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Algunos entran en el Berlín Este, mientras otros limitan su curiosidad en el Oeste, el corazón de la Friedrich Strasse, el centro neurálgico del muro que ha cercenado la capital alemana, dejando sin historia a media Europa, entre 1945 y 1989. La imagen evoca a los espías de John Le Carré, pero antes de Yalta, Berlín es la capital tiranizada por los nazis que convierten en basura el espasmo de libertades de la República de Weimar.

Las SA y las SS se infiltran en aquella Sodoma al borde del abismo, hasta que, el 31 de julio de 1932, la victoria electoral de Hitler hiela el corazón del planeta: 13 millones y medio de votos y 250 escaños en el Bundestag. Pocas semanas más tarde, el incendio del Reichstag permite al nuevo canciller suprimir los derechos civiles. Es el nacimiento de una Edad Oscura, la gloria suicida del Valhalla, el salón de los escogidos por Odín, en la mitología nórdica.

Antes de llegar a su plenitud frenética, los autoritarios caricaturizan salvajemente el islote de tolerancia berlinesa, por medio de escenas falocráticas y simiescas. En pocos años, el exceso convertido en caricatura es el pretexto de su destrucción, un método seguido ahora por Donald Trump en apariciones repentinamente risibles y hasta procaces, cuando habla de destruir el Imperio Persa, la peor dictadura teocrática del mundo.

El escritor John Le Carré

Entonces y ahora, el poder no engaña, solo amaga, esconde bajo una siniestra sonrisa el deseo de aniquilar el orden creado por la paz. Las amenazas a la Europa del Este, después de la terrible invasión de Ucrania, muestran el amago de otro poder, el de Vladimir Putin ante la UE. Promesas de paz, tambores de guerra. Moscú bombardea Rumanía con drones, pero dice “yo no he sido”, una broma de colegial que tantea la debilidad de la OTAN ante la guerra híbrida.

Los grandes poderes satirizan al débil antes de liquidarlo.

En el Berlín de los años alegres, los jóvenes danzan desnudos al estilo del Corydon de André Gide en el cabaret El Dorado de la Motzstrasse, visitado por Marlene Dietrich y por la gran Anita Berber, la niña-mujer, diosa de las pasiones y de la muerte. Los confiados jóvenes conocerán pronto las prisiones y los campos de exterminio. Serán acusados de comunistas o de judíos en los sótanos de la Seguridad.

La cultura de la cancelación del nacionalismo alemán castiga desde dentro el asomo de libertad. Siembra antes de cosechar como se ve en la película El Banquete de Nosferatu de Murnau, estrenada en el salón de mármol del Jardín Zoológico de Berlín con la asistencia de camaradas del Partido Nacionalista Obrero alemán -antesala de la formación de Hitler- al que pertenecen Ernst Lubits, el guionista Hanns Kräly y Johannes Riemann, invitados por la productora Prana, que en sánscrito significa fuerza vital.

Camino del mal

Pocas décadas antes de la Guerra Fría, Berlín es una urbe compacta camino del mal. Una Sodoma que será castigada después de estigmatizada. En los cabarets, los clientes acostumbran a comprar fichas que se canjean por un baile con el personal travesti del local. Los antiguos cafés son ahora locales de alterne. El hall cosmopolita del Eden produce vértigo, como se narra en Berlín Oculto, sexo, crimen y magia antes del apocalipsis nazi (editado por Fernando Rocha en Felguera). Una obra estéticamente lograda con un enorme archivo visual de sociedades secretas, espiritualidad, magia, violencia en el clímax del sexo o tropas de asalto, durante los años que precedieron el apocalipsis.

Las obras de Félicien Rops, Edgar Allan Poe o Hoffmann cobran vida, pero una vida del horror. La cultura de masas habla de la semilla del Belial, surgida de un vampiro que se alimenta de sangre humana en cuevas terroríficas, en cámaras funerarias y ataúdes llenos de hierba maldita de los campos de la negra muerte.

La clase media del Berlín entre guerras pasa privaciones, vive durante el día en cochambrosos pisos desmochados. De noche, son legión los ciudadanos que se acercan al crimen y se transforman en un fantasmagórico Moloch pillados en los paraísos artificiales de la cocaína y la heroína, que financian ofreciéndose ellos mismos como mercancía.

Durante la segunda mitad del Weimar de Goethe y Walter Gropius, Berlín es una ciénaga, “producto de la magia”, escribe Klaus Mann. Por su parte, Joseph Roth, sin alardes de moralismo, se muestra implacable frente al mal: “Berlín es la Babel del mundo. Los alemanes han aportado al ambiente frívolo de Viena su amor por el método, maquillados y llenos de curvas artificiales se pasean por la Kurfürstendamm, buscando hacer dinero extra bajo la mirada benévola de la policía. Ni la Roma de Suetonio conoció orgías similares. Una insania extrema se apodera de la clase media que ha permanecido incólume. Las jovencitas se jactan de haber sido pervertidas” (Crónicas Berlinesas, Ed minúscula).

El escritor Josep Roth

El nivel de paro y la inflación detienen la locomotora romántica de la República, aparecida como una exaltación después de la etapa Guillermina. El rencor se instala en una población castigada por las consecuencias del Tratado de Versalles con el que el tigre francés, Clemenceau, el presidente estadounidense, Woodrow Wilson, y el primer ministro británico, David Lloyd George, castigan la derrota del Kaiser, tras la primera Gran Guerra.

Poco después de las elecciones ganadas por Hitler, la gente baila y bebe todas las noches. Christopher Isherwood, el autor de Berlín Alexanderplatz, se matricula en la escuela de Hirschfeld para normalizar su homosexualidad, un paso generoso que acabará pagando.

Zona sagrada

La noche cunde como jamás lo ha hecho; en las mazmorras privadas abunda el sadomasoquismo; la algolagnia, el placer a través del dolor, es ensalzado por el médico berlinés, Albert von Schrenck-Notzing, que tiene lista de espera y será convencido de su nazismo en las dependencias de las SS. El escarnio, la demonización, el pésimo gusto de los espectáculos pornográficos se apoderan de la libertad. El demonio nazi se hace con la calle convirtiendo la libertad en crimen.

El 19 de marzo de 1939, el Führer ha pasado la noche en Hradcny, el barrio que domina a sus pies la vista de Praga. Acaba de morir la Europa danubiana. El Salzburgo de Mozart, la Viena de Schubert y la Praga de Rilke no volverán a ser las mismas tal como lo siente Denis Rougemont al escribir En tierras del Danubio; (Gallo Nero).

Sube al Gotardo alpino y alcanza con la vista un tren atravesando un valle cercano con los vagones nombrados Amsterdam, Basilea, Milán, Zagreb o Bucarest. Distingue los retazos de roca alpina y la niebla hecha girones. Tiene la sensación de haber entrado en una zona sagrada, el reservorio del continente del que quedan excluidas las ciudades poseídas por la nueva autoridad. Suiza se salva por los pelos del aluvión militar de la Wehrmacht, el ejército del III Reich, y acaba convirtiéndose en el refugio de grandes creadores del mundo germánico, como Thomas Mann o el compositor Richard Strauss, en los últimos años del terror.

Mientras Berlín se autodestruye, Weimar se agosta. Su biblioteca del XVII, que perteneció a la regenta Ana Amalia de Brunswick-Wolfenbüttel, mantiene el rococó de los bustos de mármol que protegen los cientos de incunables, primeras ediciones y partituras musicales originales de Bach, Mozart o Wagner.

La cultura se encripta en el pasado para sobrevivir frente al cataclismo.