Con estos abogados, quién necesita fiscal

Guillem Bota
28.01.2019
5 min

No sé ustedes, pero yo, si se diera el caso de hallarme acusado ante un juez, preferiría que mi abogado se dedicara a defenderme, que para eso cobra, en lugar de a hacer política. Ignoro qué pensarán los políticos catalanes acusados de sedición cuando sus abogados advierten un día que la estrategia se va a basar en "atacar al Estado" y al siguiente --uno supone que como arma para llevar a cabo ese "ataque"-- proponen como testigos a Noam Chomsky y Paul Preston, que sí, que parecen ser muy buena gente y señores con la cabeza bien amueblada, pero dudo mucho que aporten nada a la defensa. De ser yo Jordi Cuixart o cualquier otro de los reos, me plantearía cambiar de abogado ahora que estoy todavía a tiempo, y fichar aunque sea uno de oficio, recién salido de la facultad con aprobado raspado en Derecho Penal. Cualquiera, antes que un tipo que amenaza con dedicarse a todo lo que se tercie excepto a defenderme.

Al Estado, a cualquier Estado, el ataque que un abogado le pueda lanzar desde un tribunal no llega a hacerle ni cosquillas, apañados estarían los Estados si cada vez que se celebra un juicio tuvieran que preocuparse de hipotéticos ataques de picapleitos de medio pelo. Otra cosa es que los abogados de Junqueras y compañía hayan renunciado a defender a sus clientes y se dediquen en exclusiva a labores de propaganda, para lo que sin duda Chomsky y Preston están sin duda capacitados. Razón de más para que su testimonio no vaya a ser aceptado, puesto que para hacer mítines existen lugares más adecuados que un tribunal, desde el Speakers’ Corner londinense hasta el pabellón deportivo de cualquier ciudad de provincias.

Reza el adagio que el abogado que se defiende a sí mismo en un juicio tiene un cliente estúpido. El diagnóstico debería hacerse extensivo a los clientes que aceptan abogados que se dedican a labores de promoción, sea ésta personal o de cualquier tema ajeno a la causa. Uno tiene la impresión de que los pobres tipos que pronto van a jugarse unos cuantos años a la sombra están siendo utilizados, tanto por sus abogados como por el independentismo, para publicitarse. Cualquier día vamos a enterarnos de que los abogados los buscó Puigdemont. Como para fiarse.

La estrategia se mostró equivocada desde el inicio. El empecinamiento en autocalificarse de "presos políticos", de insistir en que están en la cárcel por sus ideas, no auguraba una buena defensa. Pueden asistir al juicio cuantos observadores deseen --otra petición que denota más ganas de propaganda que de defender al cliente-- pero ni un solo artículo del Código Penal tipifica como delito idea alguna, si así fuera yo estaría en la cárcel desde hace años. Las ideas son libres, y además nadie las conoce a poco que sea uno de natural discreto. Se les va a juzgar por unos hechos, y a nadie interesa que los cometieran por razones políticas. ETA mataba por razones políticas, el Grapo atracaba bancos por motivos políticos e incluso la emperatriz Sissi fue asesinada por causas políticas. Miles de delitos se cometen cada año por cuestiones políticas, hasta el xenófobo que veja un inmigrante en el Metro lo hace por razones políticas. Si yo estuviera en el lugar de los acusados, me defendería Código Penal en mano y me olvidaría de ideas, de política y de repúblicas no consumadas, que el tiempo en la trena se hace muy largo. Aunque claro, para empezar yo ya no me habría dejado tomar el pelo por Puigdemont.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.

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