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Arte y maestría de la traducción

La obra intelectual del catedrático Esteban Torre, médico, traductor y teórico del ritmo y la métrica, demuestra que el dominio del lenguaje literario requiere cualidades equivalentes a las del poeta

Un escribano medieval traduciendo un libro
Un escribano medieval traduciendo un libro

Una de las ideas equivocadas con mayor circulación acerca de la poesía es que esta es una plasmación de emociones, intensidad afectiva, coloración de sentimientos. Así, sin más. Sin elaboración. Como si la mejor poesía fuera la más inmediatamente volcada en el papel (hoy la pantalla). Ha hecho mucho daño esa idea tan ingenua que parece desconocer que la poesía exige filtro, técnica, rigor, conocimiento de la tradición, aprendizaje. No es el caso de Esteban Torre (Sevilla, 1934), uno de los poetas que mejor conocen el oficio por haberlo estudiado, diseccionado hasta con el bisturí, no en vano fue cirujano antes que profesor de crítica literaria y estilística, maestro de prosodia y hasta su completa jubilación catedrático emérito de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada de la Universidad de Sevilla.

Además de una notable producción académica sobre historia de la medicina, en la que destacas sus trabajos Averroes y la ciencia médica y sobre Huarte de San Juan, pionero de la psicología y de quien editó Examen de ingenios para las ciencias, Torre ha publicado numerosos estudios de literatura comparada, métrica y teoría de la traducción en libros exentos o en revistas. Ha sido cofundador y codirector con José Domínguez Caparrós de Rhythmica. Revista Española de Métrica Comparada, en la que no ha estado un minuto ocioso, alimentándola con trabajos que aúnan el minucioso pormenor de una mente analítica y la sensibilidad el buen lector. Su bagaje como poeta viene, pues, sustentado en un buen conocimiento teórico y práctico. Si escribir sobre sílabas y acentos puede parecer árido, emplearlos con solvencia y hasta donosura es grato al oído y a la inteligencia.

El poeta, traductor y profesor Esteban Torre
El poeta, traductor y profesor Esteban Torre

Su obra poética, publicada por la editorial Renacimiento, se compone de los siguientes libros: Por qué (1954), Y guardaré silencio (1982), Ráfagas (2013), LXII Sonetos (2018) y Seis sextinas y otros poemas (2020). Como traductor (o versionador, porque son versiones de poeta): 33 poemas simbolistas: Baudelaire, Verlaine, Rimbaud, Mallarmé (1995), La poesía de Grecia y Roma (1998), Sobre el libro de Job y otros poemas (2001), 35 sonetos de Fernando Pessoa (2013) y Luces y reflejos. Poemas originales y traducidos (2016), que es summa prologada por Luis Alberto de Cuenca donde recoge su obra anterior más añadidos. El poeta madrileño ha comparado la pericia al traducir de Torre con la de Octavio Paz, Salvatore Quasimodo o Haroldo de Campos. Se podrían añadir más nombres de entre nuestros grandes poetas traductores, de Vicente Gaos a Manuel Altolaguirre, de Antonio Martínez Sarrión a Ángel Crespo.

Lo que Torre piensa sobre ese mester de traducir lo dejó expuesto en su libro de 1994 Teoría de la traducción literaria. Allí repasa la historia de este extraño proceso de trasformación de las palabras, primero práctico, empírico, y posteriormente con un andamiaje teórico de quienes se han interrogado por el fenómeno y han indagado en él. No deja aspecto sin tratar en su monografía, pero lo que sería estudio sobre aspectos que implican a la neurociencia y la lingüística viene en su caso acompañado de una praxis brillante. “La traducción del verso” es el capítulo quinto de su libro, y aquí hallamos el envés justificativo de su labor, que como se desprende de la teoría que desarrolla no es dar (aunque inspirados) palos de ciego. Más que propugnar un modelo, defendiendo una tesis, esta se halla implícita en sus frutos. Torre defiende que, al igual que un traductor ha de ser hablante nativo o con competencia similar de la lengua a la que traduce, quien vierte poesía ha de ser poeta. Él cumple este requisito.

LXII Sonetos

Sus sonetos de Pessoa constituyen un deslumbrante logro que pelea con la rima y sale victorioso de la lid, aunque los sonetos pasen del modelo inglés que el portugués empleara siguiendo la estructura shakespeariana a la distribución de un Garcilaso, en pirueta quizá demasiado arriesgada en cuanto que no trasluce el esquema original ni en la disposición tipográfica ni en los abrazos de las rimas. No son calcos sino sonetos nuevos como podría haber escrito Pessoa de haber elegido hacerlo en español. De todas formas, llama la atención su rechazo del soneto isabelino, del soneto inglés, del shakespeariano, todas la misma cosa.

Su muy buena y premiada traducción del soneto “Noche y día” de José María Blanco White también elude la arquitectura original y la españoliza. Lo mismo sucede con su soneto sobre el soneto de Dante Gabriel Rossetti, que prefiere no articular en tres serventesios y un pareado y construye como uno que podría haber escrito Herrera, Lope, Arguijo. Así lo cierra: “Un soneto es igual que una moneda: / nos revela la cara del destino, / y la cruz del espíritu, y su suerte. // Tras de la vida y el amor, aún queda / un reverso, que paga –en el camino / de Caronte– el tributo de la Muerte”.

