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El primer Oliver rico trajo a la isla a dos pintores de Palermo para que le hicieran los frescos de su mansión, hoy convertida en museo

Menorca o 'es camí d'en Kane'

La isla construye una oferta turística que a su magnífico paisaje suma una propuesta cultural basada en su propia e interesante historia reciente

18.12.2017 00:00 h.
8 min

Los menorquines construyen con habilidad un modelo turístico propio a la medida de las posibilidades de la isla. El objetivo es hacerlo sostenible, lo que quiere decir lo menos invasivo posible y de calidad; o sea, aprovechar el atractivo puramente geográfico y añadir otros elementos tan auténticos como los mismos paisajes, capaces de completar la oferta natural.

¿Y qué es más natural que el propio país, la historia de un lugar por el que han pasado todas las civilizaciones que han sido en el Mediterráneo y que han dejado su huella, desde la talayótica hasta la europea, pasando por los fenicios y los árabes?

De la impronta de la que se sienten más orgullosos los isleños es la británica, cuyo dominio con interrupciones duró casi un siglo; incluso tienen registradas algunas formas verbales nativas catalanas que probablemente derivan del inglés, como es el caso de xumàquer, un zapatero (shoemaker) o la grevi, la salsa para carnes (gravy).

Perfil propio

El interés en que este recuerdo perdure tiene lógica porque además de generar una característica propia distinta del resto de las Baleares, también define una personalidad frente a la española. Y no es que sea un territorio de aspiraciones independentistas, en absoluto. Ayuda a subrayar su perfil.

Una de las cosas que el visitante aprecia a primera vista en Mahó es la supervivencia de una arquitectura anglosajona, incluidas las ventanas de guillotina, poco efectivas para la tramontana, aunque probablemente superan de mucho a las que existían en la isla a inicios del siglo XVIII.

Guillotina

Ventanas de guillotina, herencia británica / CG

Es más eficaz y sencillo explotar como atractivo turístico el pasado británico que el árabe, por ejemplo, presente en la toponimia de numerosas poblaciones de Menorca. Además, es normal que los indígenas tengan un buen recuerdo de esa época, en la que creció una poderosa burguesía, ennoblecida en no pocos casos, al amparo del comercio que transitaba por sus puertos, básicamente el de Mahó, y en la que se desarrolló la etapa cultural más rica de la historia de la isla.

El dominio británico supuso una revolución en la sociedad menorquina. Trasladó la capitalidad de Ciutadella --algo más medieval-- a Mahó, cuyo enorme puerto natural ofrecía grandes posibilidades tanto para los objetivos militares como para los comerciales, y en cierta forma permitió la emancipación de una nueva clase social que tomó el relevo de la aristocracia latifundista que siempre había dominado aquellas tierras.

La burguesía pujante

La historia de Menorca en esa época es paralela a la de otras islas del Mediterráneo que se han reflejado en la gran literatura, como es el caso de Mallorca y Llorenç Villalonga, o de Sicilia y Giuseppe Tomasi di Lampedusa. Los terratenientes medievales dieron paso a las nuevas clases burguesas hasta quedar casi arrinconados. Los británicos fueron testigos --y catalizadores, quizá, involuntarios-- de esa transición.

En estos momentos, el auténtico latifundista de la isla es el Ministerio de Defensa, titular de enclaves únicos, sobre todo en torno a las dársenas de las principales poblaciones. Es improbable, no obstante, que algún día pueda monetizar esas propiedades. Menorca está declarada reserva de la biosfera desde 1993 y su naturaleza es muy frágil en cuanto a recursos naturales: difícilmente podría soportar un turismo de masas.

Por todas esas razones, los menorquines presumen hoy del Camí d’en Kane, la carretera que unió directamente los dos extremos de la isla y que se construyó por voluntad de Richard Kane, el primer gobernador británico. Es un camino ampliamente superado por la autovía, pero que ahora aparece rotulado así, como se llamó en sus comienzos, y que tardó años en ser usado por los nativos, que no conseguían olvidar los métodos esclavistas de los ingleses en el trazado de los caminos.

Casa Nelson en Menorca

La Casa Nelson vive envuelta en leyendas

La memoria local no siempre es muy fiel a los hechos a la hora de recordar a los británicos. Contra lo que dice la leyenda, el almirante Horatio Nelson nunca se encontró con su amante, lady Hamilton, en Menorca. Lo más probable es que en la única visita documentada del héroe de Trafalgar a la isla no llegara a alojarse en la preciosa villa de Sant Agustí que ha pasado a la historia como la Casa Nelson –Golden Farm en la actualidad--. Pero, da igual, la historia es preciosa. 

En paralelo a la reconstrucción de su vida en el siglo XVIII, la isla ha acentuado el valor de los productos propios, y en especial los gastronómicos de la tierra: desde el vino –que, por cierto, se empezó a cultivar por iniciativa de Kane--, a los pescados de la zona –con la langosta y el mero en lugar destacado--, los quesos y una excelente ternera.

Binibeca y cala Sant Esteve, dos de los grandes rincones de Menorca

Una nueva generación de cocineros ha redondeado la oferta local, con más creatividad, que no se limita a los platos tradicionales y del producto autóctono. La escasez de grandes arenales y la voluntad de los menorquines de preservar su patrimonio natural, ha facilitado un urbanismo genuino y compatible con el turismo de viajero.

La capital, Mahó, no tiene un solo semáforo. El ayuntamiento ha ordenado el sentido de la circulación en las calles para compatibilizar el tráfico rodado con el peatonal, de manera que todo queda un poco al alcance de la mano. El teatro de la ópera –efectivamente, del tiempo de los británicos-- como la primera casa masónica de España, el Museo de Menorca, el imprescindible Can Oliver, todo está a unos minutos a pie.

En lugar de grandes mastodontes, han crecido los hoteles boutique, que son albergues encajados en antiguas casas señoriales, con pocas habitaciones, pensados para adultos, para gente que quiere disfrutar de la calma. Personas que no solo buscan sol y playa, sino conocer el lugar que visitan para disfrutarlo mejor.

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