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Existe quien, atrapado dentro del paradigma político tradicional, piensa que el duelo más trascendente del siglo XXI, ese ahora que tanto se parece a las distopías literarias del pasado, que de pronto han dejado de ser augurios y ensoñaciones para convertirse en las noticias más exactas del presente, es el que están librando el autoritarismo emergente y las frágiles democracias. Se trata de una visión pobre e inexacta: el mundo en el que habitamos, gobernado por la tecnología y el capitalismo digital, se caracteriza por otra disyuntiva. Cabe formularla así: ¿Podrán sobrevivir inteligencia y la libertad al diktat de los señores de las máquinas?

La formulación clásica, sustentada en presupuestos del pretérito, ya no nos ayuda a entender el punto en el que estamos y hacia qué lugar nos conduce la digitalización de nuestra civilización. El presente es un magna confuso lleno de estímulos, victimismo y falsas emociones. El universo, en lugar de como una bóveda llena de estrellas, puede representarse como la suma de un sinfín de pantallas parpadeantes.

'1984'. DEBOLSILLO

Para entender nuestra hora, paradójicamente, las herramientas digitales son instrumentos inútiles. En cambio, tenemos los libros (en papel), donde se custodia el legado de nuestra cultura, y las bibliotecas y hemerotecas tradicionales, que no son virales –ni falta que les hace– pero que todavía atesoran la vieja y sabia enseñanza de los clásicos: scripta manent. Libros que explican nuestro presente son Un mundo feliz (1932), de Aldous Huxley; 1984 (1949), de George Orwell y Fahrenheit 451 (1953), de Ray Bradbury. Tres ficciones imaginarias escritas a mediados del pasado siglo, y en las que aparecieron por primera vez muchos de los rasgos que identifican este momento extraño. Tres relatos en los que se describe un futuro que ya es presente y donde se plantea la encrucijada a la que nos aboca el algoritmo, Pantocrátor de esta Nueva Edad Media.

Sobre él ha escrito un brillante breviario Ángel L. Fernández Recuero, ingeniero informático, psicólogo, cerebro de la revista Jot Down –nacida en Aerópago, un activo foro de internet– y director del portal Menéame, el principal agregador de noticias en español de la red. Contralgoritmia (Jot Down Books), que así se llama su ensayo, adopta la forma del manifiesto, al modo de aquellos gestos fundacionales de las vanguardias de principios de la pasada centuria.

Es pues un libro de rebelión y de combate que, reconociendo los beneficios de la tecnología, reivindica un humanismo ilustrado que no someta a los individuos al dogma digital, que no estreche la libertad de elección personal, que no destierre la lectura de nuestras vidas, contrario a la uniformidad en la política y en las artes, crítico con el control interesado de la discusión pública y, al cabo, disidente con esa costumbre de considerar el acto de pensar como una extravagancia.

Ángel L. Fernández Recuero.

Fernández Recuero sabe perfectamente de lo que habla. Su labor como editor y activista cultural se basa en la experiencia directa. Y ésta le ha llevado a la conclusión de que la tecnología está destruyendo muchos de los rasgos de la cultura: la libre elección, la discusión, la capacidad de soportar opiniones que nos incomodan y hasta el principio de realidad. Si la tecnología y las redes sociales son capaces de configurar mundos paralelos y comunidades –léase mercados– cobijados bajo una cámara de eco, la contralgoritmia persigue, sin caer ni en la ingenuidad de la novedad ni en el catastrofismo o las teorías conspirativas, fabricar un antídoto en un mundo análogo al que describiera Huxley en su novela.

“Aldous Huxley” –explica Fernández Recuero– “no describió un mundo devastado, sino otro ordenado, limpio, funcional, un lugar donde casi todo funciona y, precisamente por eso, nada duele demasiado”. Nuestro mundo. Ese universo donde los conflictos se atenúan y el poder, ahora en manos de los tecnoligarcas de las grandes multinacionales y corporaciones de Silicon Valley, se preocupa de entretenernos y satisfacer nuestros deseos. Donde el disenso no se censura, como pronosticó Orwell, sino que se ignora o se condena a la irrelevancia mediante una saturación de estímulos que nos impide distinguir lo profundo de lo superficial.

'Fahrenheit 451'. DEBOLSILLO

Los eslabones de nuestras cadenas ya no son de acero. Están hechos de dopamina, placer, emociones y satisfacciones inmediatas. Somos nosotros mismos quienes, como en Prometeo encadenado, la tragedia de Esquilo, nos hemos atado a la roca. Internet comenzó como una utopía libertaria y contracultural que iba a permitir el libre intercambio de ideas, fomentar una nueva cultura horizontal –al margen de su representación institucional– y crear un espacio abierto al debate y a la libre expresión.

