“Lo corriente en el hombre es la tendencia a creer verdadero cuanto le reporta alguna utilidad. Por eso hay tantos hombres capaces de comulgar con ruedas de molino”. La frase es de Juan de Mairena, heterónimo de Antonio Machado y parece inspirada en Francis Bacon, uno de los pensadores que más llamaron la atención sobre la propensión humana a asumir como ciertas afirmaciones más que dudosas: “Un hombre tiende a creer lo que le gustaría que fuese verdadero”, escribió en su Novum Organum, una de sus más difundidas obras junto a la Instauratio magna y El avance del saber.
Como puede apreciarse, la tentación de dar por buenas las fake news viene de antiguo.
Consecuente con esta creencia, puso Bacon al frente de sus tesis sobre el conocimiento una advertencia: hay factores que perturban la aproximación a la verdad. Los llamó “ídolos”. Y distinguió cuatro: de la tribu, de la caverna, del mercado y del teatro.
Los dos primeros derivan de los prejuicios: los individuales, debidos a la propia naturaleza humana, y los formados por la influencia de la colectividad; el tercero es consecuencia del mal uso del lenguaje; los ídolos del teatro están asociados a las teorías académicas, muchas de ellas basadas en sabidurías antiguas de escasa utilidad para el presente. Una cosa es la erudición y otra el conocimiento.
Entre las causas que contribuyen a entorpecer el progreso del saber cita Bacon la pereza, la tendencia a la generalización, la educación y la confusión que genera el lenguaje, que induce a creer en la existencia de una entidad por el mero hecho de disponer de una palabra o expresión que la designa. Así, el azar, las esferas celestes o el motor inmóvil (Dios, en la terminología aristotélico-tomista).
Categorías heredadas
Los ídolos que critica Bacon corresponden a lo que hoy se podría denominar el localismo, el subjetivismo, el verbalismo y el doctrinarismo.
Francis Bacon fue un filósofo con el que los historiadores tienen problemas de ubicación porque, como sugiere Francisco Romero, tiene un pie en el Renacimiento y otro en la modernidad. Lo que no impide que trabaje, en buena medida, con categorías heredadas de la antigüedad y la edad media; con términos forjados en la época griega, a los que él da otro sentido.
Libro de Francis Bacon
No hizo grandes descubrimientos, pero su huella es evidente en pensadores como el abate Marsenne o Gassendi y, sobre todo, en los ilustrados agrupados en torno a la Enciclopedia.
Entre los elementos de su pensamiento con mayor proyección está su confianza en el progreso de la ciencia y su capacidad para mejorar las condiciones de vida de la humanidad (en su conjunto), junto a la afirmación de que el conocimiento es una empresa colectiva y no el fruto de un genio aislado.
Bacon vivió tiempos de cambio acelerado. Como los presentes. Si se prefiere: tiempos de crisis. Las transformaciones se producen en tal número y a tal velocidad que resultan difíciles de asumir, lo que no obsta para percibir que modifican la imagen del todo.
Las nuevas técnicas (la navegación, los descubrimientos geográficos, la brújula, la imprenta) revolucionaron la visión del mundo conocido y la forma de aproximarse a él.
Paralelamente se vivía una intensa crisis religiosa plasmada en la Reforma protestante (inviable sin la imprenta). Las aportaciones de Lutero y Calvino socavan la creencia en la autoridad de Roma, en particular, y en las autoridades tradicionales, en general.
El propio Bacon constata lo fácil que es el deslizamiento desde la duda al ateísmo.
El impulso del comercio generará la conveniencia de gobiernos fuertes que garanticen la seguridad de las mercancías en un mundo en el que compiten las propuestas liberales y las proteccionistas. Esto facilita que se consoliden como potencias Inglaterra, Francia, España, Turquía.
Una imagen de Francis Bacon
Estas nuevas gobernanzas generarán a su vez teorías políticas que las justifiquen: desde la tesis del origen divino del poder a las vinculadas a la idea del contrato social, al amparo del ascenso de una nueva clase social: la burguesía industrial y comercial que quiere participar en las decisiones que le atañen.
Francis Bacon nació en Londres, el 22 de enero de 1561 y murió un 9 de abril de 1626, hace ahora 400 años.
Su padre fue un alto funcionario de la Corona inglesa, lo que le permitió estudiar en el Trinity College de Cambridge. En 1576, tras terminar los estudios de Derecho, ingresó en el Gray 's Inn, una especie de órgano colegial de la abogacía, y poco después partió hacia Francia acompañando a Amias Paulet, embajador en ese país.
Un pollo con nieve
Volvió a Inglaterra en 1579, tras el fallecimiento de su padre. Dos años después fue elegido miembro del Parlamento. Mantuvo el escaño hasta 1621, cuando, siendo canciller, fue acusado de aceptar sobornos. Reconoció los hechos y fue condenado a varios años de prisión y una considerable multa que no tuvo que pagar. Puesto en libertad a los pocos días, dedicó el resto de su vida a la reflexión y la escritura.
En 1606, con 45 años, contrajo matrimonio con una muchacha de 14, llamada Alice Barnham, hija de un parlamentario. Se había comprometido con ella tres años antes. El matrimonio tuvo mucho de conveniencia y ninguna descendencia.
Bacon murió de una neumonía contraída al rellenar un pollo con nieve para observar los efectos del frío en su conservación.
Su identidad está clara. Su vida estuvo permanentemente expuesta al público. Trabajó primero al servicio del conde de Essex -lo que no impidió que participara en las acusaciones que lo llevaron al cadalso- y luego al de la reina Isabel y de Jacobo I, que le nombró barón de Verulam y vizconde de St. Alban, además de canciller.
