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Carlos d'Alessio

El argentino fue un compositor profundamente sentimental, que podia oscilar entre la exuberancia seudotropical y la más devastadora melancolía

Disco de Carlos d'Alessio
Disco de Carlos d'Alessio

Nunca he visto la película de Marguerite Duras India song, pero el disco con su banda sonora casi llegué a rayarlo de tanto escucharlo. Me sentía tan a gusto dentro de aquella música sensual, atmosférica y de un exotismo deliciosamente falso que no me hacía ninguna falta oírla como música de fondo de un producto audiovisual: las composiciones del señor D´Alessio se sostenían solas y se explicaban sin ayuda de ninguna imagen, más allá de las que yo mismo iba proyectando en mi cerebro. Compré el elepé de India song en París, en la FNAC de la Rue de Rennes, aunque ya no recuerdo por qué. Puede que alguien me lo recomendara, tal vez leí una reseña positiva en alguna parte, quizás me llamaron la atención los títulos de las piezas. Fuera como fuese, durante los tres meses que pasé en París a mediados de los años 80, India song sonó prácticamente cada día en el apartamento de la Rue d´Aligre que me habían prestado unos amigos. Ya puestos, me hice con otro disco del señor D´Alessio, que incluía algunas de sus composiciones para el teatro: no estaba nada mal, pero bastaba con la visita, mientras que India song era para quedarse a vivir.

Carlos D´Alessio nació en Buenos Aires en 1935. Estudió arquitectura mientras se interesaba por la música desde una posición autodidacta. Compuso piezas para teatro, cabaré y music hall hasta que decidió olvidarse de una vez por todas de la arquitectura, cambiar de aires y plantarse en Nueva York a principios de los años 60, donde frecuentó ambientes de vanguardia en los que no acababa de encajar muy bien por su tendencia a tergiversar la música popular (y hasta populachera) y, diría yo, a conceder una gran importancia a los sentimientos expresados a través de la música, aunque a veces fuesen deliberadamente melodramáticos o, directamente, falsos. A principios de los 70 se trasladó a París, de donde ya no se movió hasta su fallecimiento en 1992 a causa del sida.

Extraña fusión

En París, no tardó nada en encontrarse en su elemento. Se hizo amigo de algunos brillantes compatriotas exiliados, como el escritor y dibujante Copi o el dramaturgo Alfredo Arias. Marguerite Duras se fijó en él, quedó fascinada ante lo que le sugería su música y lo convirtió en su compositor de cabecera, encargándole la banda sonora de varias películas, incluida esa India song en la que nuestro hombre dio lo mejor de sí mismo (D´Alessio colaboró también con otros cineastas, como Daniel Schmid, Barbet Schroeder o Marc Caro y Jean Pierre Jeunet, para los que compuso la música de Delicatessen en 1991).

Marguerite Duras
Marguerite Duras

Carlos D´Alessio fue un compositor profundamente sentimental, como el alemán Peer Raben, compañero inseparable de aventuras de Rainer Werner Fassbinder. Raben era, tal vez, más sincero en sus propuestas, excelentes y sentidas, pero desprovistas, aparentemente, del menor sentido del humor (que tampoco le hacía ninguna falta). Los sentimientos del señor D´Alessio tenían un punto impostado, autocrítico, con tendencia a la broma privada, lo cual no le impedía oscilar entre la exuberancia seudotropical y la más devastadora melancolía. Cuando grabó Young americans, David Bowie dijo que su aproximación al soul no era más que plastic funk, pues siendo blanco e inglés no se veía capaz de aparentar una autenticidad de la que carecía. Algo parecido podría haber dicho Gato Pérez de su acercamiento a la rumba, pues no era catalán ni gitano. Pero ambos le dieron una vuelta de tuerca brillantísima a un estilo ajeno que dotó a éste de una estimulante vida alternativa. Salvando las distancias, D´Alessio también ofreció su peculiar versión de géneros musicales más intuidos que estudiados, más inventados que aprendidos. Pero lo importante eran los resultados, en los que se apreciaba una extraña fusión entre lo sentido y lo simulado, permitiendo al oyente disfrutar de una sentimentalidad que no por ser a veces de cartón piedra dejaba de conseguir sus objetivos: la falsa alegría y la falsa tristeza del señor D´Alessio resultaban muy reales (aunque con un punto de distancia irónica) para quien escuchaba su música. A mí me hizo mucha compañía durante aquellos tres meses en París y lamento profundamente que solo nos acordemos de él cuatro gatos.