Militares españoles en África

Militares españoles en África

Democracias

El Annual de Jorge M. Reverte

'Letra Global' publica dos capítulos de 'El vuelo de los buitres', el ensayo póstumo de Jorge M. Reverte donde se narra la batalla de Annual y la historia del Rif

21 mayo, 2021 00:00

Jorge Martínez Reverte (1948-2021) estudió Física y Periodismo, dedicándose a este último oficio y a la escritura. Publicó novelas –entre ellas las que forman la serie dedicada a Julio Gálvez, un periodista de ficción– y un libro de relatos, El último café (1989). Como escritor destaca por sus libros sobre la historia reciente de España, entre cuyos títulos están Hijos de la guerra (2001), Soldado de poca fortuna (2001), La batalla del Ebro (Crítica, 2003) y La batalla de Madrid (Crítica, 2004). Como periodista trabajó en la agencia de notocias Pyresa, en las revistas Cambio 16PosibleCiudadanoLa CalleZona Abierta y Mayo, que dirigióColaboró con RNEOnda Cero, Onda Madrid, Canal Sur y los diarios El PaísEl Sol y El Periódico de Cataluña. Premio Ortega y Gasset de Periodismo por el reportaje Una muerte digna, donde contaba la muerte de su madre.

Su último libro, publicado apenas dos meses después de la suya, en el mes de marzo de este año, es El vuelo de los buitres. El desatre del Annual y la guerra del Rif (Galaxia Gutenberg). Una crónica de largo aliento donde relata la batalla de Annual que en 1921 enfrentó a los rifeños encabezados por Abd el-Krim con el Ejército español en Marruecos. Este libro, póstumo, es un ejemplo de cómo narra la historia un excelente periodista con acceso a documentación de primera mano y testimonios inéditos, mezclando escenarios –el campo de batalla, la retaguardia, los cuarteles de Melilla, el Rif y Madrid– y estableciendo la verdad histórica de una batalla que levantó en armas a todo un pueblo, abrió las puertas a la proclamación de la efímera República del Rif, causó la muerte de 12.000 hombres e impactó en la opinión pública hasta hacer tambalearse al gobierno y a la monarquía. Letra Global publica, a modo de novedad editorial, dos capítulos del libro.

El periodista Jorge Martínez Reverte / YOLANDA CARDO

El periodista Jorge Martínez Reverte en su casa de Madrid / YOLANDA CARDO

23 DE JULIO DE 1921

El sábado amanece en Madrid y Melilla con el mismo calor y parecida expectación. A las diez menos diez de la mañana, el Gobierno en pleno y las autoridades civiles y militares de la capital reciben en la estación del Príncipe Pío a Alfonso XIII, que seguramente ha pasado muy mala noche. Después de los consabidos saludos, el Rey parte, acompañado del ministro de la Guerra, en el automóvil de éste, en dirección a Palacio para celebrar el Consejo. Allí les espera una avalancha de periodistas, pero nadie contesta a sus preguntas. A las doce del mediodía acaban la reunión y algunas de las más destacadas personalidades del Gobierno no tienen más remedio que atender a la prensa. Por ejemplo, el vizconde de Eza, que responde con evasivas, sin afirmar ni desmentir la muerte del general Silvestre. Emplaza a los periodistas a las tres de la tarde, en su despacho. Pero los gestos y las caras de muchos ministros no dejan lugar a dudas: por desgracia, los rumores se confirman. Manuel Allendesalazar, descompuesto, dice, quizás con el fin de tranquilizar al público: «esto es muy lamentable, pero ya verán ustedes cómo se arregla rápidamente». 

Unas horas después, por fin, el vizconde transmite a la prensa lo ocurrido en Igueriben y Annual: no hay duda, se ha producido una tragedia. Los rotativos nacionales trabajan con ahínco para hacer pública, al día siguiente, la noticia. «Muerte del general Fernández Silvestre», dirá el titular de El Sol; ABC publicará en portada un retrato del infortunado comandante general de Melilla con esta frase a pie de página: «El general Manuel Fernández Silvestre, muerto gloriosamente frente al enemigo en el sangriento combate de Annual». Lo de gloriosamente se debe a la imaginación del redactor, que a buen seguro no concibe otra manera de morir para un general.

En Melilla la situación es otra. El Telegrama del Rif se resiste a dar la noticia, pese a que, a estas alturas, ninguno de los habitantes de la ciudad tiene dudas sobre el desastre que se ha producido. Habrá que esperar dos días más hasta que el único periódico de la ciudad, y, por tanto, el de referencia, confirme la muerte del general Silvestre y la pérdida de las posiciones de Igueriben, Annual y muchas más.

