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En su traducción (libérrima) de King Lear, la última de las grandes tragedias de Shakespeare, el poeta chileno Nicanor Parra, el mayor energúmeno que han visto los siglos recientes y, sin duda, verán los venideros, sobre todo ahora que muchos conciben la cultura como un misal woke en vez de como la fuente más fecunda que existe sobre la verdadera naturaleza humana, el viejo monarca que atraviesa el páramo que separa la luz de las sombras comienza hablando en plural mayestático –una prerrogativa de reyes y también de bufones– y termina transformado en un pordiosero. La fábula, que se inicia al modo de un cuento de hadas, condensa a partir de dos arquetipos –la encarnación del poder terrenal y el retrato de su decadencia– una metáfora biológica: a cada día que el sol emerge desde el horizonte le corresponde, sin excepción, su crepúsculo. Esta es la ley natural. 

Todos los amaneceres tienen algo de milagroso; el ocaso, en cambio, se interpreta como una condena, aunque incluya algunas virtudes. Una de ellas es que, salvo desgracia o calamidad súbita, rara vez es inmediato, sino que practica el educado arte del ritual. Tiene la costumbre de anunciar su presencia, igual que un caballero a la antigua, mucho antes de presentarse, otorgándonos la infinita clemencia de las despedidas e induciendo incluso los hallazgos inútiles de aquel saber ancestral que Cervantes, con sorna, llamó metafísica, que es en lo que piensan los perros después de varios días sin comer. 

Acabamos de llegar a ese puerto. Nos disponemos a cumplir el protocolo de los barcos que hacen escala. Atravesamos la zona de tránsito. Lejos de casa y distanciados del destino, pero en camino. Probablemente la inmensa carga de experiencia que fabrica el tiempo, que es la forma que tiene el destino de deshacernos, pueda resumirse en ese instante en el que nuestra voz interior –el yo que nos habla, el al que nos dirigimos en secreto, ese él que odiamos con entusiasmo– salva el tránsito entre la poesía lírica y la meditativa. Cuando la vida pasa del allegro cantabile a la lacrymosa. No siempre somos conscientes de este salto (sin pértiga), pero un día dejamos de celebrar la juventud para explorar esa región (sin retorno) que se llama alta madurez, temiendo a partir de entonces, como se imagina aquello que todavía no se ha vivido, el tercer acto que los romanos denominaban senectute

Se nota al expresarnos: el grito decae y, como única heredera, le sucede la ambigüedad del silencio. El laconismo de quien intuye que todos los discursos del mundo, igual que las esperanzas más tempranas, salvadas esas décadas que antes nos parecían siglos, terminan antes o después en una gigantesca cháchara. Ahora que celebramos el centenario de Ulysses, la novela en la que Joyce degrada el molde de la antigua épica para abrirnos los ojos al espectáculo de la existencia vulgar, adquieren todo su sentido los versos de Gil de Biedma. Es cierto: la vida iba en serio (aunque siempre nos pareció una broma). 

El viento ha cambiado esta creencia. La vela comienza a ser arriada y la nave acaba de quedarse clavada en un punto del océano. Primer aviso del final del trayecto. El poeta supo verlo con una frialdad proverbial: ¿para qué seguir escribiendo? Gil de Biedma exterminó a su personaje –la voz que dice sus versos– porque, cumplido el deceso de la juventud y agotadas las infinitas posibilidades del trayecto (eso fue la felicidad), en lugar de la persona que somos vislumbramos el augurio de un espectro. Una sombra en una carretera sin salida que habla como Idea Vilariño –la poeta uruguaya– al recordar el fantasma de Onetti. Ya no fundaremos una familia, el tiempo mudó en adversario y el público empieza a mirarnos con condescendencia. La lástima, por supuesto, corre de nuestra cuenta. Paga la casa.

Durante un tiempo, rebasada la Edad Media de la vida, con mucho más pretérito que futuro, anclados al presente fugaz, nos quedará el atenuante pasajero de la elegía: la reverberación gustosa de los capítulos de nuestra propia novela, que quisiéramos que no hubiera dejado atrás su obertura en vez de galopar –decidida– hacia su desenlace. “Introibo ad altare Dei. Deum qui lætificat juventutem meam”. (“Subiré al altar de Dios. / Al Dios que es la alegría de mi juventud”). La parodia de estos dos versículos del Salmo 43 con los que arranca la novela de Joyce es el negativo de No volveré a ser joven, el poema (trágico) de Gil de Biedma sobre este mismo asunto. Lo que en él mueve al llanto (sin lágrimas) es farsa en Ulysses: podéis poneros todo lo estupendos que queráis, muchachos, pero el reloj de las horas no va a detenerse y, a medida que su carga de arena supere el estrecho cuello que une las dos esferas de cristal invertido, descubriréis que el hijo de Dios no es más que un hijo del arroyo

“En mi poesía” –explicaba el poeta catalán– “no hay más que dos temas: el paso del tiempo y yo”. Sucedió en los dos años que discurren entre Moralidades (1966) y Poemas póstumos (1968). Gil de Biedma experimentó en ellos la revelación de lo prosaico: el tiempo que nos queda nos obliga a vivir sin belleza, presos de una fuerza física menguante, atados a un deseo estéril. Convertidos, como escribió Heidegger, en ese ser de lejanías que ya se sienta a nuestro lado. Alguien con nuestro rostro y nuestro cuerpo que pronuncia para sí las palabras (sagradas) que Shakespeare puso en boca de Hamlet: “Desafiamos el augurio. Existe una providencia cuando desfallece un gorrión. Si es ahora, no está por venir; si no está por venir, será ahora; si no es ahora, vendrá sin duda. La preparación lo es todo”. “The vagabond who’s rapping at your door / is standing in the clothes that you once wore”, canta Bob Dylan. Todos somos reyes que cruzamos el páramo oscuro en busca del mendigo que pronto seremos.

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