A conflicto de niños, solución de niño

25.03.2019
Guillem Bota
5 min

Quim Torra lo ha intentado de todas las maneras, sin resultado. No le falta ya más que hacer como Pepe Sopalajo de Arriérez y Torrezno, el niño de Astérix en Hispania, y amenazar con dejar de respirar cada vez que la pérfida justicia, el pérfido estado español o sus propios pérfidos consellers, cuanta perfidia, le lleven la contraria. Puestos a hacer hoy el ridículo más que ayer, pero menos que mañana --alguien debería comercializar en Cataluña la Medalla del Ridículo, se las iban a quitar de las manos--, mejor hacerlo en base a referencias literarias, y tampoco vamos a esperar del actual presidente de la Generalitat que en el campo de las letras haya llegado más allá de Astérix.

Mofletes de recordman en el arte de aguantar la respiración, no le faltan. Con esos carrillos que Dios le ha concedido, debería salir al balcón de la Generalitat anunciando que deja de respirar hasta que la Junta Electoral permita colgar lazos amarillos y toda la propaganda electoral que sea de menester, en todos los organismos oficiales así como en las sedes de todos los partidos políticos, constitucionalistas en especial. Eso sí que sería internacionalizar el procés, y no los garbeos de Puigdemont del chalé de Waterloo a Bruselas y de Bruselas al chalé de Waterloo, que no sirven más que para que el expresidente coma a menudo fuera de casa y siga así ampliando el perímetro de su cintura y la magnitud de su papada, que hay que ver cómo está quedando la silueta del fugado. Además, una vez quedó claro que las huelgas de hambre a la catalana sirven sólo para que quienes las llevan a cabo luzcan más rollizos que antes, se impone el dejar de respirar. Todos tenemos nuestro corazoncito, y si bien la imagen de Torra en el balcón con la cara encarnada no llamaría la atención por ser su tonalidad habitual, a medida que se fuera tornando morada sería un espectáculo extraordinario que ablandaría incluso a los más duros de entre los duros.

Que Quim Torra utilice esa última bala que le queda en la recámara no es una sugerencia gratuita, uno lo ha meditado largamente. El pobre hombre lo ha intentado todo, y de momento no ha conseguido más que convertir la (dicen que) lucha por una Cataluña independiente, en un juego de a ver si retiro los lazos o no, previo paso por diferentes estaciones intermedias (alguna manifestación en Barcelona, otra en Madrid, un no apoyar los presupuestos de Sánchez, un viaje a Estados Unidos para hablar ante unos cuantos catalanes que allí residen), en un descenso irrefenable hacia la nadería más absoluta. Esto no es serio, si seguimos a este ritmo, en un plis plas se nos van acabar los motivos de risa a costa de Cataluña, y a fe que los echaremos en falta. Aunque el conflicto se haya reducido a una niñería tal de quitar o poner pancartas, o precisamente por ello, se trata ahora de realizar gestos nunca vistos en estadistas desde el 49 A.C., que es cuando vivían por estos lares los Sopalajo de Arriérez y Torrezno.

Dejar de respirar durante unos minutos, incluso durante unas horas, no ha de ser tarea difícil para quien lleva meses --antes de ser ungido califa en lugar del califa, no le conocía y no puedo asegurarlo, aunque apostaría a que en realidad son años-- sin pensar. Si alguien es capaz de paralizar su actividad cerebral y seguir bebiendo ratafía como si tal cosa, bien puede hacer lo mismo con la pulmonar, todo sea por la causa.

Para resolver niñerías, nada tan adecuado como reacciones de niño. Y en eso a los catalanes no hay quien nos gane.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.

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