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Luis Landero: “El ‘procés’ es una guerra de ricos liderada por una burguesía rancia”

El novelista extremeño, ganador del Premio Nacional de las Letras, reflexiona sobre la condición humana, el compromiso político de la izquierda, la situación en Cataluña y la creación literaria

Luis Landero / @JMSANCHEZPHOTO
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Cuando quienes tratan con escritores​ famosos, reconocidos y mimados por sus editoriales y por la prensa dicen de alguien que es “muy normal” quieren decir exactamente lo contrario: que es tan inteligente, sensato y consciente del mundo que habita que trata con normalidad a todo el mundo. A Luis Landero lo quiere mucha gente y, especialmente, aquellos que lo tratan, mujeres en su mayoría que, desde las editoriales, lo traen, lo llevan, le conciertan entrevistas. Se lo rifan. No siempre pasa. Ahora anda de gira con su exitosa última novela. 

Lluvia fina. Es impresionante cómo un título describe un estado de ánimo.

–Más que un estado de ánimo hablamos de un efecto devastador, del daño colateral. Cuando uno se relaciona con los demás te expones a malentendidos y equívocos. Es una lluvia fina de agravios que van desgastando el amor, la amistad y las relaciones.

–Hasta el hartazgo.

–Hasta colmar el depósito de cuentas pendientes y pequeñas venganzas. Ya sabemos cómo es la especie humana: ese fondo de mala leche, de ofensas, pequeñas maldades que alguna vez salen. Pero, vamos a ver, yo de la novela sé tanto como usted. Si me hace ejercer de filólogo, de filósofo de mi propia obra, pues no sé… (lo dice sonriendo) Mire, hablar es divertido hasta cuando lo hacemos con mala baba, pero cuando persiste ese runrún malévolo se convierte en algo destructivo, como una torrentera.

–Y se desborda, igual que la protagonista.

–Todos tenemos un dique y cuando se sobrepasa… Eso es lo que sucede en esta familia. En un día todo se derrumba.

Luis Landero / @JMSANCHEZPHOTO

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–Estaba escribiendo otro libro cuando leyó una noticia en el periódico que le hizo pensar en Lluvia fina.

–Un cumpleaños familiar que terminó en tragedia, sí, pero la idea ya estaba ahí, en mi memoria. Todos llevamos una carga de experiencia, especialmente sobre nuestra familia. Somos eruditos en asuntos familiares, agravios y secretos a medias. No hay un tema más universal ni del que sepamos más que de éste. Al leer esa noticia se activó la memoria, la propia y la que tengo de otros, de lo que he visto y lo que he leído en novelas y visto en películas. Me sorprende que se haya contado tan poco. Tenemos grandes tragedias, dramones, pero el relato de esas menudencias que existen en todas las familias no se había hecho. Las minucias, las chorradas –si se pueden llamar así–, todo eso que se va enconando y que al final te cala hasta los huesos. Como la lluvia fina, efectivamente.

–Es un riesgo armar una novela a base de diálogos, la mayoría de los escritores los evitan.

–¿Verdad? Me lo pidió la historia, no tuve ni que elegirlo, estaba ahí. Pensé: si estos (los tres hijos y la madre viuda de la familia, más la voz fundamental de una cuñada) se juntan para preparar una comida y hablan como hablan, lo tienen que hacer por teléfono, como lo hacemos todos. Y eso me permitió cruzar conversaciones, oír todas las voces y versiones… Y todo en un lapso de tiempo de seis días. Es muy intenso, lo sé, porque lo escribí con esa misma sensación de intensidad, de presión, de tensión. Le confieso que me lo he pasado muy bien porque he tenido mucha presión escribiendo esta historia, he sentido mucha fuerza. 

–Una narración coral de mujeres. Debe haber oído a muchas ¿no? 

–Como todo el mundo… O no… Tal vez sea mi caso, sí, porque mi familia es una familia de mujeres. Murió mi padre y nos quedamos mis tres hermanas, mi madre, mis primas… Nunca había habido en una novela mía tantas mujeres y tan protagonistas… Al principio había un hombre más, otro hijo, pero lo quite  por insustancial (sonrisa traviesa). Ella son las que llevan la carga, las que mantienen la historia y la memoria de la familia. Al menos en el mundo en el que yo crecí los hombres apenas hablaban de cosas intimas. La historia interior era de las mujeres, madres, hijas, tías. Ellos hablaban fuera de sus cosas, que no eran las cosas de casa. En general, claro. 