El ambiente es muy distinto en los zocos distribuidos por todo el Rif, es decir, por una gran parte del territorio que ocupa el Protectorado español de Marruecos. La gente se reúne en Axdir para congratularse con la noticia de una victoria, no la de un desastre: los guerreros del Rif, ahora soldados de Abd el-Krim, han derrotado al Ejército de los cristianos y han matado a su jefe, el que había amenazado a todos los varones de la zona con cortarles sus atributos viriles y a las mujeres con hacerlas madres incluso contra su voluntad.

Casi no se ven hombres en los corrillos. Si acaso, ancianos o los muchos tullidos que hay siempre en cualquier país menesteroso, también en España. La mayor parte de los que celebran esa victoria son mujeres y niños. Los hombres están recogiendo el botín de la victoria o persiguiendo al enemigo que huye. Algunos estarán heridos y otros, quizás, muertos. Todas las mujeres aparentan estar felices, pero temen por sus maridos o sus hermanos. Parece ser que en Annual se ha producido una gran victoria. Eso significa que hay muertos.

En Melilla, la expectación está centrada en otro acontecimiento: la llegada del alto comisario general en Marruecos, el general Dámaso Berenguer. «Ha llegado el general Berenguer, con un entusiasta recibimiento», dirá el titular de El Telegrama del Rif al día siguiente.

Berenguer ha salido hoy por la mañana de Tetuán, donde tiene su residencia, ha ido a Ceuta para subir a bordo del cañonero Bonifaz y se le espera al anochecer en Melilla. Muchos habitantes de la ciudad se han concentrado en los muelles antes de la hora señalada para recibirle:

Ni en los muelles de ribera ni en el dique de Villanueva se podía dar un paso cuando el cañonero doblaba el morro. Podía advertirse en la muchedumbre un estado de verdadera serenidad de espíritu y el sentimiento de la esperanza se leía en todos los ojos. Cuando el ilustre general ponía el pie en tierra, estallaron salvas de aplausos y cálidos vítores, que eran la exteriorización del común sentir.

La realidad es muy distinta, como pasa muchas veces, porque no hay serenidad en los muelles. Silvestre, con conocimiento de su superior, encabezaba hace unos días un orgulloso Ejército que iba a hacer una heroica, pero hasta cierto punto fácil, conquista de territorio del Protectorado. Ahora, está desaparecido y seguramente ha muerto. No hay confianza entre la población, que teme un ataque inminente de los rebeldes a Melilla. Toda la esperanza está puesta en Berenguer, la gente le pide lo más necesario, o sea, seguridad. Pero cuando se comprueba que el Bonifaz llega solo, se desata la indignación porque se esperaba que viniera con tropas, refuerzos, un Ejército que salvara la ciudad. Mientras Berenguer desembarca, muchos melillenses intentan saltar a bordo de cualquier embarcación amarrada en el puerto para poder huir. Los marineros y soldados se afanan en poner orden, pero hay insultos y blasfemias, se producen forcejeos y empujones entre unos y otros. Incluso un oficial resulta herido de una puñalada al intentar contener a esa masa humana. 

Berenguer asiste, conmovido y desalentado, al triste espectáculo: «emocionantes horas, de abrumadora responsabilidad, en que pude darme cuenta de lo que pesa un pueblo que espera su salvación de un gobernante…». Por fin la gente se dispersa y sobreviene una calma angustiada. «Sensación dolorosa la de contemplar el triste desfile de aquella congregación, dispersándose silenciosa, lúgubre, camino de sus hogares, con la esperanza inconcreta…», dirá Berenguer en la misma anotación.

Al comandante general le aguardan algunos jefes rifeños, que han acudido a rendir de nuevo las zalemas de sumisión que sean necesarias. También ellos están decepcionados, porque esperaban ver una muestra palpable de fuerza en el Ejército español. Además, todos esos notables, pensionados por el Gobierno de España, o sea, corrompidos por la administración colonial, ya no representan a nadie. Y saben algo de la victoria de Annual. Aunque aún manifiestan lealtad a España, pronto se rebelarán, o al menos lo harán las tribus cuya representación todavía ostentan, aunque sólo sea en teoría.

En el cuartel del hipódromo el ambiente es de inquietud y preocupación. Pese a que los militares que han quedado en Melilla sufren del aburrimiento que produce la inacción, el temor a lo que parece que se viene encima va haciendo mella también en ellos. Aun así matan el tiempo como pueden. En las guardias, los centinelas se aburren recostados en los quicios, pero algo les reconcome. Y en los barracones de madera que alojan a las tropas, los soldados juegan las perseguidas partidas de cartas, pero no pueden evitar que el pensamiento se les vaya a otro lado.

