Portada de 'Nowtopia', el ensayo de  Chris Carlsson, con el decrecimiento de fondo

Portada de 'Nowtopia', el ensayo de Chris Carlsson, con el decrecimiento de fondo

Filosofía

Crecer menos, ¿vivir mejor?

La filosofía anticapitalista del decrecimiento cuestiona la vinculación entre la acumulación material y el bienestar social en favor de una existencia moral y sostenible

28 noviembre, 2021 00:10

Hay dos versículos del Génesis que han inspirado el devenir de buena parte de la humanidad hasta hoy: el 1.28, en el que Yahvé, tras la creación del primer hombre y la primera mujer, les ordena: “Creced y multiplicaos”, y el 3.19, donde Adán y Eva son expulsados del Paraíso y condenados a trabajar, privados de los frutos que les ofrecían sin esfuerzo los árboles del edén. No hace falta tomarse los mitos al pie de la letra, pero algo hay en ellos que sirve para explicar el pasado. El mito de la expulsión narra el paso de la humanidad del nomadismo al sedentarismo. Los nómadas no son esclavos de los campos y las estaciones, cazan cuando tienen hambre, comen lo que encuentran aquí y allá sin necesidad de cultivar y descansan el resto del tiempo. El sedentario, en cambio, vive amarrado a la tierra, obligado a labrarla y sembrarla para poder recolectar, regándola a la vez con agua y con el sudor de su frente. 

Al perder el paraíso, el hombre descubre también el mal: la existencia de un mañana donde, quizás, carezca de los bienes necesarios para cubrir sus necesidades. Ese miedo es un descubrimiento terrible que le lleva a producir más de lo necesario y, en previsión, a acumular los excedentes primero, y a producir para acumular más tarde. La civilización occidental acepta el mandato genesiaco: trabaja, suda, acumula y, sobre todo, teme. El verdadero eje en torno al cual gira el sistema de producción e intercambio de bienes en el capitalismo es, precisamente, el miedo a la escasez, que estimula la acumulación hasta el paroxismo y la avaricia. Un sistema basado en el crecimiento y que hoy parece llegar al final de un periodo que algunos científicos llaman antropoceno, porque el principal agente del desastre es el hombre. Para evitar el colapso previsible ha emergido un amplio movimiento que propugna un cambio radical: el decrecimiento.

Decrecimiento

La industrialización tuvo como consecuencia el incremento de la necesidad de trabajar para sobrevivir y, supuestamente, alcanzar amplias cotas de bienestar. Pero el aumento de las horas trabajadas no ha comportado necesariamente una mayor felicidad, según argumentan los teóricos del decrecimiento, entre ellos, el francés Serge Latouche, el español Carlos Taibo o el estadounidense, nacido en Suazilandia, Jason Hickle. Los decrecentistas sostienen que el capitalismo se inspira en una trinidad ideológica: crecimiento, desarrollo y progreso, y en la falsa creencia de que hay una relación directa entre crecimiento y bienestar. En realidad, estos conceptos son, según Ivan Illich y Serge Latouche, “palabras tóxicas” que conviene cuestionar. El crecimiento, asegura Taibo, se acabó. La idea se halla también en Latouche: “El crecimiento sin límites es una fantasía, un absurdo” y en Nicolas Ridoux: “Quién cree que un crecimiento exponencial puede proseguir indefinidamente en un mundo finito es un loco, o bien un economista”.

La solución es el cambio, organizar las formas de vida con patrones diferentes. En el Occidente rico se necesitan políticas de decrecimiento; en los países que no han alcanzado ciertas cotas de desarrollo, se trata de no incurrir en los mismos errores y, por lo tanto, no asociar el bienestar sólo al aumento del PIB. Una expresión también a revisar. Un ejemplo señalado por Taibo: llevar un niño a la guardería se refleja en el PIB; cuidarlo en casa, no. ¿De verdad la primera opción es mejor?, se pregunta. Olvidado el PIB, conviene “reducir la producción y el consumo porque vivimos por encima de nuestras posibilidades, porque es urgente cortar emisiones que dañan peligrosamente el medio y porque empiezan a faltar materias primas vitales”.

Serge Latouche

Serge Latouche

Los decrecentistas sugieren tres medidas urgentes: primero, frenar la publicidad que promueve el deseo consumista y apostar por una producción que fomente los intercambios basados en la necesidad; segundo, cortar los créditos que incentivan el consumo, y finalmente poner coto a la fabricación de productos con obsolescencia programada. El gasto planetario en publicidad, explica Taibo, sólo es superado por el destinado a la defensa. Esto configura, según Sygmund Bauman, una economía del exceso basada en el engaño, que genera no pocos desechos, en la medida en que estimula “la irracionalidad de los consumidores y no sus decisiones bien informadas tomadas en frío”, lo que les lleva a “despertar la emoción consumista, y no a cultivar la razón”. El crecimiento, afirman, no es la solución sino una amenaza porque acelera el cambio climático, contribuye al agotamiento de las materias primas, genera la superpoblación y, contra lo que sostienen los defensores del crecimiento ilimitado (¿un oxímoron?) no sólo no produce empleo sino que dispara el desempleo. 

