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Imagen del comedor del restaurante Alameda.

Alameda, tradición guipuzcoana

Tres hermanos, la tercera generación, trabajan por mantener su estrella Michelin sin perder las esencias que les han llevado al éxito

Paula Ferrer
5 min

A finales de noviembre me tomé unos días para hacer un pequeño periplo gastronómico por el País Vasco. La climatología podría haber sido más benigna, pero al final la lluvia y el frío resultan muy adecuados para unas minivacaciones de estas características.

Hice mi primera parada en Hondarribia (Fuenterrabia).

La tercera generación de los Txapartegi gestiona el negocio familiar de la forma más tradicional posible. Han incorporado las posibilidades que la tecnología pone a su alcance, pero hacen gala de mantenerse siempre en contacto con los proveedores locales --la exclusividad del producto, dicen para referirse a la materia prima de la costa guipuzcoana-- y las costumbres de la tierra.

De hecho, cuando el año pasado Kepa, Mikel y Gorka Txapartegi restauraron y modernizaron la taberna del Alameda --la barra del txiketeo de la casa-- estaban haciendo un guiño a sus abuelos y padres. Ellos empezaron en una antigua sidrería que hacía las veces de merendero cuando el tiempo de Hondarribia lo permitía.

Carpaccio

Así que la vuelta al tigre --mejillón con salsa de tomate y picante pasado por la sartén-- era una forma de reforzar la conexión con el pasado para un restaurante que desde hace 18 años tiene una estrella Michelin. Un local de cocina sencilla, ambiente acogedor, nada lujoso y carta breve, pero notable.

La casa transmite sensación de comodidad: techo alto, mesas grandes y separadas entre sí por una distancia generosa.

Lo primero que nos llamó la atención fue la música rockera de fondo, que no pegaba en absoluto con la decoración clásica, de una elegancia contenida y dominada por unos grandes ventanales que más que permitirte gozar de las vistas, lo que hacen es situarte en un entorno casi rural.

Otro detalle sorprendente fueron las carcajadas y voces que llegaban de la barra de la taberna, apenas separada del restaurante. Era temprano y había más gente haciendo el aperitivo que comiendo.

Nueve entrantes, cuatro carnes --una de ellas de caza-- y el pescado que se encuentre ese día en la lonja. Y seis postres. En una buena parte de los platos la carta ofrece medias raciones, una forma de facilitar el tasteo.

El Alameda trabaja fundamentalmente con tres menús degustación de 45, 60 y 98 euros, IVA incluido y sin la bebida. Nos habían hablado muy bien del primero de ellos: un menú barato para un estrella. Pero aun así decidimos probar con la carta.

Para acompañar la cerveza Krombacher que tomábamos de aperitivo nos obsequiaron con un bombón de chocolate y foie y una cremita caliente de calabaza --una hortaliza muy trabajada en estos fogones-- con espuma de hinojo. Deliciosos.

Nos decantamos por dos medias de ostras Gillardeau, unas al natural y las otras con caviar de cítricos y algas. Y la verdad es que las dos fórmulas estaban igual de buenas. Y dos medias raciones de carpaccio de vieiras con tartar de tomate y emulsión de almendra, probablemente el mejor plato de la comida, el más rico en contrastes y sabores. 

Solomillo

De segundo pedimos un solomillo de vaca asado, poco hecho, acompañado de un pastel de idiazábal. Máxima calidad y acompañamiento ocurrente, aunque ante una carne auténtica siempre me asalta la duda de si debe llevar otra guarnición que no sean unas buenas patatas fritas.

Para terminar decidimos acabar la botella de vino con una selección de quesos artesanales afinados con buen gusto, sin aromas demasiado sobresalientes.

Habíamos pedido dos cañas, pero nos trajeron el citado botellín, incomprensible teniendo la taberna pared con pared: para más inri, en la cuenta la mediana figura como “zurito”. Después bebimos un Predicador del 2012, que estaba como siempre, más que correcto, correctísimo. Lo pagamos a casi 40 euros, frente a los 19 largos de la tienda.

Una experiencia muy agradable, con la sensación de que efectivamente has probado algo auténtico, con un servicio muy amable y de calidad. Nos costó 90 euros por persona.