Cuando están de permiso, oficiales y soldados acuden a las tabernas y a los cafés, como el famoso La Peña, lugar muy concurrido por toda la guarnición. También, cómo no, frecuentan los muchos prostíbulos que siempre adornan las plazas militares españolas. La gente hace lo que puede para distraerse, aunque ahora la zozobra y la inquietud sacuden a todos. Los prostíbulos y los cafés se vacían poco a poco.

El cine Alfonso XII y el teatro Reina Victoria siguen muy concurridos. Esta noche también tendrá lugar la inauguración del Parque de Caridad, instalado en el antiguo de Espectáculos. Se espera que sea todo un éxito, según opina El Telegrama del Rif. Los que no pueden permitirse ir al cine, al teatro o a los burdeles se acercan a pasear al Parque Hernández, a la verbena. Allí se distraen todos, civiles y militares. Aunque lo cierto es que ahora nadie va a esos sitios a distraerse, sino a saber «algo más» sobre la situación que están viviendo los que combaten.

En la ciudad modernista de Melilla, donde los edificios compiten unos con otros por tener una mayor presencia del art nouveau que arrasa en Europa y muchos de los nuevos están diseñados por un militar del Regimiento de Ingenieros en activo, el pamplonés Emilio Alzugaray, la gente tiene miedo: de los moros, que cercan la ciudad. Y ese miedo tiene un nombre: Abd el-Krim.

 
Soldados regulares de Ceuta con una ametralladora

Soldados regulares de Ceuta con una ametralladora

EL HIMNO DEL DESQUITE Y LA CAPITULACIÓN

La duquesa de la Victoria, que es quien comanda el eficiente sistema sanitario de la Cruz Roja que está sustituyendo al miserable dispositivo sanitario militar existente en Melilla, no ha perdido el tiempo. Los días 30 y 31 de julio, Lola Montes va a cantar en el teatro Reina Victoria de Melilla su cuplé El novio de la muerte. Al estreno del cuplé, que ya se ha hecho famoso casi antes de que nadie se sepa la letra, asistirá el teniente coronel José Millán Astray, el jefe de la recién creada Legión, que lleva tan sólo una semana en la plaza, pero ya tiene fama de dirigir una unidad militar prodigiosa.

Millán Astray, que es, sobre todo, un estupendo relaciones públicas, adapta con enorme rapidez la letra de la canción a una historia real: según el relato del teniente coronel, la letra está basada en la muerte del primer legionario en caer, en enero de ese año, el cabo de la 6.ª Compañía de Ametralladoras de la Segunda Bandera del Tercio, Baltasar Queija de la Vega. Siguiendo con su versión, quienes recogieron su cuerpo encontraron en su poder una carta en la que le anunciaban la muerte de su novia. Millán no lo duda y encarga que se adapten tanto la música como la letra al ritmo de una marcha militar.

El desquite ya tiene su himno, que es el de la unidad que lo va a protagonizar. Navarro no lo sabe.

En el extranjero, la guerra del Rif también conmociona. A finales de julio, Francia, en solidaridad con España, y por su propio interés, cierra su frontera con el Rif para impedir el tránsito de los rifeños y evitar así la formación de nuevas harkas. Muy pronto, además, llegarán a Melilla voluntarios de otros países, Portugal y Argentina.

Ante la imposibilidad de utilizar los aeródromos de Nador y Zeluán, desde la Comandancia se ha decidido con acierto construir uno provisional en los terrenos de la Hípica. A principios de agosto, llegan refuerzos. Son las escuadrillas de Tetuán y Larache, que aterrizan en el nuevo aeródromo. Todos los aparatos son De Havilland. Cuando las condiciones atmosféricas lo permiten, los aeroplanos sobrevuelan los únicos tres poblados que resisten para abastecerlos de víveres y municiones. Esto anima tanto a los sitiados que incluso algunos hombres salen, sin permiso, a recoger paquetes. Julián Pavón Porras, llamado Pavisita, será uno de ellos. Caerá acribillado a balazos, a pocos pasos del aeródromo de
Zeluán. 

Desde la Alcazaba, el capitán Carrasco informa diariamente al general Berenguer de la situación. Desde el 24 de julio se han quedado sin agua y apenas disponen de municiones. Pide refuerzos, que nunca vendrán. A su vez, Berenguer, desde Melilla, le anima para que resistan. El 1 de agosto le comunica a Carrasco que dentro de pocos días la Alcazaba deberá servir de escalón de repliegue para la columna de Navarro, que está ahora en Monte Arruit. ¿Es una broma o es que no sabe que ningún hombre en el frente está en condiciones de hacer nada a favor de los intereses españoles? 