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–Eran más pudorosos.

–Sí, aunque tengo que pensarlo. Verá, yo creo que todos somos iguales de cotillas, lo que ocurre es que los hombres desprecian esas cosas, que consideran menores, de la casa, pero les gusta hablar de los otros, como a cualquiera. Si lo piensa, las grandes novelas son puro cotilleo. Todos cotillean: Proust, el mejor, o Henry James, magnífico, o Virginia Woolf. Lluvia fina es puro cotilleo femenino. 

–¿Esas maldades aparentemente inocuas son muy femeninas?

–Sí, pero no porque sean mujeres. Es condición humana, lo que ocurre es que ellas juegan en su terreno, que es el de la familia. Ninguna palabra es inocente y aquí entramos en las versiones que cada cual tiene de sí mismo, con la fabulación. Cada uno de nosotros elabora el pasado a su medida. La memoria, sin que nos demos cuenta, es muy manipuladora. 

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–Las pequeñas venganzas pueden ser muy  trágicas.

–Casi siempre empieza todo con pequeñas vilezas. Recuerde el crimen de Puerto Hurraco: fue la lluvia fina acumulada de tres generaciones. El drama siempre viene de atrás, de rencores que se heredan de una generación a otra. (Baja la voz y emula un susurro) “Tu abuelo hizo, la abuela dijo, tu padre…”. Romeo y Julieta no es una historia de amor​, sino de odios familiares que guardan venganzas enquistadas.  

–Según su novela es casi imposible creer una versión de la vida que no sea la propia. 

–Nos construimos con nuestras creencias, no con evidencias. Ahí está el germen de nuestra dificultad de convivir y la causa de algo peor, el fanatismo, esa incapacidad de ver más allá de una especie de fe ciega. Para muchos su memoria sirve para justificar la frustración, la necesidad de buscar un culpable de la infelicidad. Cuando alguien decide ser víctima eso no hay quien lo desmonte. No solo las personas, ojo, las sociedades también mantienen a veces su identidad en ese papel victimista y, ya le digo, no hay dios que lo desmonte. Son cuestiones de honor, pero sobre todo es su razón de ser, en muchos casos. 

–En la familia parece innegable la abnegación de las madres. ¿Cuánto hay de impostura en eso?  

–Como el honor en el ejército, a ellas se les  supone. En la mayoría de los casos es muy cierto. Sobre todo en las familias humildes. La mayoría de las mujeres de este país han sido grandes abnegadas y han crecido orgullosas de su sacrificio. Habían venido al mundo a sufrir; cuanto más sufrientes, más buenas. Hemos crecido en un mundo de viudas que trabajaban tanto… Y luego, además de esa realidad, está el fatalismo católico, la vida como un valle de lágrimas y toda esa carga. Rafael Azcona contaba que en su casa, cuando lo estaban pasando bien en una comida o haciendo chistes, la madre advertía: “Ya lo pagaremos”. La alegría de los pobres  se paga como si no la merecieran. Recuerde el dicho: “¡Qué poco dura la alegría en casa del pobre!”. Según mi experiencia, esa idea la transmiten sobre todo las mujeres.

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–¿Esa gratitud, merecida, no es una manera de pedir sometimiento?

–Sin duda y ahí está el meollo. “He dado todo por ti y ahora qué das tú por mí”. Es un chantaje emocional clarísimo, que es el más peligroso. Y es femenino porque se produce en el mundo en el que se han movido ellas, el de la familia y los afectos. No generalizo ni digo que las cosas no hayan cambiado, pero esta es mi experiencia personal, es lo que yo he vivido.

–Su novela tiene que ver con la memoria familiar, pero hay una memoria colectiva. ¿Es de los que cree que la memoria histórica sirve para reabrir heridas de la Guerra Civil?

–No, claro que no, pero eso lo teníamos que haber resuelto hace mucho. El problema es que lo hemos dejado para tarde. Ahora hay que hacerlo, porque lo más importante son los derechos de las víctimas, pero se ha hecho muy tarde y mal. ¡España es un país muy puñetero, hacemos algunas cosas muy bien pero otras se nos enconan! Nunca se ha vivido como ahora, en España y en el mundo, quitando algunos países de África que parecen condenados. Hay quienes han vivido bien siempre, pero la mayoría nunca hemos estado mejor: llevamos sin guerra casi un siglo, nunca hemos tenido tanta prosperidad, educación, sanidad, hasta tenemos un clima favorable. Todo es mejorable, pero con tantas bazas a nuestro favor todavía tenemos cuentas pendientes, o nos las inventamos. Nos empeñamos en poner chinas en nuestros zapatos. 

