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2020, catalanes contra españoles

Manuel Peña Díaz
6 min

En 2020 se cumplen cuatro décadas de la subida al poder de Jordi Pujol. 1980 fue un año decisivo en la historia de Cataluña, el año del cambio inmóvil, cuando el catalanismo franquista se metamorfoseó en catalanismo democrático. Fue el año del pacto discreto por el que las cuatrocientas familias siguieron agarradas al poder, mientras no veían mal que la gestión municipal --sobre todo en el cinturón rojo barcelonés-- la ejercieran partidos obreristas, eso sí, impregnados ya del virus identitario. Ese fue el único peaje que le exigieron y que, como serviles monaguillos, socialistas y psuqueros pagaron religiosamente durante años y años.

Ni en sus mejores sueños esas distinguidas y poderosas familias imaginaron que, apenas diez años más tarde, el catalanismo impondría su visión exclusiva de Cataluña a todos, dentro y fuera. El temor a que hubiese una resistencia obrera, que recuperase el antaño poderoso movimiento anarquista, no mutó en miedo. Y contra todo pronóstico se difundió la imagen del oasis catalán, donde todo era paz y prosperidad, incumpliendo leyes pero bajo la bendición de la mágica senyera y del xenófobo Els Segadors.

A mediados de la tercera década, el edificio catalanista se tambaleó por el desliz de Maragall al destapar el gran negocio del 3%. Para el devenir del catalanismo fue un error aquel comentario. Apenas un año antes, se había iniciado una esperanzadora reconversión del catalanismo de la mano de los otros partidos identitarios (PSC, IC y ERC). El papanatismo de la izquierda y la derecha española respecto al nacionalismo, encabezado en un primer momento por Rodríguez Zapatero, bendijo esa versión 2.0 del viejo catalanismo que exhibió un nou estatut por bandera. La torpeza nacionalista del PP y la paradójica legislación española --corregir constitucionalmente lo ya votado en referéndum-.- hizo el resto.

El proyecto fue tan convulso como selectivo, y el ultranacionalismo acabó devorando a casi todas las burguesías catalanas, carcomidas por la corrupción inherente a la administración autonómica. Al menos fueron cinco los factores que despreciaron esas élites en su visión de futuro para la cuarta década. La siembra de tanta semilla nacionalista produjo una cosecha muy abundante de fanáticos fascistoides muy difíciles de controlar, salvo que algún líder mesiánico, como Junqueras, pudiera convertir a esa masa hiperventilada en un sol poble y conducirla hacia su liberación. Dificultades internas frenaron la soñada proclamación de 2014.

El segundo factor fue que esas burguesías minusvaloraron que los catalanes no catalanistas se hartasen de tanta corrupción, manipulación, desprecio y marginación y optasen por apoyar a un partido no nacionalista surgido de los márgenes del PSC y del PP. El tercer elemento que ignoraron es que el monstruo nacionalista español acabase por despertar del sueño al que había sido inducido en la Transición, con la excusa --populista pero real-- de que la unidad política de España estaba en peligro.

El cuarto error fue la infravaloración que una parte de esas burguesías --las más fanáticas-- hicieron de la fortaleza de una parte del Estado Español (el poder judicial) por la absurda equiparación que practica el nacionalcatalanismo al confundir España con Estado, entre otras razones. Y el quinto factor es tan viejo como el mundo: el dinero. Una parte importante de la burguesía financiera e industrial catalana trasladó su sede empresarial ante los riesgos económicos del procés.

Al acabarse la cuarta década, desde aquel golpe de timón de 1980, todo apuntaba a que el fracaso era su mayor éxito. Pero no. De nuevo el papanatismo político de la izquierda y de la derecha españolas han decidido otorgar una nueva vida al nacionalismo catalán. Ni ERC en sus mejores sueños hubiera imaginado que les pudiera favorecer tanto las imágenes de la actuación policial del 1-O, ni las lagunas y contradicciones judiciales, ni la ambición personal de los líderes del PSOE y la ceguera de su militancia, ni la pasividad conformista del PP, ni los errores tácticos de Cs, ni la empanada ideológica de Podemos calada hasta los huesos de identitarismo totalitario.

En 2020, sólo un deseo republicanista se ha cumplido con creces: el renacer del nacionalismo español con forma de Vox, su homólogo ultra. Y sólo un deseo tiene ERC para la quinta década: que ese nacionalismo sea el único interlocutor al otro lado. De conseguirlo, Junqueras y sus cachorros --herederos de los que, tiempo atrás, en su partido se hermanaron con las Juventudes Hitlerianas-- habrán llegado al final de su ansiada partida con dos únicos jugadores: catalanes contra españoles.

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¿Quién es... Manuel Peña Díaz?
Manuel Peña Díaz

Historiador y profesor universitario, autor de Una Historia no oficial de Cataluña (2019).