El teniente coronel Pardo recibe las mismas llamadas a la resistencia en Nador. Berenguer insiste en que aguanten otros seis o siete días. Sabe también que no enviará refuerzos, al menos hasta dentro de bastantes días, porque su prioridad es defender Melilla. Por supuesto, eso no se lo transmite a ninguno de los jefes que combaten en el frente.

En Zelúan y en Nador llevan diez días resistiendo, pero ya no van a poder seguir haciéndolo. Ahora sólo se piensa en la rendición. 

En Nador, desde prácticamente el inicio del asedio, los refugiados en la fábrica de harinas reciben proposiciones de capitulación por parte de su enemigo. Al principio, las desoyen, pero poco a poco el teniente coronel Pardo irá tomándolas en consideración. El ofrecimiento será siempre el mismo: la entrega de armas a cambio de salvar la vida. A finales de julio ya han gastado casi todas las municiones y sobreviven a base de harina de trigo y agua salada. Entre heridos y enfermos, las bajas sufridas desde el inicio del asedio ascienden ya a 45. 

El 31 de julio los sitiados ven llegar nuevas partidas de jinetes que se concentran en los alrededores. Los informes de los confidentes hablan de un contingente de 1.500 hombres, aunque pronto se sumarán los desertores de la Policía y de los Regulares: 800 jinetes y 4.000 hombres de a pie dirigidos principalmente por la familia Mizian, originaria de un aduar de Nador.

Los rifeños establecen su cuartel general, llamado Dar el Majzén, en la iglesia del poblado. Entre seiscientos y ochocientos hombres comandados por el caíd Bulahia, de la cabila de Beni Tuzin, llegan a Nador. Bulahia, antiguo rival de Abd el-Krim y famoso por sus hazañas en Abarrán, viene ahora como máximo representante del líder para poner orden entre los cabileños que forman la harka. Porque, ante la súbita caída de la Comandancia General, el caos se ha apoderado de todas las instancias, incluso de las organizaciones rebeldes. 

Algunos notables andan ya negociando a espaldas de Abd el-Krim, y el líder rifeño pretende erigirse en el único interlocutor de los españoles. Quiere evitar el avance hacia Melilla de los harkeños más díscolos y descontrolados; recuperar todo el botín, el armamento y material de guerra que sabe que algunos ocultan, y negociar la rendición de los españoles con el respeto y las normas humanitarias pertinentes.

Abd el-Krim sabe que no es tarea fácil porque Nador, Zeluán y Monte Arruit están en territorio de las cabilas orientales, es decir, las de Guelaia (Mazuza, Beni Bu Ifrur, Beni Sicar, Beni Sidel y Beni Bu Gafar), y en el de las cabilas de Quebdana, Ulad Setut y Beni Bu Yahi. Para los resistentes rifeños, estos cabileños no pertenecen al verdadero Rif, el central, ya que están situados al este del río Kert, a partir de Monte Mauro o de la cabila de Beni Said. Y no son gente de fiar, porque antes ya han claudicado ante los cristianos. 

Lo cierto es que ni siquiera dentro de estas cabilas hay una posición unánime ante la guerra que se libra. Porque en Marruecos hay una guerra contra los españoles, sí, pero que también divide a los rifeños en dos bandos: uno, el de los que están del lado de los ocupantes; otro, el de los que se unen a la resistencia rifeña.

Entre las fracciones de cabila, e incluso entre los poblados y las familias, los hay que se unen a la lucha de Abd el-Krim, temerosos de sus amenazas, y otros se mantienen fieles a los españoles, por conveniencia o también por miedo a las represalias. Por último, hay otros que se mantienen a la expectativa, haciendo malabarismos para evitar tomar otra opción hasta tener claro quién gana la partida. No obstante, temen que los acontecimientos se vuelvan en su contra, y a finales de julio piden a Abd el-Krim que les envíe una harka para reforzar la suya y defenderse de los españoles. Pero Abd el-Krim no se fía de algunos notables de las cabilas de Guelaia, porque llevan mucho tiempo acostumbrados a tratar y comerciar con los españoles, generándose fricciones y conflictos, y acumulándose rencores de un lado y de otro. Ser vecinos conlleva sus riesgos. Por eso Abd el-Krim les pondrá condiciones: que envíen a sus familias a la zona del Rif, es decir, quiere utilizarlos como rehenes. 

