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Pásate al modo ahorro

Ada Colau, la depredadora

Guillem Bota
28.12.2020
5 min

Urbanismo táctico, pero táctico de verdad, el de Barcelona. Ya que la gente se empeña en continuar circulando en coche y en moto, en lugar de ir andando como quiere nuestra alcaldesa, se instalan unas trampas de hormigón que dejan descalabrado, o a un muerto, al que tenga la mala idea de desobedecer a la autoridad competente y coger la moto. Ya que los barceloneses no aprendemos por las buenas, deberemos hacerlo por las malas.

Al principio, pensábamos que “urbanismo táctico” era una manera de dificultar la vida a los conductores, pero al parecer se trata una forma de quitársela directamente, que es la mejor manera de que no vuelvan a coger la moto, en eso hay que reconocer que lleva razón la alcaldesa. Hace tiempo que los motoristas advertían de que tanto bloque de hormigón adornando la ciudad suponían un peligro en caso de accidente, que haberlos, haylos. Desconocían los pobres motoristas que esa es precisamente la función de dichos artilugios: ir acabando con el parque móvil motorista de la ciudad, que al parecer no es del gusto de Ada Colau, hasta enviarlo todo a la chatarrería. Seguramente la alcaldesa tuvo una mala experiencia con un vehículo a motor allá en su lejana juventud, y desde aquel momento juró dedicar su vida a acabar con ellos, y si tal cosa no era posible, por lo menos con sus usuarios. En eso está, y a fe que pone empeño en ello.

Se equivocan quienes piensan que la desgraciada, trágica y evitable muerte de un motorista el otro día puede suponer algún cambio en la estrategia municipal. Al contrario, seguro que desde la casa consistorial esperan que sirva para que más de uno se venda la moto, asustado de lo que puede ocurrirle. Si ha de haber muertos para que Ada Colau vea convertido en realidad su sueño de una ciudad peatonal, que los haya, no va a temblarle el pulso a la peculiar edil. Ya pueden manifestarse los motoristas, ya puede llorar la familia del fallecido, que Colau ha decidido que Barcelona sea la tumba de los vehículos a motor. Y de sus conductores también.

Eliminar a los conductores de automóvil, el siguiente paso lógico, va a ser más difícil. Protegidos en el interior de su cubículo, no ponen facilidad alguna a ser masacrados. De momento el ayuntamiento se ha tenido que contentar con dificultar su circulación pintando extraños grafitis en la calzada, eliminando zonas de aparcamiento e imponiendo sanciones a quienes no tienen suficientes ingresos para cambiar a menudo de modelo de automóvil. No es que estas medidas sean poca cosa, pero donde se pongan algunos cadáveres de conductores, que se quite todo lo demás, eso sí que reduce con rapidez el uso del vehículo. Los bloques de hormigón, que se están mostrando tan útiles para segar vidas que circulan sobre dos ruedas, no sirven más que para abollar carrocerías en el caso de los de cuatro ruedas, quedando sus conductores solamente asustados y maldiciendo a la alcaldesa y a su señora madre, o heridos leves a lo sumo, todo ello claramente insuficiente de cara reducir su población. Quizás podría hacerse pasar por urbanismo táctico la construcción de grandes fosos sin señalizar, llenos de agua y de no menos de 10 metros de profundidad, para que caigan por sorpresa los vehículos en su interior. En principio no debería hacer falta que incluyeran cocodrilos, la simple caída al foso ha de bastar para acabar con el conductor y los pasajeros, aunque es una posibilidad que queda abierta si se observa que se salvan demasiados.

Si dejamos atrás cualquier consideración ética, hay que reconocer que el plan que Colau ha empezado a llevar a la práctica, es matemáticamente impecable: eliminando a los conductores, eliminamos el tráfico rodado en Barcelona. Cualquier zoólogo nos confirmará que para que la población de una determinada especie no se propague en exceso, hace falta que tenga su depredador. La depredadora de conductores es Ada Colau.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.