–¿Por qué?

–Porque somos muy puñeteros. No digo que sea una cuestión de carácter, pero sí hay una cierta educación. Nos aburrimos con la normalidad de la democracia. No es un pecado nacional. Recuerde lo que dice Orson Welles en El Tercer Hombre: “Suiza es un país magnifico, serio, pacífico, pero sólo han inventado el reloj de cuco; los alemanes, sin embargo, lo han hecho todo: la música, la poesía, la filosofía y también su contrario, el horror, el exterminio”. La democracia es muy aburrida y parece que es propio de la condición humana complicarse la vida. Ya lo advierte Schopenhauer:  una vez solucionamos la lucha por la vida, por pura supervivencia, no hacemos más que intentar sobrevivir al tedio. El hombre es una máquina de desear y tiene que estar en tensión; si no, se aburre. 

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–Le he leído una reflexión similar sobre el tedio y la tensión en Cataluña

Tiene mucho que ver, pero permita en que insista: lo que nos ocurre es que nos espanta mirar cara a cara a nuestro destino, que es morirnos. Y, antes, envejecer, e incluso enfermar. Eso es terrible, un sinsentido, algo tremendo. Nuestro destino es muy trágico y para afrontarlo nos hacemos trampas. Buscamos ideales, deseos, sueños para justificar la existencia. A veces son ideales venenosos, perversos: ahí entran la religión, la demagogia, las pasiones que arrastran a la gente. Generalmente buscamos salvadores, aunque nos mientan. Entonces llega el desastre. Nos pasa porque no conseguimos gestionar nuestra miseria.

–¿Eso explica la crisis en Cataluña ¿Y en España? ¿Qué es España para usted?

–¿Por qué tenemos que preguntárnoslo? (Sonríe, parece estar encantado de responder) Joder. Mire, yo no digo patria porque es una palabra pervertida, manoseada, y prefiero no enredarme con ella. España es todo este personal que llevamos siglos conviviendo, sobreviviendo. Aquí estamos y, más o menos, nos va bien. De pronto aparece el procés con intereses que, al menos a mí, me suenan a espurios. Es una guerra de ricos, liderada por la burguesía, por la élite y para mí, que soy de izquierdas, resulta sospechoso. Soy de izquierdas porque vengo de una familia humilde, de emigrantes. Es una cuestión ideológica y también sentimental. Me siento cerca de los que sufren la historia más que de los que la construyen. Y ves lo de Cataluña y te das cuenta de que se trata de las cuitas de una burguesía rancia y reaccionaria, nada que ver con los problemas que debemos afrontar desde la izquierda.

–Desde cierta izquierda se apoya al independentismo.

–Es una realidad a la que hay que darle solución, nos guste o no. Cuando uno vive, se mancha. Si bajas al barro, te manchas de barro. No se puede mantener uno puro, la política es mancharse y convivir con los buenos y con los malos. No me fío de los puros. Para la especie humana, con convivir ya vamos sobrados… Pero no olvidemos que mientras andamos en eso el capitalismo es más voraz que nunca. Está destruyendo el mundo. Estamos jodidos, no tenemos alternativa a este capitalismo cruel que nos está precarizando y se está cargando el planeta. El sistema es perverso, aunque hemos vivido esa parte buena que trajo la prosperidad. Pero ahora estamos bien jodidos ¿Cuál es el papel de la izquierda para mí? Pues lo tengo claro: todo el que defienda y sostenga el Estado del Bienestar es la izquierda. Con esos, estoy.

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–En Lluvia fina se habla de las falsedades y las maledicencias, precisamente en un mundo entregado a las fake news. 

–El periodismo está corrompido. Y es fundamental para que una sociedad funcione. Se está mezclando la opinión y la información, que son cosas distintas. Nos hemos vacunado contra la mentira. Le hemos dado inmunidad. Ya no se pide ni siquiera perdón por mentir, hasta se ganan elecciones. Antes el periódico estaba fuera de toda duda, ahora nos hemos quedado sin referentes, cualquiera cuenta algo y a todo se le hace caso. Hemos llegado a un punto absoluto de falta de escrúpulos y de inmoralidad. Hemos hablado de patrias ¿no? Pues hoy la única patria cierta es el dinero y no nos queremos dar por enterados. 