Mapa del Norte de África

Mapa del Norte de África

Los españoles no ignoran las desavenencias que se producen entre sus enemigos. Los confidentes hacen bien su trabajo e informan de que el 31 de julio los notables de las cabilas de Guelaia, Ulad Setut y Quebdana se han reunido y han acordado no unirse a los rebeldes de Abd el-Krim porque temen las represalias de los españoles. Berenguer sabe que esto les favorece y quizás confía en que el conflicto entre las cabilas llegue a más y se produzca el milagro de qué las harkas rebeldes se disuelvan. Al fin y al cabo, no es la primera vez que esta estrategia les funciona.

Las harkas que cercan Zelúan, Nador o Monte Arruit nada tienen que ver con la organizada y entrenada harka que dirige Abd el-Krim personalmente. Desde Nador hasta Segangan, los cabileños de Guelaia, a excepción de los de Beni Sicar, se dedican al saqueo sin miedo a las posibles represalias de Abd el-Krim. Los lugareños son quienes sostienen la mayor parte de la acción.

A las nueve de la mañana del 2 de agosto, los sitiados en la fábrica de harinas reciben a uno de los muchos emisarios rifeños que se han acercado los últimos días para negociar la capitulación. Esta vez viene con un ultimátum: tienen hasta la una de la tarde para abandonar la posición. Si entregan las armas, les promete escoltar a todos hasta el Atalayón, y alcanzar así Melilla. El teniente coronel Pardo reúne a sus jefes y oficiales de inmediato y todos están de acuerdo en aceptar la propuesta. No hay tiempo que perder. Después de depositar en el patio exterior del edificio los 150 fusiles y los 3.000 cartuchos que les quedan, salen todos de la fábrica y, escoltados por los jefes moros, emprenden la marcha hacia la segunda caseta. 

Llegan allí sobre las cinco y media de la tarde. Hay tres automóviles con enfermos y una caravana tristísima de soldados de diferentes regimientos, guardias civiles, oficiales y paisanos. Entre las fuerzas al mando del general Sanjurjo que les reciben, muchos están perplejos y extrañados. El general se muestra contrariado porque Nador se ha rendido y no se ha hecho nada por socorrerla, pese a que 17.000 hombres de refuerzo se encuentran ya en Melilla, a tan sólo quince kilómetros de la posición. Nadie lo entiende y menos los refugiados. Muchos de ellos se sienten humillados y rehúsan ser fotografiados o entrevistados. No hay alegría de ningún tipo, nadie quiere hablar. El famoso corresponsal de ABC, Gregorio Corrochano, observa la escena junto a su buen amigo el general Sanjurjo. Se irá con todos los de Nador a Melilla en el tren de la Compañía Española, al que llamará «el tren de duelo». 

A pesar de la sensación de derrota y los sufrimientos de la guerra, el balance de las bajas en Nador es menor que en el resto de las posiciones abandonadas: de las 55 bajas registradas, sólo diez corresponden a muertos: el comandante Sahún, de Infantería; el teniente Iglesias, de Intendencia; cinco de tropa y tres paisanos. En Nador, los rifeños han cumplido su palabra. ¿Será gracias a la presencia de Bulahia por lo que se ha conseguido evitar una masacre? Probablemente. 

En la Alcazaba de Zeluán nada saben de la rendición de Nador. Los cadáveres se acumulan, la enfermería está llena, el ganado ha muerto de sed, no quedan víveres y llevan dos días sin agua. La situación es dramática e insostenible. Por la mañana, el capitán Carrasco reúne a sus oficiales y decide pedir a Berenguer la autorización pertinente para la rendición, que éste le concede. 

A la caída de la tarde, Carrasco manda suspender el fuego. Acompañado del teniente Fernández, sale a parlamentar con los jefes moros y el caíd Ben Chel-lal, de la cabila de Beni Bu Ifrur. Acuerdan la salida de la guarnición para el día siguiente, sin armas, y la garantía de respetar las vidas de los asediados hasta alcanzar Melilla. Carrasco accede a que salgan unas cincuenta mujeres rifeñas con sus hijos, que eran sus rehenes y son familiares de los policías indígenas de la guarnición. 

En el aeródromo, el alférez Juan Maroto sigue la escena. Allí todos piensan también en que la única salida es la rendición. Por la tarde, un jefe de la harka se acerca con bandera blanca, seguido de un grupo, para parlamentar. El teniente Martínez Vivancos ordena cesar el fuego. Pero el grupo de rifeños aprovecha la tregua e irrumpe con violencia en el aeródromo. Todo sucede muy rápido, sin tiempo para reaccionar. Los rifeños entran en masa, saquean, disparan, y desarman a los españoles que son traslados al poblado de Zeluán. 

