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Goran Bregovic

Gracias a Goran Bregovic, la música balcánica empezó a ser escuchada fuera de la antigua Yugoslavia

Goran Bregovic  / WIKIPEDIA COMMONS
Goran Bregovic / WIKIPEDIA COMMONS

Descubrí a Goran Bregovic (Sarajevo, Bosnia, 1950) en casa de Bigas Luna, a mediados de los noventa. No recuerdo para qué habíamos quedado, ni tampoco la conversación que mantuvimos, probablemente porque el disco que sonaba de fondo me interpelaba de una manera tan extraña como nueva y me impedía concentrarme en la charla. Se me debió notar, ya que Bigas me preguntó si me pasaba algo y yo repuse que lo que me pasaba era el disco que sonaba en su equipo de música, que era la banda sonora de la película de Emir Kusturica Underground (1995), compuesta por un señor llamado Goran Bregovic del que no había oído hablar en la vida. Evidentemente, me hice con el disco en cuestión de un par de días y lo estuve escuchando de forma obsesiva, como suelo, durante varias semanas, mientras me lanzaba en busca de más álbumes del señor Bregovic, que no eran precisamente fáciles de encontrar. Como profundo desconocedor de la música balcánica, la banda sonora de Underground (en la que había participado el mismísimo Iggy Pop) fue para mí como una inmersión radical en unos sonidos estimulantes que podían pasar de la euforia a la melancolía en cuestión de segundos y que tenían la virtud de levantarme el ánimo y hasta ponerme de un humor excelente. Luego descubriría que le había pasado lo mismo al escritor argentino Ernesto Sábato, que le envió un mensaje a Bregovic cuando actuaba en Buenos Aires para decirle que no iría a su concierto por cuestiones de edad, pero que le agradecía los efectos beneficiosos que su música había tenido para su atormentada psique (algo parecido le dijo Eric Clapton cuando lo conoció, cosa que llenó de gozo al amigo Goran, quien se había lanzado al rock de adolescente gracias a la atenta escucha de los discos de Cream, el super grupo británico compuesto por Clapton, Jack Bruce y Ginger Baker).

Gracias a Goran Bregovic, la música balcánica empezó a ser escuchada fuera de la antigua Yugoslavia, país desaparecido que nuestro hombre sigue considerando el suyo: como bosnio de padre croata y madre serbia, siempre ha defendido una unión que se rompió, según él, porque a la gente le dio por reivindicar lo poco que la separaba de sus vecinos en vez de apostar por lo mucho que los unía, y siempre ha tenido palabras entre amables y comprensivas para el mariscal Tito (entre eso y otras manifestaciones, le ha caído encima cierta fama de prorruso, aunque no parece ejercer de tal desde que empezó la invasión de Ucrania por las tropas de Vladimir Putin).

Bregovic, que vive entre París y su Sarajevo natal, siempre se ha considerado un tipo muy afortunado por haber alcanzado cierta fama global viniendo de donde viene. Su padre fue un partisano que llegó a coronel y murió alcoholizado, motivo por el que nuestro hombre, según asegura, solo bebe en sus conciertos porque sostiene que sin alcohol no hay manera de dar un espectáculo balcánico como Dios manda. Y hay que darle la razón: recuerdo que canciones de Underground como Mesecina o, sobre todo, Kalashnikov, se disfrutaban especialmente bajo los efectos de una leve tajada. Por no hablar de todo lo que ha grabado con su Banda de Bodas y Funerales, canciones alegres (bodas) y tristes (funerales) cuyo principal logro es hacerte sentir tremendamente vivo, tanto si musicalmente te han invitado a un casamiento como a un entierro.

Pese a los intentos de su madre, ya separada de su padre, para que estudiara una carrera universitaria, no hubo manera y el joven Goran se estrenó como guitarrista y cantante en sórdidos clubs de alterne y strippers, para formar a continuación el que fue el grupo más célebre de la Yugoslavia de Tito, Bijelo Dugme (Botón blanco), tan célebre que el mariscal, harto de escuchar a uno de sus hijos cantando un tema del grupo, invitó a Bregovic y los suyos a actuar en privado para él…Antes de que terminara la primera canción, Tito dio instrucciones de que los echaran de sus aposentos por hacer demasiado ruido.

La destrucción de Yugoslavia pilló a Bregovic fuera de su país y fue lo que le acabó llevando a darse de baja del rock (aunque conservara, afortunadamente, muchos de sus tics) para consagrarse a la música de un país que había dejado de existir y en el que eran legión los que seguían sin entender cómo se había podido llegar a las manos con tanta saña. Así se convirtió en el emisario de un montón de grupos, con más querencia por lo tradicional, que se pusieron levemente de moda en Occidente durante unos años (tampoco muchos: me temo que solo fueron una moda más). Devoto aficionado al flamenco, Goran Bregovic supo apreciar la música popular de su ya inexistente país y comercializarla en el extranjero, motivo por el que no faltan listos que le afean la conducta y le acusan de pensar demasiado en el dinero. A mí me alegró la vida durante bastante tiempo con una música que no había escuchado jamás y que resumía como pocas los estados de ánimo básicos de la humanidad: la alegría y la tristeza, el amor y la muerte.