Luis Alberto de Cuenca y su antología que redescubre a otros poetas y escritores / EFE

Luis Alberto de Cuenca y su antología que redescubre a otros poetas y escritores / EFE

Poesía

Los cien mejores poemas según De Cuenca

Su antología es un estupendo artefacto de apropiación de otros escritores y poetas

15 marzo, 2020 00:00

Se ha reeditado una vieja antología de la poesía en lengua castellana, hecha por el también poeta Luis Alberto de Cuenca. La he comprado, en principio con el propósito de repasar, de noche, antes de dormirme, algunos de mis poemas predilectos, que seguramente no podían faltar en una antología de lo mejor, y también naturalmente para ver si descubría algo que no conociese. Pues bien, he tenido el placer de reencontrarme con versos que me gustan mucho, y también he descubierto a autores que no conocía más que de oídas, o ni siquiera de oídas.

Pero también he encontrado algo completamente inesperado: que la antología era un estupendo artefacto de apropiación, o sea, que De Cuenca ha operado de manera semejante a esos artistas que mediante su criterio de selección se “apoderan”, se adueñan de objetos o seres y los incorporan a su propia obra, como el argentino Alberto Greco (Buenos aires 1931-Barcelona 1965) que durante una temporada en la localidad avulense de Piedralaves si veía a un paisano o un animal que le gustaba, trazaba en el suelo a su alrededor un círculo de tiza y lo firmaba.

Luego sacaba una foto, a modo de documentación, pues naturalmente en cuanto el burro echa a andar la “obra” desaparece, y aseguraba que “esto es un Greco”. Debió de ser un tipo encantador, aunque trágico, como deduzco de hechos como que durante el concilio Vaticano II circulase por la ciudad de Roma disfrazado de monja (no se si se afeitó la barba para la ocasión) o que encontraran su cadáver --se había envenenado con barbitúricos-- con la palabra “FIN” escrita en la palma de la mano, y en la pared de la habitación la siguiente declaración: “Ésta es mi mejor obra”.

Confeccionar una propia antología

Si se me perdona una frivolidad tétrica diré que con este suicidio prematuro superó a Jules Pascin (Julius Mordecai Pincas, 1885-1930), el pintor búlgaro de la escuela de París que se ahorcó en su estudio de París tras cortarse las venas y escribir con su propia sangre en la pared: “Perdóname, Lucy”.

iempre me han impresionado estos dos hechos artísticos fatales que veo lejanamente emparentados, pues estando realizados desde el fondo de la soledad manifestaban un  desesperado, postrer anhelo de comunicación. 

Pero basta de excursos, digresiones. Oigo al lector exigirme: “Go to the point!”, como me invitó Avedon cuando yo, en vez de preguntarle, divagaba. Estaba yo ahora hablando de la antología de Luis Alberto de Cuenca como obra maestra del apropiacionismo, y no se entienda esto como ningún reproche o crítica, sino todo lo contrario, pues creo que todos los aficionados serios a la literatura harían bien en imitarle; deberías, lector, confeccionar también tú tu propia selección de poesía; debes componer tu propia antología, y explicar, en un pequeño proemio a cada pieza, las circunstancias en que la descubriste y por qué consideras que es significativa, y dónde radica su excelencia.

Así es como De Cuenca impone a la nueva publicación de los versos de cada autor no solo una compañía de colegas de letras inesperada, decidida por él, sino también una sujeción, una unción al yugo, por decirlo así, a la propia experiencia del antólogo: por desmesurado que le vaya parecer a algunos, las cien poesías así tratadas acaban constituyendo otro libro del antólogo, un tácito manifiesto de su estética y sin duda el mejor de sus libros de versos, pues cuenta para éste con la desinteresada y decisiva colaboración de los hermanos Machado, de Boscán, de Nicanor Parra, de Lugones, de Borges, y del mismo pueblo español, autor anónimo y coral del Romancero. Un equipo imbatible.  

Una conversación con escritores

Con la mayor satisfacción me he reencontrado con piezas predilectas, coincidiendo en mi gusto con el del antólogo; he visto que entre las cien obras maestras no falta el “Momento” de Cirlot, que ciertamente es una de sus piezas más celebradas; ni falta una composición de Aldana, los “Pocos tercetos escritos a un amigo”, aunque yo, como muchos, hubiera preferido la Epístola a Arias Montano, que es, como diría Carlos Argentino Daneri, el poeta bufo de El Aleph, “el más califa de sus rubíes”.

En cambio me asombra y hasta espanta que en tan corto florilegio --florilegio: ¡cuántos, cuántos años he penado sin que se me diera la ocasión de escribir esta palabra!-- haya cabida para El tren expreso de Campoamor, que es cierto que tiene frenética cadencia y bravura, pero abunda en ridiculeces legendarias como por ejemplo ésta: “Recobrada la salud y el seso / volví de París en tren expreso”.

O esta otra: “esta carta, tan llena de tristeza, / que he leído más veces en mi vida /que cabellos contiene mi cabeza". Ésta además es particularmente deficiente en términos de información, pues la cabeza humana puede tener entre 300.000 cabellos y ninguno. ¿Entonces? 

La antología me ha descubierto poetas que probablemente yo ya hubiera debido conocer, como Gastón Baquero y Enrique Molina, y por ello le quedaré agradecido siempre. Voy a buscar libros de Baquero y de Molina. Pero lo que la convierte en algo especial y ultra-artístico y lo que la hace más valiosa --a mi entender, que ya supongo que no será el común-- son, como he dicho, esas palabras preliminares con que se “apropia” de los autores, por ejemplo: “Fray Luis es uno de mis autores más queridos. Coincido con él en su concepción de la poesía, en su visión del mundo, en su devoción por Horacio. Me impresiona su labor como biblista (…) Me cae bien como persona.” Y a renglón seguido empieza el insigne poema: “¡Qué descansada vida / la del que huye el mundanal rüido…”

Véase, por poner otro ejemplo, los términos con que presenta a Rosalía: "En las orillas del Sar es un libro en el que abundan los versos delicados, espirituales, ensoñadores. Se quejaba Azorín de que don Marcelino no hubiese incluido a Rosalía en sus Cien mejores poesías. En estas mía sí que consta, y con un poema, el 57 del libro, repartido en dos rimas dedicadas, respectivamente, a la belleza y a la felicidad".

Es este colocarse, por propia voluntad y sin ser invitado (esto sería imposible de todo punto) a conversar, o a discutir, con Azorín, con Menéndez Pelayo y con Rosalía de Castro lo que más admiro en esta antología, que, como para subrayar lo que vengo diciendo, está ilustrada con una foto del antólogo. Esa foto, esas frases, son de una audacia insólita. Yo la considero más que legítima. ¿O acaso no es la lectura, como dijo Descartes, “una conversación con los hombres más ilustres de los siglos pasados?”. Quevedo lo dijo mejor en Desde la torre, su famoso poema sobre los libros: … con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos, /y escucho con mis ojos a los muertos. //

Si no siempre entendidos, siempre abiertos, / o enmiendan, o fecundan mis asuntos; / y en músicos callados contrapuntos / al sueño de la vida hablan despiertos.