Sobre lo que hay dudas es sobre si tenía una doble vida, fuera de los focos del público. Diversos autores sostienen que mantuvo una actividad secreta: la redacción de obras de teatro que firmaba con el pseudónimo de William Shakespeare. Es lo que se conoce como “teoría baconiana”. Según sus defensores, Bacon habría ocultado este hecho debido a la mala fama que tenían los cómicos.
Entre los defensores de que Bacon y Shakespeare fueron la misma persona figuran no pocos eruditos, además del matemático Georg Cantor. Entre quienes se han esforzado por demostrar lo contrario destaca el novelista, compositor y filólogo Anthony Burgess.
Que Bacon conoció a Shakespeare no ofrece dudas. Ambos coincidieron en Gray 's Inn, donde además de la actividad jurídica se realizaban representaciones teatrales.
Dos contemporáneos suyos, Joseph Hall y John Marston, ambos poetas satíricos y el primero además obispo, citan varios textos atribuidos a Shakespeare que habrían sido escritos por Bacon, igual que partes de una obra teatral representada en Gray 's Inn.
Verdadero o falso, lo cierto es que, independientemente de ello, Bacon figura en las historias del pensamiento por haber formulado una nueva visión de la ciencia como factor de dominio de la naturaleza. “El conocimiento es poder”, sostuvo en una concepción que tiende al utilitarismo pero que es también deudora del placer contemplativo: el saber por el saber.
William Shakespeare
En sus primeros años al servicio de Isabel I escribió una pieza teatral que se representó ante ella con motivo de uno de sus cumpleaños. Uno de los personajes sugería la creación de un museo de historia natural y el apoyo a la producción científica. No obtuvo respuesta. Reiteró la petición a su sucesor, Jacobo I, quien le dispensó muchos favores, pero ignoró lo relativo a la ciencia.
Cuerpo humano
La idea reaparece mucho más detallada en una de sus obras póstumas: La nueva Atlántida. Es una utopía al modo de la escrita por uno de sus antecesores en el cargo de canciller, Thomas Moore.
En una isla remota a la que llegan unos navegantes hay una especie de gobierno de sabios y una institución denominada la “casa de Salomón” cuyo fin “es el conocimiento de las causas y de los movimientos ocultos de las cosas; y el engrandecimiento de los límites del imperio humano para efectuar todas las cosas posibles”
Consiguen “que los árboles y las flores maduren más temprano o más tarde que como corresponde y que crezcan y se reproduzcan más rápidamente de lo que lo hacen de forma natural. Los hacemos también, artificialmente, de mucho mayor tamaño de lo que son por naturaleza, y sus frutos mayores, más dulces y de diferente sabor, olor, color y forma que los naturales. Y muchos de ellos tienen uso medicinal”.
No falta la especie de museo que los reyes ingleses no quisieron crear: “parques y encierros de todas clases, para pájaros y bestias, que no sólo usamos para verlos o por rareza, sino también para disecciones y experimentos, para iluminarnos en lo que pueda ser trabajado en el cuerpo humano”. Disponen de “auxiliares que, colocados en la oreja, aumentan grandemente la capacidad auditiva” y sistemas para “conducir el sonido por tubos y conductos, en extraordinarias direcciones y distancias”.
Los habitantes de la isla son capaces de “volar por el aire” y navegar “bajo el agua y atravesar los mares”.
Visión materialista
Entre las aportaciones relevantes para el conocimiento cita Bacon a Colón “que descubrió las Indias Occidentales; también el inventor de los barcos” así como la artillería y la pólvora; la música y las letras; la imprenta; las observaciones astronómicas; los trabajos en metal; el vidrio” y otros descubrimientos útiles para la supervivencia.
Los miembros de la casa de Salomón son capaces de “conocer las previsiones naturales de enfermedades, plagas, enjambres de criaturas dañinas, carestía, tempestades, terremotos, grandes inundaciones, cometas, temperatura del año y otras diversas cosas”.
La propuesta de Bacon no cayó en saco roto. Poco después de su muerte se fundó en Londres la Royal Society, directamente inspirada en sus anhelos.
El mundo que dibuja Bacon responde a una visión materialista y mecanicista. Al revisar las causas insiste, como hará el conjunto de la ciencia a partir sobre todo del siglo XIX, en la importancia de la causa eficiente y desdeña la causa final. Investigar estas causas, dice, es “tan estéril como una virgen que nada produce”.
Bacon establece una correlación entre los ámbitos del conocimiento y las facultades humanas: la memoria conecta con la historia; la imaginación, con la poesía; la razón con la filosofía.
Tres modelos estudiosos
La historia la divide en natural y civil. La que más le interesa es la primera.
Critica los saberes tradicionales y muestra su interés por los conocimientos procedentes de las nuevas técnicas y la artesanía.
Su defensa de la observación directa de la naturaleza y del papel de la inducción frente a la deducción y la silogística aristotélica ha hecho que sea visto como uno de los padres del empirismo moderno. Pero Bacon defendía el papel de la observación siempre que no se hiciera a ciegas, procediendo desde lo que hoy podría llamarse “establecimiento de hipótesis”.
La crítica a la tradición muestra cierto desdén por la labor de las universidades, cuyos miembros se ensimisman en el conocimiento de un pasado ampliamente superado. De ahí que no dude en referirse a Aristóteles como “el peor de los sofistas” y a Platón como “un bromista, lleno de vanidad”.
Hay tres modelos estudiosos, escribió: la araña, que saca de su interior un tejido perfectamente inútil; la hormiga, que sólo recolecta, y la abeja, que toma el néctar de las flores y lo convierte en cera y miel. El último es el único que merece el nombre de sabio.
