Michael Paul Hinson (Memphis, Tennessee, 1981) decidió un buen día que su nombre no acababa de gustarle y lo alteró ligeramente, convirtiéndose para el mundo de la música en Micah P. Hinson, trovador inclasificable de voz quebrada y muy emotiva que lleva ya publicados un montón de discos sin que el mundo en general y Estados Unidos en particular le hagan mucho caso.
El último, The tomorrow man, grabado en Italia con el hombre que lo sacó del bloqueo creativo, Alessandro “Asso” Stefana, apareció no hace mucho y su principal novedad es el uso generoso de una orquesta, la Filarmonica de Benevento, y una tendencia más exagerada de lo habitual a los ritmos lentos y el folk más purista.
El disco de Hinson, 'The tomorrow man'
Por lo demás, The tomorrow man nos muestra al Micah de siempre, el sufridor doliente ante las cosas que le pasan (y que suelen ser culpa suya), el hombre que no acaba de entender cómo funcionan las cosas y el cantante que, como Buddy Holly en su momento, llega a la conclusión de que el amor es extraño.
El señor Hinson nació el mismo día de febrero en que Ronald Reagan sufrió un atentado que casi le cuesta la vida, aunque no hay pruebas de que ambos hechos estén relacionados. Creció en una familia de fanáticos religiosos que se trasladaron de Memphis a Abilene, Texas, y fue un pionero a la hora de meterse en líos.
Sin atención en EEUU
Siendo un adolescente, se enamoró de una mujer mayor que lo introdujo en el estimulante mundo de las drogas, propiciando que el muchacho pasara una temporada entre rejas por falsificar recetas. Cuando lo soltaron, su familia lo echó de casa por pendejo, momento en el que inició una vida de gorrón profesional, pernoctando en sofás prestados por gente que no veía la hora de quitárselo de encima.
Lo bueno de ser un drogadicto adolescente es que, si no eres tonto, puedes llegar a joven ya limpio de sustancias. De esa manera, a los 23 años, nuestro hombre pudo grabar su primer disco, que funcionó decentemente, sobre todo en Europa. Pese a su innegable adscripción a ese género que conocemos como Americana, en su país nunca se le ha prestado demasiada atención. Lo pude comprobar durante una estancia en Nueva York, cuando les hablaba de él a amigos y conocidos y a nadie le sonaba.
Hubo una época en la que Micah se pasaba la vida en España, donde se había hecho con los servicios del grupo aragonés Tachenko, con cuyos miembros tuvo un accidente de carretera en el que casi la palman todos los que iban dentro de la furgoneta de camino a un bolo.
Canciones desnudas
Actualmente vive en Madrid, concretamente en el castizo barrio de Carabanchel, con su novia colombiana, Lina María Sanabria, después de haber dejado en los States a la parienta y a sus cuatro hijos, a los que confiesa ver tres veces al año.
Me abstendré de juicios de valor y reflexiones sobre la posible inmadurez del sujeto porque me basta con todos los discos que ha grabado hasta la fecha para estarle muy agradecido. Sí, es un melancólico del copón (aunque nunca un llorón ni un quejica), pero su voz -como la de Nick Drake, en otro registro- tiene la habilidad de ponerme los pelos de punta y me resulta especialmente conmovedora, como las de los difuntos Johnny Cash y Mark Lanegan.
La melancolía, siempre presente en sus canciones, se ha ido acentuando en los últimos discos, donde cuesta encontrar los restallantes guitarrazos de los primeros. Antes de dar con su socio italiano, el hombre ofrecía unas canciones cada vez más desnudas, como si Rick Rubin se hubiese colado en el estudio y le hubiese impuesto el mismo sistema austero que le aplicó a Cash en sus casi póstumos American Recordings.
El aire de la sierra madrileña
Es curioso que el señor Hinson nunca haya despertado el interés de ningún sello de su país, teniendo que conformarse con discográficas inglesas, españolas o italianas. Más americano no puede ser el hombre, pero parece que su americanidad es más apreciada en Europa que en los Estados Unidos.
Una americanidad peculiar, tirando a rara, que suele volverse en contra de quienes la exhiben: véase el caso de grupos (considerados) excéntricos como Camper Van Beethoven o los actuales Devotchka, más escuchados en España que en su Arizona natal.
No sabemos cómo puede influirle Carabanchel (como no sabemos, aunque podemos intuir, lo que piensan de él su mujer y sus cuatro hijos), pero lo que está claro es que este hombre parece sentirse a menudo mal en su piel, si se me permite el galicismo, y tener tendencia a la huida, como si aún estuviera falsificando recetas para acceder a medicamentos especiales.
En cualquier caso, The tomorrow man constituye otro paso sólido en su peculiar carrera, y le deseo que el aire de la sierra madrileña le siente bien. Puede que su música incida frecuentemente en la tristeza del señor Hinson, pero la suya es de esas tristezas que hacen mucha y buena compañía.