Juan Maroto, con la sangre muy fría y la cabeza en su sitio, aprovecha el tumulto para hacerse con unas cerillas y quemar los bidones de gasolina y los seis aviones que están en el hangar. Consigue salir de allí a duras penas, y en su huida hacia la Alcazaba es hecho prisionero. Aún pasarán dieciocho meses hasta que por fin pueda alcanzar Melilla. 

Los hombres del aeródromo pasan la noche en el poblado, desnudos y encerrados. Desde allí ven arder las instalaciones y, al día siguiente, presencian la rendición de la Alcazaba. El 3 de agosto, sobre las doce de la mañana, los rifeños les dejan marchar. O en un principio eso parece, porque minutos después los persiguen por el llano, los matan a tiros o los pasan por las gumías. Muy pocos lograrán escapar. 

Desde la Alcazaba, también ven arder el aeródromo, pero nada más y, aunque no se oyen tiros, muy pocos podrán dormir tranquilos. El mismo día 3, muy de mañana, tal y como se acordó ayer en la capitulación, los harkeños acuden a llevarse el armamento. Pero, al igual que en el aeródromo, apenas alcanzan la fortaleza, irrumpen con violencia en ella, dedicándose al saqueo. Incendian la enfermería y concentran a todos en el llamado patio de Moreno o de la Casa Ina, llamada así por el nombre de una conocida bebida jerezana. Los que huyen, despavoridos, son perseguidos y tiroteados sin piedad por grupos de jinetes.

José Aleajos Mateos, un hortelano de Ciudad Rodrigo, ahora soldado del Regimiento de Infantería África, es uno de los que sale corriendo en dirección a Nador. Pero a pocos metros de la Alcazaba un harkeño le hace prisionero y le obliga a regresar. Así es como presenciará la muerte del capitán Carrasco y del teniente Fernández, que, amarrados juntos a un poste, son quemados vivos después de ser torturados, insultados y acribillados. No hay piedad para ellos porque sus formas de proceder en los poblados y entre los policías indígenas tienen enfurecidos a los cabileños, que ansían vengarse de ellos. Pero no son los únicos que sufren una muerte espantosa. Tanto la tropa como los civiles, despojados de sus ropas, correajes y dinero, son disparados a quemarropa justo a la entrada de la Casa Ina. Los que estaban dentro morirán carbonizados después de que los sitiadores prendan fuego al caserón. Una matanza de la que muy pocos se librarán. 

El vuelo de los buitres

El 14 de octubre, cuando se recupere la posición, los españoles contabilizarán quinientos cadáveres putrefactos, y lo que es peor, mutilados o carbonizados. Las escenas de lo allí vivido circularán por toda España, conmocionando a todos. La prensa no escatimará detalles. El capitán Martínez de Campos, presente cuando las tropas entran en Zeluán, diría al acercarse a la Casa Ina: «Aquello más que casa parecía un matadero, pues en su recinto hallamos más de cien cadáveres, abiertos unos en canal, otros clavados en la pared, muchos con los atributos sexuales carbonizados, y todos con la mueca del dolor más agudo en la lividez de sus rostros». 

En Melilla, el 2 de agosto, nada se sabe de la rendición de Nador ni de Zeluán. «Nador, Zeluán y Monte Arruit continúan defendiéndose», dirá El Telegrama del Rif. Lo importante en Melilla es que el general Cavalcanti acaba de tomar posesión de su cargo al frente de la Comandancia General y que se ha recuperado sin incidentes el cadáver del coronel Morales. 

Abd el-Krim ha tenido un rasgo de generosidad al facilitar que el cuerpo del que en algún momento fue su amigo, el coronel Gabriel Morales, pueda ser enterrado por su familia. En cuanto ha sabido de la suerte de su antiguo amigo, el líder rifeño no lo ha dudado. El cuerpo de Morales lo entregan algunos combatientes de la confianza de Abd el-Krim en la playa de Sidi Dris y lo recoge una dotación del cañonero Laya. En el buque hay un ataúd de zinc, muy oportuno, porque el cadáver de Morales lleva pudriéndose desde el 22 de julio.

En Melilla, la familia recibe el cuerpo y su hermano, el capitán de navío Bartolomé Morales, exige reconocerle. Tras hacerlo, cierran el ataúd y lo envuelven con la bandera nacional. Desde el puerto, el cortejo fúnebre se dirige al cementerio, al Panteón de los Héroes, donde se procede al entierro rodeados de mucha gente.

