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La paradoja cruel de Shackleton

Hace doce años estuve un poco involucrado en la estupenda exposición Atrapados entre los hielos (como traductor de algunos textos del American Museum of Natural History de Nueva York), que se pudo ver en Valencia, en el museo Marítimo de Barcelona y creo que también en Madrid. Por eso la localización, en el fondo marino de la Antártida, del pecio del barco Endurance (Resistencia), perfectamente conservado a tres mil metros de profundidad, de la que ha dado noticia la prensa internacional, me ha interpelado como a cualquiera o más, aunque sea yo poco sensible a la sugestión de las ruinas de la antigüedad y de los vestigios del ayer glorioso. Teniendo en la memoria la exposición, el precioso catálogo azul y la idea general de lo que le pasó a aquellos valientes exploradores, no necesito más reliquias, ni veo qué interés hay en el pecio dormido en el fondo del mar.

Comúnmente se considera el periplo de Ernest Shackleton como una admirable historia de entereza, sufrimiento y victoria frente a la adversidad. Y desde luego es un relato de admirable resistencia y de formidable triunfo, pero a diferencia de todos los especialistas y aficionados, a mí me parece una historia trágica en otro sentido que explicaré, una tragedia existencialista. Recapitulemos.

Todo comenzó con un anuncio en los periódicos que rezaba lo siguiente: “Se buscan hombres para viaje peligroso. Sueldo bajo. Frío extremo. Largos meses de completa oscuridad. Peligro constante. No se asegura retorno con vida. Honor y reconocimiento en caso de éxito".

Corría el año 1914. Entre los miles de personas que respondieron a tan seductor anuncio, Shackleton, un explorador que había participado en la primera expedición de Scott al Polo Sur (pero no en la segunda y fatal), eligió a 26 hombres física y psicológicamente fuertes para tripular el barco con el que proyectaba realizar la primera travesía del polo sur. El Endurance que acaba de ser localizado en el fondo marino.

Zarparon de Inglaterra pocos días antes de que estallase la Primera Guerra Mundial. Unos meses más tarde, el barco se encontraba bloqueado en el hielo de la Antártida, que en pocas semanas lo trituró y hundió. Con los enseres, herramientas y las dos canoas que se pudieron rescatar de la catástrofe, los exploradores sobrevivieron sobre el hielo, en las más adversas condiciones, alimentándose básicamente de carne de pingüino, durante cerca de dos años.

Buena parte del mérito de aquella supervivencia casi inimaginable hay que atribuírselo al mismo Shackleton, que era un jefe sensacional, muy observador, buen psicólogo. Uno de sus lemas decía: “El pesimismo es el primer paso de la cobardía”. Entendía que era fundamental mantener como fuese el espíritu de equipo, la unidad. Inventaba cada día tareas para mantener a sus hombres ocupados.

A menudo se levantaba antes que ellos para preparar el té y llevárselo a las tiendas. Para compartir la suya, en vez de elegir a los compañeros que le resultaban más afines y simpáticos, seleccionó a los más conflictivos y pesimistas. Así los tenía controlados. En fin, un maestro.

Cuando fue evidente que la situación no tenía salida, todavía tuvo los arrestos de embarcarse con tres o cuatro compañeros en una de las chalupas --un facsímil se exponía en el museo Marítimo: era una embarcación ridículamente pequeña, un poco más grande que un llaut mallorquín--, y navegar mil kilómetros por un mar endiablado hasta llegar a una isla desconocida y caminar por ella a marchas forzadas hasta encontrar una base de balleneros; a partir de allí llegó a Chile, habló con las autoridades, consiguió otro barco, volvió a la Antártida a por sus compañeros, los rescató. Todos volvieron vivos a Inglaterra.

En la última etapa de su viaje en busca de socorro, durante la travesía a pie y en solitario por la isla desconocida, Shackleton tuvo permanentemente la sensación de que un hombre desconocido caminaba a su lado.

¿Sería Dios ese hombre desconocido y fantasmal que le acompañó en aquel periplo angustioso, ayudándole a realizar el último esfuerzo sobrehumano?

Cuando Shackleton y los suyos regresaron a Europa nadie celebró su gesta de supervivencia, hoy tan admirada y estudiada; nadie les prestó mucha atención, ya que el país estaba en guerra. Peor aún, casi todos fueron enviados a luchar en el Continente y murieron en la “guerra de materiales” de Verdún, envueltos en el barro de las trincheras y despedazados por los obuses alemanes...

Hay una indiferencia cósmica, hay un anticlímax narrativo crudelísimo en el hecho de que unos héroes del hielo y la soledad lograsen el prodigio de mantenerse vivos durante dos años en la Antártida, sólo para ser triturados al día siguiente como carne de cañón.

Pero en fin, como solían decir en el Ejército, “las quejas, al maestro armero”; y, como dicen en el casino, “la banca se lo lleva todo”.