–¿Sabe que no da usted el aspecto de pesimista a pesar de sus palabras? 

–Depende de dónde pongamos el foco. Soy pesimista respecto a la existencia humana,  cómo no voy  a serlo. La vida no tiene sentido, nacemos para morir y para ser olvidados. Pero, claro, mientras, pues hacemos cosas. Además, no se confunda, soy pesimista pero no conformista. Estudias la historia y todo parece un espanto, el sueño del tigre de Calvin y Hobbes (tira cómica de Bill Watterson), pero a la vez la vida tiene cosas estupendas.

–¿Qué le hace feliz?

–La amistad, el amor, la belleza. Incluso el sentido común, la buena voluntad, la curiosidad muy especialmente. Un escritor nunca deja morir su capacidad de asombro. Los humanos hemos hecho la Quinta Sinfonía de Beethoven y, a la vez, las mayores estupideces y barbaridades. Somos muy frágiles, pero es lo que somos. Es lo que tenemos.

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–Ha dicho: “Vivir para ser olvidados”. ¿Escribir es ganar la posteridad?

–Eso consuela: pensar que lo que escribo alguien lo leerá alguna vez, pero también pienso que no me voy a enterar (se encoge de hombros). Claro que, a lo mejor, me llevo la mayor de las sorpresas y al final me muero y me espera ese señor con barbas del que tanto se habla y me monta un cirio, cabreado conmigo por mi falta de fe (Ríe del todo).   

–Vuelvo a su novela: el hombre aparentemente ejemplar de la familia guarda un secreto. ¿Estamos abocados a no conocer al otro?

–Y menos mal, tú. Sería un horror. Lo de conocerse a uno mismo me parece una lata. ¡Pasarse toda la vida conociéndote a ti mismo con la de cosas interesantes que hay en el mundo! No respetar la trastienda del otro es una puñeta. Todos tenemos nuestras perversiones interiores, el pensamiento va por su cuenta. Lope de Vega tiene un cuentecillo muy divertido en el que confiesa que a todos, por la calle, nos dan ganas de darle una patada en el culo al alguien, sin motivo, por pura maldad, pero nos aguantamos. Tenemos derecho a imaginar lo peor y hacemos bien en controlarnos y tener cuidado con las palabras. Reconozco que soy muy exagerado con eso, pero procuro no herir jamás. Prefiero callarme. 

–¿Admiraría la obra de una mala persona?

–Yo sí lo hago, vaya. Admiro a Celine o a Sade, que eran personas despreciables. Ahora se ha sabido lo de Arreola y Poniatowska. Terrible. Pero tampoco vamos a tirar a la basura su obra. ¿Se imagina que ocurriera algo parecido con Rulfo? A mí me arruinaría parte de la literatura que más amo.

Luis Landero / @JMSANCHEZPHOTO

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–Luego conociendo a la obra no se conoce al autor.

–Jamás. El tiempo deja a la obra aunque sepamos poco de sus autores. Salvo alguna excepción, como Cortázar o Camus, sabemos poco de aquellos cuyas obras nos marcan tanto. De Tolstói, de Dickens. Ellos no importan, sus vidas ya no nos marcan, pero sí sus obras.

¿Usted se relee?

–¡Nunca! Bueno, tal vez relea alguna vez Juegos de edad tardía y alguna otra obra, pero en general no. Supongo que es miedo a no quedarse del todo satisfecho, porque cuando el escritor escribe va siempre de farol, tira la casa por la ventana, al menos yo. Al cabo de los años releo mis libros y soy un crítico feroz. Prefiero no descubrir que no me gusto o no me gusta aquel que fui. Paso página. Me habla de Lluvia fina y estoy encantado con lo bien acogida que está siendo, sobre todo entre lectores recientes, personas que no estaban habituadas a leer y con las que estoy teniendo encuentros inolvidables que me emocionan mucho. Mujeres mayores, algunas analfabetas hasta antes de ayer, como quien dice, y es increíble lo bien que la han leído, cómo la han entendido. ¡Es una maravilla! Pero en el fondo para mí esta novela ya ha pasado. Ahora estoy con esa otra historia que dejé aparcada. Me lo estoy pasando muy bien. Sólo puedo decirle que es una mezcla rara de ensayo, biografía y ficción. Un capricho. Y que me estoy divirtiendo muchísimo.