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A propósito del burkini y de lo grotesco

Caroline Fourest
6 min

Las resoluciones adoptadas por el Ayuntamiento de Cannes y otros consistorios de derechas del sur de Francia para prohibir el burkini, justo después del atentado de Niza, han hecho sonreír al otro lado del canal de la Mancha y al otro lado del Atlántico. Y en Francia, muchos han visto una polémica irrisoria, prueba de una focalización aberrante en el islam. Es verdad que la decisión plantea dudas, sobre todo cuando procede de alcaldes que dicen preocuparse de los derechos de las mujeres en verano, en la playa, pero que el resto del año apoyan a movimientos integristas [católicos] que defienden retirar a los niños de las escuelas para que no se vean expuestos a programas de igualdad de género orientados a sensibilizarlos contra los estereotipos...

La playa no es la escuela. Las bañistas no son ni alumnas ni menores de edad. Rechazar que alguien se cubra la cabeza en un lugar cívico, de educación para la ciudadanía y para la igualdad, es una cosa. Obligar a alguien a descubrirse en un lugar de ocio es más excesivo, salvo que se trate, por supuesto, de una playa privada que se rija por un reglamento.

Llevar esa prenda integrista en la playa viene a decir a los demás que son indecentes o que su semi-desnudez resulta violenta

La prohibición está más justificada en piscinas donde los bañistas están sujetos a un código vestimentario, por razones de decencia o de higiene. Los hombres, por ejemplo, no tienen derecho a bañarse con bañadores largos, de pierna entera. Las mujeres no pueden bañarse en topless. ¿Por qué aquellos que invocan la religión deberían ser los únicos que pueden obtener arreglos o exenciones a la norma?

Por el contrario, prohibir el burkini en la playa, cuando hay bañistas que se bañan completamente vestidos, no es ni coherente, ni eficaz. Como en la polémica por el velo en la universidad, los que creen que pueden combatir la moda integrista a base de prohibiciones a diestro y siniestro se equivocan. Obtendrán el efecto contrario al deseado: facilitar la propaganda victimista y, con ella, propagar la moda del burkini entre los sectores más jóvenes o más influenciables.

En todos los casos, tanto si se está a favor como en contra de la prohibición, nada justifica caer en el exceso de facilitar esa propaganda --solidarizándose con estos signos regresivos y sexistas, como si se trataran de objetos sagrados o de pilares del islam. Edwy Plenel ha batido todos los récords de indecencia al publicar en Mediapart un artículo sobre el burkini titulado "Una vestimenta como las demás", y tuiteando unas fotos de bañistas de la Belle Époque, hace más de un siglo, con esta leyenda: "Bains de mer habillés en France (sans musulmanes). Liberté des corps = liberté des vêtures" ("Baños en el mar con vestidos en Francia (sin musulmanas). Libertad de los cuerpos = Libertad en los vestidos"). Lo que equivale a hacer desaparecer un siglo de lucha por la emancipación, Mayo del 68 y MLF [Movimiento de Liberación de las Mujeres] incluidos, para defender la reacción... porque supone pasar precisamente por alto un pequeño detalle desde principios del siglo XX: la liberación de las mujeres y de sus cuerpos, precisamente. Defender el hecho de cubrir los cuerpos de las mujeres como si se tratara de una "libertad" y no de una regresión demuestra un espíritu profundamente reaccionario, que ningún progresista puede validar sin caer en un profundo machismo orientalista.

Cualquiera con un mínimo de sensibilidad feminista, o simplemente preocupado por el radicalismo, se sentiría incómoda ante la idea de bañarse al lado de una mujer o un grupo de mujeres en burkini. Llevar esa prenda integrista en la playa viene a decir a los demás que son indecentes o que su semi-desnudez resulta violenta. Agotador. Cuando se va a la playa, es para relajarse, no para darse de bruces con los problemas psicológicos o las convicciones ideológicas de los demás. Si alguien no se siente cómodo con su cuerpo y milita en el pudor, puede simplemente evitar bañarse en público o escoger espacios más púdicos para hacerlo... como una piscina privada o su propia bañera.

Si estas bañistas persisten en la incoherencia del burkini, hay que recordar que, sin pretender prohibirlo en la playa, uno tiene siempre el derecho de levantarse para irse a bañar a otra parte, como también el de enviar a su vez un mensaje: optando por el nudismo.

[Artículo traducido por Juan Antonio Cordero Fuertes, publicado en la versión francesa de The Huffington Post y reproducido en CRÓNICA GLOBAL con autorización]

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¿Quién es... Caroline Fourest?
Caroline Fourest

Ensayista, feminista y periodista. Diplomada en Historia y Sociología en el EHESS y en Ciencias Políticas, es titular de un DESS en comunicación política obtenido en la Sorbona (Francia). Redactora jefa de la revista 'Prochoix' y colaboradora en diversos medios en Francia.