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Comedor principal del Asador Getaria.

El Asador de Getaria, el rodaballo

En el corazón de Bilbao, una parrilla eficaz para los más tradicionales del País Vasco

Paula Ferrer
4 min

Mis planes pasaban por viajar hasta Guetaria para visitar el prestigioso restaurante Elcano, donde pensaba dar cuenta de uno de sus legendarios rodaballos, o en su defecto de un lenguado king size.

Pero en aquellos días de finales de noviembre la climatología no acompañaba, de manera que mi paso por esa preciosa ciudad, cuna de balleneros y conquistadores, tuvo que ser más fugaz de lo que hubiera deseado.

Así que, ya en Bilbao, busqué un local que pudiera compensarme. Y me decidí precisamente por el Asador Getaria, abierto desde hace 30 años en el centro de la capital vizcaína y dedicado a la cocina vasca más tradicional con la parrilla como eje de todo lo demás.

La entrada del establecimiento, muy cercano a la vieja cafetería Iruña, es una nutrida barra de pintxos que se distingue de las del entorno por cierto tono elegantón que luego confirma el comedor principal --La Casona-- al que se accede después de pasar frente a una cocina abierta que exhibe la materia prima y la brasa de carbón de encina.

Clasicismo guipuzcoano

La Casona es como el salón señorial de una vivienda noble de la costa guipuzcoana, decorado con retratos de personajes antiguos y el blasón de la ballena arponada, la clásica imagen de los pueblos costeros que rememora la que fue su principal actividad durante siglos.

Mesas grandes y amplias sillas de rejilla y bracero; luz escasa y ambiente relajado. El restaurante dispone de otros tres salones privados, donde sospecho que se fuman buenos puros a juzgar por las cavas de habanos del pasillo y del comedor principal. Tiene un rincón iluminado en tonos azules donde se exhiben decenas de botellas de ginebra y otros licores, como preparados para complementar el placer del humo. Servicio eficaz y atento, un pelín distante, quizá adecuado para un tipo de clientela masculina convocada a comidas de trabajo.

Rodaballo

En contraste con la de vinos, que es muy generosa, la carta de platos es breve. Mucho más de lo que aparece en su web. Los pescados y las carnes tradicionales, pasados por la parrilla. Y poco más; a tiro hecho.

Como la oferta de entrantes era de cierta contundencia --o así nos pareció a nosotras--, nos inclinamos por un plato de jamón y una ensalada de atún y anchoas marinados. Muy correctos los dos.

Y de segundo, rodaballo, lógicamente. Una pieza para dos que cobraron a 51 euros más IVA y que estaba en su punto de jugosa. La trajeron envuelta en ese manto aceitoso con el que suelen cubrir al bicho en la zona, de una untosidad de apariencia sospechosa, pero que resultó inofensivo y en absoluto enmascaró el sabor del pescado. Muy bien.

Nos había llamado la atención un vino blanco alemán hecho con gewürztraminer, poco frecuente en las cartas vascas. Y lo pedimos. Era un Villa Wolf que estaba rico, pero no acertamos con el maridaje: no pegaba para nada con lo que habíamos pedido. Muy agradable, pero dulzón en exceso. Tendría que haber hecho caso de la primera impresión: txakolí de la tierra. Nos costó 20 euros, con IVA, con una carga sobre el coste en bodega del 100%.

Sin postres, y con una copa de patxarán casero, salimos a casi 70 euros por persona, algo caro, pero que la calidad del pescado y del excelente pan de maíz que nos pusieron justifican.