“Se habla de la Revolución Industrial como una experiencia maravillosa que hizo que conociéramos el confort, la felicidad y el crecimiento”, escribe Latouche, pero “el crecimiento es de los ricos y punto”. El desarrollo del capitalismo confirma la “paradoja de Lauderdale”. James Maitland, conde de Lauderdale, sostuvo en 1806 que hay una relación directa entre el aumento de la riqueza privada y la disminución de la riqueza pública. De ahí que los partidarios del decrecimiento defiendan invertir la situación. Entre quienes vaticinan el colapso del desarrollismo destaca Richard C. Duncan, autor de la “teoría de Olduvai”. Duncan, sobre la base del análisis de los consumos energéticos, defiende que la era industrial iniciará un periodo regresivo en torno a 2030, para retornar a niveles de vida del pasado, culminando dentro de un milenio en una civilización predominantemente cazadora. 

Zigmunt Bauman

Zigmunt Bauman

El movimiento decrecentista conecta, en general, con un anticapitalismo de raíz anarquista, aunque también haya marxistas partidarios de revisar el crecimiento. En España, por ejemplo, destaca el grupo de pensadores  formados en torno a Manuel Sacristán, como Paco Fernández-Buey o Joaquim Sempere, cuyo marxismo no les ha impedido la crítica al desarrollismo de los países del llamado socialismo real. Pero son más quienes, como Carlos Taibo, creen que el llamado socialismo irreal no fue sino otra cara del desarrollismo, y que participaba de la misma mística del capitalismo, lo que se refleja en las tendencias sindicalistas del presente: “Actualmente los defensores más ardientes del crecimiento y el desarrollo no son los capitalistas o los especuladores, son los sindicalistas y los obreros”

“Cuando ya las víctimas mismas son favorables a la teoría que permitió su propia opresión, quiere decir que se volvieron sus propios colonizadores, se volvieron tóxico-dependientes del sistema consumista”, sostiene Latouche, para quien, al final, lo que el capitalismo termina por ofrecer es un puro absurdo: “No hay nada peor que una sociedad basada en el empleo con millones de desempleados, es absolutamente traumático”. De ahí que una de las primeras medidas a tomar sea, además del control de la natalidad, la redistribución del trabajo, acortando las jornadas laborales.

El filósofo marxista Manuel Sacristán

El filósofo marxista Manuel Sacristán

Hicle propone lograr este objetivo “reduciendo la producción de residuos y el tamaño de los sectores de actividad económica que son destructivos en términos ecológicos y carentes de beneficios sociales”. Entre ellos incluye “el marketing, la producción de productos como los chalets adosados, los todoterreno, la carne de res, los plásticos de un solo uso, los combustibles fósiles, etc”. Paralelamente habría que recortar las semanas laborales, “recolocando la mano de obra excedente en sectores más limpios”. Si hubiera pérdidas de salario, se promovería una política salarial basada en la dignidad de la persona, en paralelo a “un plan de renta básica universal cuyo coste podría financiarse mediante impuestos sobre la emisión de dióxido de carbono, la riqueza, el valor del suelo, la extracción de recursos, o los beneficios de la gran empresa”.

La idea del decrecimiento es relanzada desde una perspectiva amplia a principios del siglo XXI, pero las primeras alertas sobre un colapso del modelo desarrollista aparecen en el informe elaborado por el Club de Roma en 1972, antes incluso de la primera crisis del petróleo. Recientemente han cobrado fuerza movimientos como Nowtopia, inspirados en el libro homónimo de Chris Carlsson (subtitulado Cómo programadores piratas, ciclistas ilegales y jardineros de terrenos baldíos están inventando el futuro hoy), transformado luego en un documental realizado por Tom Smith, centrado en movimientos comunitarios en la República Checa.

 

En paralelo aparecen tendencias neorruralistas, como el llamado anarcoprimitivismo, cuyo principal representante es el filósofo estadounidense John Zerzan. Sus propuestas parten de los trabajos de Theodor Adorno y defienden un modo de vida que supere la alienación y el consumismo capitalista. Carlos Taibo ha resumido las medidas a abordar de forma urgente: decrecer, desurbanizar, destecnologizar, despatriarcalizar, descomplejizar. El hombre nuevo deberá promover valores inspirados en la sencillez y la sobriedad, dejando de lado el trabajo forzado para potenciar el ocio creativo, asociado a formas de vida emparentadas con el ruralismo tradicional. Insistir en el camino marcado por el capitalismo desarrollista resulta, afirma, antieconómico, injusto e insostenible, al tiempo que afecta a la salud física y mental de los trabajadores y aumenta la contaminación, sin que suponga más felicidad.

Theodor. W. Adorno

Theodor. W. Adorno

El decrecimiento, insiste Taibo, no es crecimiento negativo. Supone un nuevo enfoque, basado en valores morales reñidos con la explotación y la alienación, reñidos, en suma, con la ideología del crecimiento, generada tras la pérdida del paraíso. Para vencer el miedo derivado de la maldición bíblica, hay que promover la cooperación, evitar la acumulación y fomentar el intercambio junto al trabajo conjunto en vez del asalariado. El propio Taibo se queja de que estos mensajes han sido equiparados a los de los socialistas utópicos para dirigirles las misma crítica que hicieron a éstos Marx y Engels: la convicción de la bondad de las propuestas lleva a pensar que la humanidad las abrazará con sólo oírlas. Esta fe hace que sean minimizadas las resistencias de quienes se benefician de la situación actual. Una clase dominante que aduce que los partidarios del decrecimiento son neomalthusianos equivocados. La solución, afirma, vendrá de la mano de los avances científicos que producirán más crecimiento, más desarrollo, más bienestar.