De esta promesa sólo persisten los simulacros. En ellos habitamos. La mutación de la red, convertida en la gran autopista del capitalismo digital, cuya última estación es la Inteligencia Artificial, ha transformado el ciberespacio en un escaparate infinito que, en realidad, oculta una inmensa tela de araña virtual. Cada decisión que tomamos y cada elección que hacemos en internet es registrada, procesada y catalogada. Hemos dejado de ser personas para convertirnos en meras huellas digitales. Y toda esa información –nuestra vida íntima, la existencia privada de miles de personas– se convierte en el petróleo de las plataformas tecnológicas, donde somos usuarios y consumidores, en lugar de lectores o ciudadanos.

La manipulación de las conciencias, el sueño húmedo de los primitivos oligarcas feudales, es mucho más fácil de lo que nunca lo había sido antes en la historia gracias a que, a cambio de herramientas tecnológicas que se nos ofrecen de forma gratuita, hemos caído en la trampa sobre la que, ya en el siglo XVI, nos advirtiera Étienne de La Boétie, amigo y coetáneo de Montaigne: la servidumbre voluntaria. Paul Valery lo resumió así muchos siglos después: “Ningún orden social o gobierno puede sostenerse en el tiempo basándose sólo en la fuerza física o en la represión; requiere obligatoriamente de ficciones compartidas, narrativas y consensos para legitimarse”.

'Discurso sobre la servidumbre voluntaria'. PÁGINA INDÓMITA

Vivimos inmersos en este paisaje donde los monstruos nos sonríen y se presentan como si fueran cisnes. Si no compartes la ensoñación colectiva quedas expulsado de la vida social, que –a través de las redes sociales– se ha trasladado a la galaxia virtual. Fernández Recuero analiza in extenso las consecuencias del absolutismo del algoritmo, que impone listas cerradas en las plataformas de contenidos digitales, y su impacto en las industrias culturales, los medios de comunicación y el periodismo.

Habla del sombrío mundo sin lectores de Fahrenheit 451. “Los libros” –explica– “no arden porque sean peligrosos, sino porque molestan, ralentizan, obligan a pensar. Algo similar sucede hoy cuando los algoritmos penalizan los contenidos largos, ambiguos o difíciles de clasificar. No hay una hoguera, pero sí una lógica de invisibilización que empuja todo hacia lo breve, lo emocional, lo que es fácilmente digerible”.

Topamos así con la evidencia: libros que no se leen, se enseñan; periódicos digitales que llevan años trabajando para Google (Discover) sin servir a su comunidad, donde usar una frase subordinada equivale a una herejía y que, con un leve cambio en el algoritmo, pierden tráfico, dinero y casi todo el talento que atesoran sus redacciones. Todas son señales de decadencia. Más estampas cotidianas: políticos que no gestionan, sino que cantan y se hacen selfies. La vida convertida en un meme. Redes sociales inquisitoriales, vanidad, superficialidad e idiotez por doquier, sellos para los que es más valioso un influencer o un presentador de televisión que un escritor y un lector, una industria editorial donde hay más autores y editores que lectores. Un mundo donde la experiencia humana no sea abolida y reemplazada por las convenciones digitales.

'Contralgoritmia'. JOT DOWN BOOKS

La contralgoritmia” –defiende Fernández Recuero– “no pretende destruir este mundo, entre otras cosas, porque no puede. Pretende introducir pequeñas grietas en su funcionamiento. Leer sin que nadie lo sepa. Escuchar sin dejar rastro. Buscar lo que no aparece recomendado. Defender espacios de conversación que no se midan necesariamente en métricas de impacto. Gestos modestos, casi insignificantes y, por eso, subversivos en un entorno obsesionado con la eficacia”.

¿Cuáles? Practicar los hábitos culturales clásicos, sin por eso renunciar a la tecnología. Leer en papel, suscribirse a las revistas y a los periódicos que no eliminan noticias por presiones y valoran sus propias publicaciones y a su audiencia, medir un libro por su escritura, no por los índices de ventas, retornar al periodismo de fondo y profundidad y no aceptar que los periodistas sean sustituidos por prompt engineers. Apoyar a medios que expliquen la realidad en lugar de pedirle a una máquina que la imite. Respaldar a las empresas culturales y los creadores que no se arrodillan ante el Supremo (Algoritmo). Construir espacios de resistencia intelectual y oasis de inteligencia en este desierto electrónico lleno de profetas, notificaciones y pantallas que tanto se asemeja a la caverna de Platón.