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Ensayos para la nada

Mientras veía The rehearsal, tuve a veces la sensación de que se trataba de una incomprensible obra de post-humor que superaba en delirio a Larry David y a Ricky Gervais

Imagen promocional de la serie de HBO Max 'The rehearsal' / HBO
Imagen promocional de la serie de HBO Max 'The rehearsal' / HBO

Aviso: lo de hoy no es exactamente una recomendación. Más bien podríamos hablar de la necesidad de compartir con ustedes mi estupor ante la nueva propuesta de HBO Max The rehearsal (El ensayo), una especie de reality show que ha cosechado unas críticas muy elogiosas en Estados Unidos y que ya ha sido renovado para una segunda temporada (la primera consta de seis episodios). ¿De qué va The rehearsal? Pues, como su nombre indica, de los ensayos que hay que acometer para que una serie de personajes de una simpleza desoladora puedan enfrentarse a situaciones que a ellos se les antojan comprometidas, aunque al espectador (o, por lo menos, a mí) me parezcan auténticas chorradas. El responsable del oneroso invento es un tal Nathan Fielder, que incluso ha patentado el concepto The Fielder method, nombre de la escuela de actores que se ha marcado para reclutar a los protagonistas de sus delirantes ensayos, supuestamente dirigidos a ayudar a la gente a ir por el mundo cuando se enfrenta a situaciones complicadas relacionadas con la interactuación con otros seres más o menos humanos.

Confieso que solo he visto los dos primeros episodios de The rehearsal porque pensé que la exposición a un tercero podría causarme serios daños neurológicos. Los problemas a los que se enfrenta el voluntarioso señor Fielder (del que a veces dudamos si se preocupa por sus pupilos o si se los toma directamente a pitorreo) no tienen nada que ver con lo que la mayoría de nosotros consideraría problemas genuinos. Veamos.

En el primer episodio, el bueno de Nathan intenta echarle una mano a un tal Kor, cuya principal pasión en este mundo es jugar al Trivial. Kor lleva veinte años jugando con una de sus mejores amigas (una pesada que no calla y no escucha y apenas te deja introducir algún monosílabo en su diarrea verbal). Kor le dijo años atrás que tiene un título universitario, lo cual no es cierto, pues no pasó del instituto, y eso le crea terribles problemas de conciencia. Para recuperar la paz de espíritu, necesita confesarle a su amiga que nunca pasó por la universidad, pero teme que el demorado ataque de sinceridad conlleve la pérdida de su amistad con la pelmaza. Y ahí entra Fielder, quien, recurriendo a una serie de actores y a unos decorados carísimos, se esfuerza por adelantar los acontecimientos a los que se va a exponer su cliente y trata de minimizar los posibles riesgos (es capaz hasta de reproducir fielmente el bar en el que Kor y su amiga juegan al Trivial). La inversión de tiempo, pasión y dinero en semejante iniciativa es lo que puede llevar al espectador al pasmo total y absoluto. Una futesa como reconocer una mentirijilla se convierte en una tragedia griega que hay que ensayar hasta la náusea para paliar las posibles consecuencias funestas.

En el segundo episodio, una mujer simple y muy de misa, acude a Fielder porque quiere tener un hijo, pero no sabe si la experiencia le resultará satisfactoria o no (aunque ni tiene novio). Fielder le alquila una casa, le proporciona una cantidad ilimitada de bebés (que van cambiando cada cuatro horas, pues ese es el tiempo máximo que la ley permite poner a, digamos, trabajar a los pobres rorros) y le promete que luego le traerá niños de cuatro, ocho y diez años para que vaya viendo en qué consiste eso de la maternidad. La interfecta es una cuarentona bajita y meapilas que se pasa el día rezando y anda en busca del posible padre de sus hijos, que también debe ser un hombre temeroso de Dios. Aparece un novio que parece el adecuado, pero que se rinde cuando lo despiertan tres veces en mitad de la noche para que atienda a un bebé llorón que en realidad es un robot controlado por Fielder, pues parece que a los de verdad no les conviene trabajar en horario nocturno.

Mientras veía The rehearsal, tuve a veces la sensación de que se trataba de una incomprensible obra de post-humor que superaba en delirio a Larry David y a Ricky Gervais, pero acabé llegando a la conclusión de que todo aquello iba en serio y había alguien que se desvivía por ayudar a merluzos que no saben qué hacer con su vida ni en las circunstancias más banales. Hay tal desproporción entre los esfuerzos invertidos y la causa a la que sirven que a veces te daba un extraño e inquietante ataque de risa, pues el programa es como poner a Maquiavelo a intentar dirigir una bronca de parvulario.

Mentiría si dijera que sé qué es lo que pretende El ensayo, aparte de intentar animar la vida de una serie de gente que no sabe dónde le da el aire y apenas es capaz de atarse los cordones de los zapatos sin haberlo intentado previamente un montón de veces. Ni se la recomiendo ni se la dejo de recomendar, pero me parece de lo más raro que he visto últimamente y no quería dejar pasar la oportunidad de compartir mi pasmo con ustedes. No me lo tengan en cuenta, si son tan amables.