Filosofía

El futuro en un ramillete de flores

28 marzo, 2020 00:00

Hace dos lunes, Mari, empleada del hogar, despertó con dolor de garganta y afonía. Fue a trabajar, pero sus jefes la enviaron de vuelta a casa por precaución. Al mediodía, la fiebre le había subido a 38,8 °C.  Desde entonces, no se ha movido de su piso, en Mataró. No sabe si ha tenido el coronavirus o una gripe normal, pero su médico de cabecera le ordenó por teléfono que se aislara en su casa y tomara paracetamol para bajar la fiebre. El médico ha ido llamándola regularmente para monitorear su evolución, que está siendo positiva. La fiebre le duró cuatro días y ahora solo tiene tos y la sensación de tener “fuego en el pecho”. Está más animada, aunque aburrida, y para matar el rato se entretiene mirando por la ventana. No hay mal que por bien no venga: gracias a su nueva afición, ha descubierto por qué no florecían las petunias que plantó hace días en su balcón: las palomas se comían las semillas. “Cinco días confinada en casa y haciendo de espía”, escribió Mari en su muro de Facebook junto a la foto de una paloma picoteando en la maceta de su balcón.  

A más de dos mil kilómetros de distancia, en Timisoara, Rumanía, otro amigo mío también subía esta semana fotos en Facebook de las plantas de su balcón: “cosas que hago cuando tengo tiempo libre (además de no afeitarme)”, escribió, junto a una foto en la que aparece abonando sus flores con el contenido de varias cápsulas de café usadas: “dicen que son un gran aporte de nitrógenos, calcio y magnesio para las plantas, y encima, ayudas a reducir la generación de residuos”.

Yo, igual que Mari y mi amigo de Timisoara, también mato las horas mirando el verde que me rodea. Tengo el privilegio de estar confinada en una casa con jardín y cada día procuro salir a dar una vuelta y observar cómo brotan las primeras flores, un goce que hasta ahora no había valorado suficientemente. El lunes pasado, después de la buena lluvia matutina, el jardín olía a lavanda y a romero, y las matas de retama humedecida salpicaban de amarillo los bordes del camino de entrada. También vi margaritas silvestres y algún “conillet” solitario, mi flor favorita, abriéndose paso entre los matorrales. Hice un pequeño ramillete y de vuelta en casa lo metí en un jarrón con agua para decorar la cocina. Llevarme un pedacito de jardín a casa me dio una extraña sensación de calma y tranquilidad.  

“El jardín nos permite imaginar un futuro diferente al que parecemos condenados: emergencias climáticas, desigualdades crecientes, la amenaza sobre el control de las nuevas tecnologías….”, dijo el filósofo Santiago Beruete el pasado enero en una conferencia celebrada en la Escola Europea d’ Humanitats de Barcelona y que estos días puede ser escuchada online.  Beruete, autor de libros como Jardinosofía y Verdolatría, defiende la idea de que el jardín nos permite “abordar el futuro de otra manera”, más allá de este futuro “oscuro y sombrío” al que parecemos abocados.

Para defender su tesis, Beruete destaca que un jardín no es solo una producción material, sino también intelectual, ya que “reverbera nuestros ideales políticos, culturales y sociales”, y “nuestra ambivalente relación con la naturaleza” a lo largo de la historia. Un jardín, sea el patio de una villa romana, el huerto de un monasterio de la Edad Media o un paisaje costumbrista inglés del Romanticismo, “refleja un deseo de escapar de la realidad y el deseo de un mundo mejor”. Nos conecta con la idea de un paraíso perdido, una “metáfora visual de la buena vida”, desde tiempos ancestrales, insiste el filósofo pamplonés.  

No todo el mundo puede tener un jardín, está claro. Pero la idea de ser “jardinero” también incluye el hecho de plantar plantas en nuestro balcón o decorar el interior de nuestro hogar con flores. La jardinería tiene algo de terapéutico: “los jardines, en la mente de las personas, están asociados a vivencias como el reposo, el silencio la serenidad... elementos inseparables del bienestar”, comenta Beruete.

Mi primera experiencia como “jardinera” fue hace unos ocho años, cuando tuve mi primero piso con balcón. Me hice con un par de macetas y planté lavanda y tomillo, porque me encanta su olor y porque en la tienda me dijeron que eran las plantas más resistentes que tenían. Enseguida le encontré la gracia a eso de tener que salir al balcón cada noche a regar las plantas y observar cómo iban creciendo (o muriendo), pero mi exceso de motivación conseguía que a veces salpicara el balcón del vecino de abajo.

El tipo, que debía tener unos treinta años, se irritaba profundamente cuando esto ocurría y me insultaba desde su balcón, como si lo hubiera rociado con gasolina. Yo decidí tomármelo como un reto: “¿se quejará hoy?”, pensaba, regadera en mano, sonrisa nerviosa en los labios. Una noche se enfadó de verdad y subió a aporrearme la puerta. Le abrí, en pijama, y me asusté. Tenía los ojos inyectados en sangre y la cara muy roja: “¿Pero tú, qué clase de estudios tienes?”, me espetó. Tuve que hacer esfuerzos para no soltarle Esade, porque me dio miedo de verdad. Después amenazó con lanzarme un cubo de agua por debajo de la puerta si volvía a ocurrir y se largó dando un portazo.

Unos días más tarde, al regresar de una fiesta en el chiringuito de mi pueblo, y algo envalentonada por el alcohol, decidí salir a regar mi querida lavanda, aunque fueran las tantas de la madrugada. Enseguida escuché que mi vecino abría la ventana, pero no dijo nada. A la mañana siguiente, me encontré el suelo de mi salón cubierto de agua. Mi vecino había cumplido con su amenaza. Llamé a la policía local y me informaron que la ley estaba conmigo. Tenía derecho a regar de noche. Entonces escribí una carta a mi vecino: le conté que había hablado con la poli y que, si quería, lo invitaba a una birra para olvidarnos del tema, pero que se lo pensara dos veces si volvía a tener otra idea tan ocurrente. No volvió a decirme nada nunca más.

En resumen, ¿qué aprendí siendo jardinera? Primero, a desconfiar de los vecinos. Y segundo, que es gratificante cuidar de una planta con cariño. Según Beruete, paciencia, humildad y cuidado son valores implícitos en la profesión del jardinero. “Valores que parecen ir en contra del frenesí en que vivimos. Las plantas nos exigen respetar las etapas de la naturaleza y el ritmo que imponen”, dice el filósofo. “A las plantas les encanta burlarse de nuestros planes:  ahí está ese rosal que no prospera en el lugar que le hemos asignado, sino que insiste en trepar por la pérgola”, añade. Y concluye: “plantar, en realidad, es plantarse frente al frenesí compulsivo del siempre más”.