Quizás no es el momento para que nadie lo recuerde, pero si se hubiera hecho caso de lo advertido por Morales es posible que Melilla no estuviera en una situación tan apurada. El responsable de su final también está muerto, aunque nadie dice saber dónde está
su cuerpo. El general Silvestre no puede rendirle honores ni pedirle disculpas.

Fuera de los muros de la ciudad, los guerreros rifeños en rebeldía campan a sus anchas.

Hasta el 7 de agosto El Telegrama del Rif no dará noticias sobre la caída de Zelúan ni sobre la de Nador en manos del Ejército rifeño, o más bien, de las cabilas sublevadas. Monte Arruit, con los restos de la columna de Navarro, es lo que acapara ahora toda la atención. En la península, gracias a las crónicas de algunos corresponsales, quizás más intrépidos o valientes o que no tienen miedo a la censura, los lectores están mejor informados. Es muy difícil que un Cándido Lobera administre lo que hay que contar y lo que no.

El enviado especial Gregorio Corrochano, de ABC, es un ejemplo de buen periodismo. Cuando en 1921 llega a Melilla a cubrir la guerra del Rif tiene 39 años. Lleva a sus espaldas una larga carrera como periodista, primero en el rotativo madrileño La Mañana, y luego en la revista Ecos, donde comienza escribiendo críticas teatrales y taurinas. Estas últimas serán las que más le darán a conocer, pero sus crónicas como corresponsal en la guerra del Rif le consagran definitivamente como uno de los periodistas más famosos y conocidos de la época. Corrochano ejercerá como corresponsal en Marruecos hasta 1927 y con ello quedará ligado especialmente a Melilla, ciudad a la que volverá reiteradamente. Junto a su amigo íntimo el general Sanjurjo, al que le une su gran afición taurina, impulsará en la ciudad la construcción de una plaza de toros que llevará el nombre de la Mezquita del toreo. También se embarcará en distintos proyectos culturales y editoriales en Marruecos. 

El 4 de agosto, desde ABC, tres días antes de que lo haga El Telegrama del Rif, Corrochano informa a sus lectores de que hay rumores más que preocupantes sobre la situación de Nador y de Zeluán. Los aviadores que han sobrevolado el frente confirman que la Alcazaba de Zeluán está en llamas y que en Nador también se ven arder algunos barracones. Al día siguiente, la portada de ABC no deja lugar a dudas, ya que aparece en ella una foto de los oficiales y soldados procedentes de Nador tomando el tren para trasladarse a Melilla desde la segunda caseta. Ahora sí, la evacuación de Nador y Zeluán quedan confirmadas, aunque habrá que esperar para saber exactamente lo que ha pasado en Zeluán. 

Pero los melillenses, pese al retraso informativo que sufren en su periódico de referencia, saben lo que está ocurriendo. Y lo saben porque están allí mismo, a pocos kilómetros de donde acontecen los hechos, y tienen muchos otros medios para enterarse de la dramática situación que se vive: entre otros, los heridos, los refugiados y los que han podido escapar del frente, que vuelven a Melilla. Durante los últimos días han llegado más de un millar de hombres desgarrados, atados a mulos o en el tren que fue minero. Algunos, muy pocos, en las ambulancias motorizadas. La lista no parará de crecer en los próximos meses. Entre agosto y finales de noviembre, los combatientes atendidos en Melilla superarán los cuatro mil. 

Los hospitales de Melilla no son suficientes. El Docker, el Alfonso XIII, el Gómez Jordana, la enfermería indígena, el Central, todos ellos están desbordados. Es preciso habilitar como hospital el Casino militar y el local de exposiciones del Centro Comercial Hispano-Marroquí y se añaden nuevos barracones a los existentes. También se convierte en hospital el cuartel de Santiago al completo, se rehabilita el cochambroso de la Alcazaba y se levanta un hospital para palúdicos junto al fuerte de Reina Cristina. Hay una auténtica fiebre por levantar hospitales en la ciudad. La situación lo exige.

El hospital Docker, el de referencia y más importante de la ciudad, destaca entre todos por su suciedad, su falta de higiene, su deterioro. Construido en 1910, tiene 750 camas distribuidas en los distintos barracones de madera, las más de las veces podrida, sin pintar, descuidados… En principio eran provisionales, se iban a cambiar por unos de mampostería, pero ahí siguen en pie, sin ningún tipo de reformas. No hay tampoco suficiente personal y, en medio de tanta suciedad y dejadez, los parásitos campan a sus anchas. Los barracones del Docker estaban considerados «más odiosos que las cárceles». Los combatientes no quieren ir allí. Piden que se les lleve al hospital de la Cruz Roja, que es la cara opuesta. 

