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Dos o tres veces Misia

La autobiografía de la aristócrata rusa con notas al pie de Francisco Sert producen un malicioso doble retrato de esta mujer

Misia pintada por Renoir
Misia pintada por Renoir

El último día alcancé a visitar la exposición de José María Sert (1876-1945) en la sede de la fundación March en Madrid, aunque este pintor muralista nunca me gustó, de niño incluso me abrumaba su ampulosidad monumental de pintor manierista que en su época fue un artista internacional cotizadísimo.

La exposición en la March mostraba unos paneles para residencias aristocráticas que parece ser que no se habían visto antes nunca en público, y la hábil instalación en las salas, recreando los salones, realzaba la naturaleza teatral e impresionante de esas pinturas que ya no tienen el poder de abrumarme, pero siguen entristeciéndome y hasta causándome cierto movimiento de retracción automática, como ciertas pinturas de Dalí.

Desde luego, quien tenía de José María Sert una opinión mucho más positiva fue Misia Godebska (1880-1950), en el mundo simplemente Misia, que contrajo con él su tercer matrimonio y que le quería y admiraba tanto que concluye su autobiografía dando noticia del fallecimiento de Sert en 1945 con esta declaración lapidaria y melancólica y final: “Con él desaparecía para mí toda razón de vivir”. Misia le sobrevivió cinco años, “cinco años viviendo –dice en sus notas a la autobiografía Francisco de Sert, que supongo que es el conde de Sert, culto personaje muy conocido en Barcelona— en un infierno de decadencia y soledad, cinco años muriendo en el paraíso entre la droga y los recuerdos, cinco años de agonía”.

Triste final para una mujer que paseaba por los bosques con Mallarmé, a la que inspiraba poemas que él mismo escribía en sus abanicos; que perfeccionó su forma de tocar el piano con Fauré; que se reunía en la trastienda de un bistró con Verlaine, al que consolaba cuando este se ponía a llorar sobre su copa; y a quien Toulouse-Lautrec, que la retrató reiteradamente, le cosquilleaba con uno de sus pinceles en la planta de los pies “durante horas”.

La autobiografía Misia, que publicó Tusquets en 1983, he vuelto a comprarla ahora por 3 euros en una librería de segunda mano e, igual que entonces, me ha entretenido y deslumbrado.

Es deslumbrante como testimonio de una época por una persona magníficamente situada para vivirla y evocarla. Y por la fastuosidad y la peripecia singular de la autora, una bellísima aristócrata rusa, pianista virtuosa que empezó a aprender a tocar el instrumento de niña, sentada en las rodillas de Liszt; aventurera de inclinaciones sensuales y libertad moderna, vivió en el París del novecientos, dilapidó un par de fortunas, se entregó y casó con el malvado Alfred Edwards, tras un romance escabroso, para salvar, de forma folletinesca, a su anterior marido y a sí misma de la miseria; fue pintada por Renoir y Bonnard, fue mecenas de Diaghilev, amiga de Picasso, de Paul Morand, de Debussy, y acabó morfinómana y pensando que la vida no valía la pena.

Pero lo que quizá da un sabor aún más especial a estas memorias son las notas al texto, obra del mencionado Francisco Sert, que restaura la verdad sobre ciertos hechos cuando la autora ha querido embellecerlos o “elevarlos”.

Así, por ejemplo, cuando Misia, siendo todavía una adolescente, a consecuencia de una discusión con su madrastra abandona la mansión familiar en los alrededores de Bruselas para irse sola a Londres, donde pasa una larga temporada sin tener ni un mal encuentro a pesar de ser una chica bella, sola y desvalida, porque “su propia ingenuidad protege su inocencia”, lo cual nos parece asombroso y encantador, una nota de don Francisco matiza: “En la biografía de Misia de Gold y Fizdale aseguran estos que Misia, en este punto de sus memorias, omite seis años de su vida, y la ingenua adolescente que, por serlo, tiene el privilegio de salvaguardar su inocencia, es una atractiva mujer de 18 años quien, premeditadamente, se escapa con el viejo sátiro de Félicien Rops, pintor erótico belga, 40 años mayor que ella y amigo de sus padres, al que J. K. Huysmans describe como la esencia de la depravación.”

Correcciones como esta no son infrecuentes, y el lector experimenta así el placer doble y malicioso del doble retrato: primero la andanza de la autora según a ella le parece elegante contarla; a renglón seguido, la versión, más ajustada a la verdad, de los hechos tal como realmente sucedieron. Mito e historia.

Gold y Fizdale, los nombres que cita don Francisco Sert en la nota que acabo de transcribir, son autores de una biografía de Misia para la cual tuvieron acceso a los diarios de esta, a partir de los cuales ella redactó esta biografía, según parece muy intervenida, además, por sus herederos.

A veces, al leer Misia, y a pesar del interés que he señalado en los primeros párrafos, aflige al lector la levedad o el anecdotismo con que habla de los genios de la música, la literatura y la pintura que frecuentó en aquella época formidable para el arte, de explosión de las vanguardias.

Entre ellos, Marcel Proust, que forjó el papel de la salonnière madame Verdurin a partir, entre otras siluetas de la época, de Misia, precisamente. Quizá por eso cuando él aparece en este libro lo hace solo como una sombra muy pálida, más pálida que en el retrato que le hizo Blanche.