Esteban Torre copia

Los que Torre deja crecer en su jardín ya sin apoyarse en el tutor de un original, su pretexto, son variados en forma y temática. Esta cubre la naturaleza, lo metaliterario, España, a Dios: “Ay, si fuera verdad que Dios viviera, / y que esta sed de pervivir no fuera / sólo un ladrar de perros a la luna”. Entre sus sonetos los hay blancos (sin rima), al itálico modo en la tradición del Siglo de Oro y con diversas disposiciones de los tercetos, sustituyendo los cuartetos por serventesios en los cuartetos (no abba abba, como el grupo pop sueco, sino abab abab, casi como el capitán del Pequod en Moby Dick), en alejandrinos por la senda de Rubén Darío, de arte menor en octosílabos, en heptasílabos, con rimas consonantes o sutiles asonancias que de estas casas de catorce versos hacen techumbres para poemas primos del romance.

También emplea versos de quince sílabas colocando estratégicamente las cesuras y tomándose las licencias que estima oportunas en ellas, parteaguas de los hemistiquios. Las reglas del soneto permiten variantes que baraja una y otra vez mostrando sus triunfos. Hasta se atreve a componer, el LV, uno titulado “Sólo la forma (soneto bongo-bongo)”, donde no tenemos más que una construcción de sílabas sin sentido, entre Oulipo, Edwin Muir, Cirlot u Ory y la coña marinera, pero con la sonoridad exigible al verso (como si Boscán hubiera naufragado al ir a Italia y se hubiese adentrado en el África negra regalando endecasílabos con cuentas de colores a los nativos). Primer cuarteto: “Desti, desti, walumbre destulami, / massa lo rumbra ngue walumi nesti: / u munte, ze walunte, ze brushesti, / zuma ye rila perashunti rami”.

Esteban Torre2

Siempre ha mostrado Torre su admiración por un gran artífice del soneto, Blas de Otero, quien no dudó en desplancharlo y someterlo a violencias y experimentaciones. Y también ha estudiado y comentado los que –para él– son los mejores de otra cumbre de esa fórmula magistral: Francisco de Quevedo. Alguna vez Torre muestra desconfianza hacia la forma que cultiva desde su primera y remota entrega ya, como en “Un soneto”, que finaliza de este modo: “A veces, aparenta decir cosas / vibrantes de emoción, maravillosas, / pero sólo es un bluff, un puro juego. // Te sugiero que busques otros modos / de ver la vida, y que liberes todos / los resortes del alma. Te lo ruego”.

La sextina es otra forma de la que ha dado excelentes muestras el poeta sevillano. Se la podría calificar de una forma superior del crucigrama en aquellos en los que la composición no alcanza el vuelo, que no es el caso de Esteban Torre. Han utilizado con maestría entre nosotros este invento provenzal revitalizado por Ezra Pound en la “Sextina Altaforte”, Joan Brossa, Jaime Gil de Biedma o el paisano de Torre, desaparecido hace ocho años, Fernando Ortiz. Las de Torre transitan por el camino de la excelencia y vienen a demostrar una vez más que la dificultad es uno de los ingredientes de la mejor poesía, que a menudo se manifiesta como una carrera de obstáculos puestos, e impuestos, por ella misma.

Esteban Torre

Las versiones de otros poetas que ha realizado merecen atención aparte. Si son el resultado de la feliz encrucijada en la que se une lo ajeno con lo propio, Torre no ha querido hacer distingos y las ha integrado junto a sus poemas como hiciera Paz en Versiones y diversiones o Jorge Guillén en Homenaje y otras entregas. Si Torre ha realizado sobresalientes versiones de los poetas simbolistas franceses, no menos estupendas son sus apropiaciones de los clásicos grecolatinos, de Teócrito a Catulo, de Safo a Sófocles.

Cuando admiramos el caminar de una mujer, lo hacemos porque con el movimiento siempre hay un instante en el que queda una pierna más alta que la otra. Es lo que sucede con los versos compuestos con los que este poeta traslada los hexámetros de Homero, Virgilio u Ovidio: contoneándose, rítmicos, generalmente son de once y siete sílabas (que pueden ver alterado el orden, pasando a siete y once) u once y cinco (endecasílabos sáficos y pentasílabos adónicos con acentos en cuarta y octava sílaba, y en primera y cuarta, respectivamente). Para no marearnos, van aquí tres ejemplos: “No todos gustan de las arboledas y el tamarindo humilde”, “¡Oh Musas de Sicilia, cantemos cosas algo más brillantes!”, “alrededor de la mansión de Hades, de amplias entradas”.

Rhythmica

No menos brillantes son sus adaptaciones del bíblico Libro de Job (como también fueron extraordinarias las de Carlos Pujol). En sus libros sobre la métrica, Torre manifestó que esta no es la poesía, a la que aquella sirve, pero que es necesario el conocimiento de la ciencia del verso para componerla con cabalidad. Su poesía, su verso, está dividido en dos armónicos hemistiquios cuya frontera interior se desdibuja: el de la obra que firma con su nombre y el de los grandes poemas ajenos que aclimata no simplemente al español, sino a ese otro idioma superior, el español poético.

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