Desde la península, conocido el desastre de Annual, las mujeres de la alta sociedad se han movilizado para echar una mano. María del Carmen Angoloti y Mesa, duquesa de la Victoria, viaja a Melilla como embajadora de la Cruz Roja. Horrorizada por la atención médica y las condiciones sanitarias de los hospitales, y viendo la incapacidad de la administración militar para gestionar todo aquello, consigue rehabilitar el edificio de las Escuelas Graduadas Mixtas de Melilla, que estaba en desuso, y convertirlo en un modélico hospital. Atendido por damas de la Cruz Roja y por las religiosas de San Vicente de Paúl, pronto destaca por su higiene, buena alimentación e inmejorable atención a los enfermos y heridos. Muy pronto es elogiado por todos y recibe numerosos donativos. Además, gracias a la buena gestión de la duquesa, su mantenimiento resultará más barato que el del resto de los hospitales militares, donde los trapicheos con medicinas, mercancías, víveres, etc., desvían de forma vergonzosa los fondos destinados a esos hospitales. 

En Melilla, el nuevo hospital de la Cruz Roja acapara la atención de todos. La duquesa de la Victoria, acompañada las más de las veces de señoras distinguidas, como las señoritas Merry del Val o las Benavente, no pasa desapercibida. Mientras todo se derrumba en el frente, las visitas de renombre al hospital de la Cruz Roja se suceden. El 4 de agosto, acudirá el infante don Alfonso; el día 6, el general Berenguer. 

Pero el problema de los heridos no acaba en Melilla. En el frente, la escasez de medios es notoria. La Jefatura de Sanidad Militar de Melilla cuenta con un total de 95 oficiales médicos, dos oficiales
de la escala de reserva de Sanidad Militar y 410 sanitarios para asistir a más de veinticuatro mil hombres. Los médicos destinados en el frente son tan sólo veintidós. Los hospitales de campaña, consultorios o enfermerías suelen estar instalados en precarias tiendas tortuga, fáciles de atacar desde todos los ángulos, claramente desprotegidos. El material de curación, como los botiquines, es escaso o directamente brilla por su ausencia. Tan sólo se cuenta con cuatro ambulancias y el número de camionetas Ford en el que se evacuará a los heridos es igualmente ridículo. Tras el 21 de julio, todo se derrumba, únicamente quedan los hospitales de Melilla para atender a los heridos. Y ni siquiera éstos serán suficientes, habrá que habilitar otros en la península.

En Madrid, el Gobierno de Allendesalazar vive sus últimos días. En el último Consejo de Ministros celebrado el 2 de agosto, antes de que se cierren las Cortes por el periodo estival, el principal tema a tratar es Marruecos. No hay noticias oficiales de la evacuación de Nador ni de la rendición de Zeluán, aunque muchos periodistas ya preguntan por ello. También se han aprobado créditos extraordinarios para hacer frente a los gastos militares necesarios para enderezar la situación. Nadie parece tener idea de cómo hacerlo, aunque saben que va a costar dinero, y mucho. Todos se preguntan sobre las causas de la hecatombe y se exige depurar responsabilidades por lo ocurrido. El 4 de agosto, el Gobierno de Allendesalazar encarga al general Picasso, miembro del Consejo Supremo de Guerra y Marina, que abra una investigación para conocer las responsabilidades militares, políticas e institucionales de la derrota. 

El 13 de agosto, Picasso viajará a Melilla para empezar su investigación. No regresará hasta el 23 de enero de 1922, después de interrogar a todo soldado que vuelve y recopilar toda la información posible. La gravedad de los acontecimientos impone un cambio político y hay rumores de que el vizconde de Eza ha presentado su dimisión. Aun así, Allendesalazar se resiste a hablar de crisis y declara que no debe haberla, equiparándola a una deserción. 

En la parte oriental del Rif, todas las cabilas, salvo Beni Sicar, se han sublevado. La guerra no pinta nada bien para los españoles. La rendición de Nador y, sobre todo, la de Zeluán tampoco auguran nada bueno para los que aún resisten en Monte Arruit. Perder estas posiciones supone no poder utilizarlas para un próximo avance de las tropas españolas y dificulta aún más ir a socorrer a los que se retiran mandados por el general Navarro. 

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[El vuelo de los buitres. El desatre del Annual y la guerra del Rif. Jorge Martínez Reverte. Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2021. 448 páginas. 21,90 euros].