Democracias

Ribó y la casta de los inmortales

11 octubre, 2021 00:20

“La conciencia de la particularidad de una colectividad, a través de los elementos diferenciales que la definen, solo cobra importancia política en el momento que a partir de esta conciencia y particularidad se reivindica la soberanía, se reivindica un poder político propio”. Aunque puede parecerlo, no es un acertijo al que se pueda responder con “la gallina”, por ejemplo. Se trata de una cita del eterno Sindic de Greuges catalán, Rafael Ribó, extraída de  su prólogo a la obra Stalin, el marxismo y la cuestión nacional (1977), un texto titulado Marxismo, catecismo y cuestión nacional que, visto con la perspectiva del tiempo resulta críptico y pretencioso.

Cristián Segura en “Gente de orden” define a los Ribó como paradigma de esa gente que retrata. Héroe del independentismo y antes líder de los herederos del PSUC, exponente de una burguesía de rancio abolengo, pijoprogre formado también en USA y alumno en Nueva York de Herbert Marcuse o Hannah Arendt, siempre fue un chico que apuntaba maneras desde el primer momento. Ya decía en aquel opúsculo que “la nación es una categoría histórica que se identifica con la burguesía tanto en su origen como en su final”. En definitiva, un “independentista” de primera hora según le definió Antonio Gutiérrez, el histórico dirigente del PSUC, cuando anunció su fichaje al Comité el Ejecutivo del partido.

Lo que con las cosas: venganza poética. Años después, el mismo Guti diría que “el Parlamento Europeo (donde estuvo de 1987 a 1999) fue la excusa para dar un cargo a alguien que no saben dónde colocar o para alejar a alguno que es incómodo”. Fue una forma de acallar una voz crítica y respetada, una decisión en la que fue decisivo el papel de Rafael Ribó, gran enterrador del PSUC, tras un giro más para aferrarse al “donde dije digo, digo Diego”, en 1994: después de haber apoyado la alternativa de Joaquim Sempere cuando se elaboraba la candidatura europea de lo que ya entonces era Iniciativa per Catalunya Verds.

Lo más recomendable parece ver con distancia y escepticismo cualquier inclinación hacia las verdades absolutas, sobre todo cuando se refieren a eternidades. Pero lo de Rafael Ribó, como la de tantos otros pelmas que parecen empeñados en acompañarnos de por vida, invita a creer en la casta de los inmortales. Tampoco se trata de redactar su biografía: ya encontrará algún hagiógrafo que se lo arregle cuando más le convenga. Pero basta con hacer memoria de tiempos recientes para recordar episodios a cada cual más llamativo. Incluido su rifirrafe con Santiago Carrillo a propósito la lengua a utilizar en una reunión PSUC-PCE en 1980. Años antes había elaborado precisamente un informe sobre el uso oficial del catalán. En el citado prólogo dejó dicho que “en el último estadio, cuando se consolide un sistema económico socialista mundial, el progresivo convencimiento, por parte de todas las naciones, de la superioridad de una lengua llevará a la unificación de los elementos diferenciales nacionales, sean lingüísticos, sean culturales”. Más gallinas.

Rafael Ribó llegó a Sindic de Greuges en 2004, sin solución de continuidad desde la presidencia de ICV, una organización fundada en 1986 como tedeum del PSUC, en tiempos del tripartito de Pasqual Maragall, y liquidada en concurso de acreedores en 2019. Es decir, lleva la friolera de diecisiete años en el cargo. Es complejo y hasta aburrido rastrear para ver si hay alguien que le supere. Solo en Cataluña hay una veintena de organismos públicos y más de un centenar de cargos caducados hace más o menos tiempos: Corporación Catalana de Medios Audiovisuales Sindicatura de Cuentas, Consejo de Garantías Estatutarias, Consejo del Audiovisual, Consejo Fiscal, presidencia de la agencia catalana de protección social… Parece un fenómeno más achacable al procés que a la inanidad de la “gente de orden” en medio del tumulto que nos rodea.

Pero, mejor hagamos un rápido repaso de poco más de dos años, incluidos dieciocho meses de encierro pandémico, sobre la trepidante actividad de este estrambótico personaje. Empecemos por el hecho de que pidiera amparo al presidente del Parlament porque una diputada le recordó que estaba imputado por viajar en un avión privado con su hija y su pareja a ver la final de la Champioms en Berlín. Viajero empedernido, se estima que ha dado dos vueltas al mundo con viajes oficiales, incluidas dieciséis escapadas con su pareja en 2019; pidió amparo al Consejo de la Información de Cataluña porque le preguntaron por este hecho; elaboró un dictamen al gusto de Joaquim Torra para que pudiese colgar un pancartón en el balcón de la Generalitat; avaló la estrategia de JxCat para aplazar las elecciones del 14F, para proteger los derechos de las personas que no podrían votar a causa de la pandemia; culpó a los “españoles” de las listas de espera en Cataluña y le pusieron a parir hasta los sanitarios; contribuyó decisivamente a frenar la ampliación del aeródromo de la Cerdaña, donde tiene cerca una segunda residencia; es el Defensor del Pueblo mejor pagado de España con 129.373 euros; hace apenas un par de semanas reclamó la amnistía y el indulto para los presos y exiliados por el procés, además de criticar las inhabilitaciones… Y suma i sigue.

Tal vez de lo mejor es la construcción de una “lámina de agua” junto a su despacho en la sede de la Sindicatura de Greuges, un edificio singular heredero del Art Decó que fue el primer edificio construido por la Generalitat republicana. Tal vez podría poner unos patos, aunque sean de plástico y no graznen, para sentirse a orillas de La Ricarda. Elemento decorativo o pasión por la higiene personal, el hecho hace recordar el cuarto de baño privado y de acceso exclusivo que se hizo instalar junto su despacho en la antigua sede del PSUC en la calle Ciutat cuando accedió a la jefatura del partido.