamos en el mejor de los mundos posibles, como decía Leibniz, poco nos falta, pues todos los datos confirman que estamos mejor que nunca y seguimos a por bingo. Si observamos desde la media distancia la evolución de la Humanidad tenemos que reconocer que las enfermedades graves disminuyen, las plagas se extinguen, la vida del ser humano se prolonga, se libran menos guerras, la mortalidad infantil se reduce considerablemente, la democracia y la cultura del diálogo y el pacto se extienden por todo el globo. Y no solo eso, sino que además las nuevas generaciones tienen un coeficiente intelectual superior al de sus padres y abuelos, es decir, que cada vez somos más inteligentes.

Leibniz atribuía al a priori de la existencia de Dios la necesidad, la inevitabilidad de que nuestro mundo sea en efecto el mejor de los posibles. Ya que uno de los atributos del Sumo Hacedor es la bondad infinita, y eso significa que solo puede haber querido lo mejor para sus criaturas, que somos nosotros. De manera que podemos especular todo lo que queramos con otros mundos mejores, pero que pueden ser en efecto mejores pero tienen el grave hándicap de que son irrealizables. De manera que el optimismo leibniziano es en el fondo una forma absoluta del pesimismo.

Burlándose de esta tesis, y en general del pensamiento religioso y la idea de la infinita bondad del Hacedor, Voltaire hacía pasear a Cándido y su tutor Pangloss por los desastres del terremoto de Lisboa de 1755, que causó cien mil muertes y fue una catástrofe pavorosa, comparada por algunos contemporáneos con el Juicio Final. Y ante la noticia de cada nueva tragedia, Pangloss recitaba su mantra de que vivimos en el mejor de los mundos posibles, hasta que los infortunios le obligaban a renunciar a sus optimistas convicciones.

Siempre que pienso en Steven Pinker --y pienso en él a veces, cuando siento la tentación de la acedia-- recuerdo a Pangloss. En principio, muchas de las tesis que el sabio de Harvard de los rizos canosos predica a partir de sus estadísticas y sus gráficos son verdades indiscutibles; y también es cierto, como él postula, que si el pesimismo tiene mejor prensa, si tan convencidos estamos de que el mundo se va al carajo es, entre otros motivos, porque la insatisfacción está en la base de la naturaleza humana y porque la difusión del conocimiento de lo que sucede en el mundo, la difusión de las noticias, destaca más los acontecimientos catastróficos puntuales que los lentos y sostenidos procesos de mejora, que pasan desapercibidos y no son noticia.

El mismo título de Los ángeles que llevamos dentro me deja un rato estupefacto y luego me eleva la moral, pues como probablemente sabe el lector yo no creo que llevemos dentro un ángel, ni un niño al que hemos de cuidar, como sostienen bonistas y filisteos de toda condición, sino que por el contrario postulo que todos llevamos un muñeco diabólico al que conviene tener bajo estricto control. Por si a usted le interesa, lector, el mío se llama Chuky, tiene un aspecto proteico que hace que unos días se parezca a Jordi Pujol y otros días a Juan Carlos Monedero, y estará encantado de pasar el fin de semana próximo con usted, en su casa, jugando a la ruleta rusa con sus hijos.

Pinker dirá y repetirá con admirable elocuencia su positivo discurso, del que extraigo como mayores mandamientos que hay que renunciar a la cultura de la queja por la queja, y que hemos de analizar los acontecimientos sin dejarnos llevar por la tentación de la negatividad y del desánimo, o sea del “todo es igual”. Su pensamiento estimulante sin embargo a veces me parece una reunión de perogrulladas. Cuando pienso en el coste de todo ese innegable progreso humano y veo por todas partes los signos de que se acerca el cobrador del frac con la factura a abonar, más los intereses, reniego por lo bajo y mascullo: “Chuky, ve a por ese puto ángel y no dejes de él ni las plumas”.

Artículos anteriores
¿Quién es... Ignacio Vidal-Folch?
Ignacio Vidal-Folch

Por desgracia nací huérfano, ya que mis padres fueron aplastados por un aerolito un par de años antes de que yo naciese. Esta tragedia me obligó a formarme como autodidacta. De joven lavé platos en el Soho, fuí maquinista en un ballenero, croupier en un casino, músico callejero en la estación Sebastopol del metro de París, y dí tres veces la vuelta al mundo como inspector de hoteles para la cadena Savoy. Enriquecido por tantas experiencias volví a Barcelona, donde he publicado varias novelas y libros de relatos y colaboro con el diario El País y las revistas Tiempo, Jot Down y otras.

¿Quiere hacer un comentario?
Esta web utiliza 'cookies' propias y de terceros para ofrecerte una mejor experiencia y servicio. Más información