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Volver a Boileau-Narcejac

El dúo francés de literatura criminal y psicológica cuenta con un elemento común: la teoría de que todo en la vida es una trampa y nada es precisamente lo que parece

El dúo francés Boileau-Narcejac
El dúo francés Boileau-Narcejac

Hace bastantes años, siguiendo mi natural compulsivo, me leí un montón de novelas del dúo francés de literatura criminal y psicológica Boileau-Narcejac. La cosa empezó porque acababa de tragarme por enésima vez el clásico de Hitchcock Vértigo y tenía curiosidad por saber qué tal estaba la novela en que se basaba, D´entre les morts. Comprobé que Hitchcock se había mantenido bastante fiel al original, limitándose a trasladar la acción de Francia a los Estados Unidos, y que el libro era apasionante. Ante la falta de traducciones al español, me hice con Sueurs froides, Malefices, Le bonsai, J´ai eté un fantome, Terminus y Les veufs y me las tragué prácticamente seguidas, como ya me había pasado previamente con el belga Gorges Simenon o la británica Ruth Rendell. Detecté un elemento común en todos los libros que leí de Boileau-Narcejac: la teoría de que todo en la vida es una trampa y nada es precisamente lo que parece; la existencia está llena de peligros para quienes no controlan sus pasiones o sus debilidades (que vienen a ser lo mismo); los pusilánimes pueden convertirse en asesinos y no puedes fiarte de nadie, pese a las apariencias; nunca llegas conocer del todo a nadie, así que atente a las consecuencias.

Aunque ahora están prácticamente olvidados en España (no así en su país, donde se les sigue reeditando en formato de bolsillo), Pierre Louis Boileau (París, 1906-Beaulieu sur Mer, 1989) y Thomas Narcejac (seudónimo de Pierre Ayraud, Rochefort sur Mer, 1908-Niza, 1998) gozaron de cierta popularidad en nuestro país coincidiendo con la adaptación cinematográfica, a cargo del siempre solvente Henri Georges Clouzot, de su novela Celle qui n´etait plus la, rebautizada como Las diabólicas (1955) y de la película de Georges Franju Los ojos sin rostro (1960), en cuyo guion participaron los dos escritores. Se habían conocido en 1948, cuando ya llevaba publicadas unas cuantas novelas cada uno de ellos, e hicieron un extraño pacto para escribir las historias a cuatro manos que los han hecho entrar en el mapa de la literatura negra mundial.

Nunca he entendido muy bien cómo se pueden escribir ficciones entre dos personas, aunque hay ejemplos notables de esas colaboraciones: la más reciente, la de los suecos Hans Rosenfeldt y Michael Hjorth con su serie de novelas protagonizadas por el atormentado psicólogo Sebastian Bergman y que edita entre nosotros Planeta. El sistema de Boileau y Narcejac era el siguiente: Boileau tenía la idea central y aportaba la trama, Narcejac escribía el libro y Boileau lo pasaba a limpio, introduciendo los cambios que se le antojaran pertinentes. Y el montón de relatos que escribieron a medias demuestra la eficacia del plan.

Intuyo que ligeramente empachado de Boileau-Narcejac, los abandoné hace unos años y acabo de regresar a su peculiar mundo con Las diabólicas, recién publicada por la editorial Siruela. La película era magnífica y la novela, aunque Clouzot no se mostró extraordinariamente fiel al original, también lo es, aunque en un estilo más discreto, menos tremendista, nada cinematográfico, pues consiste, de hecho, en el monólogo interior de un pobre infeliz dispuesto a eliminar a su esposa por exigencias de una amante que, en el fondo, ni siquiera le cae muy bien. Personaje prototípico del dúo literario francés, Fernand Ravinel, un tipo triste y desdichado muy a lo Simenon, es un rutinario viajante de comercio atrapado por una arpía ambiciosa, la doctora Lucienne, que aspira a disfrutar del seguro de vida contraído por la mujer de Ravinel, el ama de casa Mireille, para llevarse al marido de ésta a una vida de súper lujo en Antibes. O eso es lo que parece en un buen principio, antes de que una serie de quiebros narrativos nos acabe conduciendo a un final tan ambiguo como inesperado en el que se confunden el papel de la víctima con el del victimario.

No sé si Siruela venderá muchos ejemplares de Las diabólicas en una época en la que quien se lleva el gato al agua es un autor tan lamentable como Joel Dicker, pero yo le agradezco que me haya hecho volver a Boileau-Narcejac, esa extraña pareja de narradores y psicólogos aficionados que merecerían entre nosotros un tratamiento editorial similar al que reciben en su país de origen.