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'Abertzales o patriotes, tant se val...'

Roberto Giménez
6 min

Hace treinta años leí Los españoles que dejaron de serlo, un libro descatalogado de Gregorio Morán, el columnista sabatino de La Vanguardia que me dejó demudado porque retrató con nombres y apellidos, y hasta caseríos, a abertzales que un día decidieron desconectarse sentimentalmente de España. Lo mismo que hacen nuestros separatas de espardenya y barretina.

No sé cuántos de esas docenas de retratados aún viven, y continúan desconectados, o los gusanos se han dado un festín pero, probablemente, sus hijos continúan sin luz. Esto les espera a los teleadictos al procés, pero es muy triste tanto para los vascos y catalanes que no hemos dejado de ser españoles, como para ellos y también para el resto de españoles, ver cómo se nos agria la leche.

Siempre he amado el País Vasco. Es una cuestión sentimental. Es como el culé o el periquito que siente unos colores pero no sabe por qué. Luego, de mayor, busca una explicación lógica cuya beta está en la segunda capa de la mente, la mamífera, que es el reino de los sentimientos que los humanos compartimos con esos animales irracionales. Esto no lo he inventado yo, sino que lo descubrieron los neurólogos a principios de los 70.

Siempre he amado el País Vasco. Es una cuestión sentimental. Es como el culé o el periquito que siente unos colores pero no sabe por qué

Me imagino que el responsable de ese sentimiento es el maestro que me enseñó a amar el mapa de España en la antigua primaria, en el que un mismo profesor lo tenías cuatro años; o en casa. ¡Vete tú a saber! Pero eso lo llevas muy adentro, como la vacuna de la viruela que mi generación, los niños de los años 60, la llevamos tatuada en el antebrazo o en la pierna al gusto del galeno.

Luego, buscas racionalmente la explicación a ese querer.

A los que nos gusta la historia aprendimos que los vascos fueron aguerridos indígenas que lucharon contra la Roma imperialista y consiguieron el milagro de mantener su lengua primitiva. Es la última lengua ibera viva. No les pasó a los layetanos, ni los ilergetes, ni a los más civilizados Tartessos, cuyas lenguas habitan en el cementerio.

A los que nos gusta la lengua aprendimos que las cinco vocales del castellano se diferencian del resto de lenguas hermanas, como el catalán, porque las a, e, i, o, u se pronuncian de una sola manera, ni abiertas ni cerradas. Es más simple, pero más efectivo, aunque también tiene inconvenientes: no tenemos esos giros sonoros para hablar mejor lenguas extranjeras. Todo tiene una explicación.

A los que nos gusta la literatura aprendimos a amar a los vascos leyendo la nobleza del personaje vizcaíno del hidalgo Don Quijote de la Mancha. Podría alargarme más pero sirvan como ejemplo estas relaciones para entender con la tercera capa de la mente, la racional, el sentimiento que está grabado en la segunda, la mamífera.

***

Del pasado vuelvo al presente: el domingo me demudó la cara, por emplear el mismo verbo que he utilizado para explicar lo que hace 30 años sentí leyendo Los españoles que dejaron de serlo, cuando vi a dos mil energúmenos de Alsasua manifestándose contra la Guardia Civil porque, por lo visto, el teniente y el sargento se torturaron solos, o ayudados de sus respectivas novias, para agraviar a los vecinos de Alsasua; viendo sus caras enojadas parecía que se lo creían.

Alsasua está en el norte de Navarra, es zona euskaldún. Y recordé mi primera visita que, en 1980, hice a esa zona. Fui con un amigo de Lleida. Paramos a almorzar en un restaurante de Tolosa. Yo tenía 22 años y él uno más. Comiendo una cazuela fuerte, como es la de esa tierra, levanté la mirada y sentí un silencio que me dejó frío.

Una cuadrilla de mozarrones, como esos que levantan troncos, nos miraban con cara de odio... Una pareja de desconocidos tendríamos que ser guardias civiles

Una cuadrilla de mozarrones, como esos que levantan troncos, nos miraban con cara de odio... Una pareja de desconocidos tendríamos que ser guardias civiles. No nos pasó como al teniente y al sargento de Alsasua, porque no les retamos con los ojos. No éramos bien recibidos. Nos dispararon con la mirada. Era le generación anterior de los actuales abertzales.

Pero lo que más me ha dolido el pasado domingo es tener que escuchar en tu propia casa mirando el telediario: "Mira, Roberto, cómo son tus queridos vascos". Por eso este lunes lo he escrito.

Si ni en casa te entienden, ¿cómo te van a entender los que no duermen contigo? Sean abertzales o patriotes, tant se val...

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¿Quién es... Roberto Giménez Gracia?
Roberto Giménez

Durante treinta años ha sido director del Vallés, era el segundo semanario más antiguo de Cataluña, y fue director de Honor de El Vallès del siglo XXI. Ha escrito diez volúmenes de la serie 'Casi treinta años y un día' -en Sant Jordi de 2017 se publicó el último: 'Mis Enemigos Íntimos'-. Son las memorias del director del semanario comarcal más leído en Cataluña, que desapareció seis meses después de que lo dejara. Cada Sant Jordi publica una edición de 100 ejemplares que se agotan el mismo día. ¿Por qué no hace más? "Son para mis amigos", responde. Retirado antes de tiempo, con 55 años, por culpa de una bala traidora en la médula... También se le puede seguir en Facebook -cada día laborable publica 'La libreta azul'- y en Twitter. No es el capitán Araña. Sus amigos dicen que es honesto y leal, pero eso se lo dicen porque son sus amigos. Para entrar en su cofradía exige Derecho de Admisión. Vale quien sirve, pero no sirve cualquiera.