Anatole France, Premio Nobel de Literatura en 1921, fue un escritor lo suficientemente talentoso y refinado como para convertir en un arte esa capacidad –nada frecuente– de condensar ideas profundas en frases sencillas. “Uno cree que muere por la patria y, en realidad, lo hace para salvar a los industriales” es una de ellas. Otra, antológica, reza así: “Llamamos insurrectos a los vencidos porque los vencedores nunca son insurrectos”. Sobre la importancia de la historia, France sostenía una teoría: “El pasado abarca toda la realidad. Todo lo que es, es pasado”.
El futuro, como todos sabemos, no existe salvo como una hipótesis; y el presente, que es donde habitamos mientras respiramos, está sometido a infinitas muertes sucesivas. Sólo el pretérito puede ser el objeto de la historia. Y esta máxima compromete tanto a los hechos y a los personajes del pasado, desde el más ilustre a los más humildes, como a nuestra forma de sentir. Las emociones humanas son objeto de un colosal malentendido: tendemos a pensar que son un patrimonio íntimo e intransferible, una cosa exclusivamente nuestra, igual que nuestro propio nombre.
En realidad, basta consultar una guía de teléfonos (ese objeto que ahora se consideraría prehistórico) para descubrir que otros también se llaman como nosotros y, además, sienten cosas similares. France escribió que los hombres tienen la misma edad que sus emociones, al margen de lo que dicte la biología. Se puede ser un anciano con pocos años y un adolescente con varios sexenios. El tiempo carnal y el calendario sentimental no siempre casan. Rara vez se repara, sin embargo, en que las grandes expresiones emocionales –el amor y el odio, la alegría, las lágrimas, el odio y el afecto, las ideas de belleza y o de maldad– no son universales salvo para aquellos individuos que forman parte de una misma cultura y viven en una época determinada.
'El sentido del tacto', de Philippe Mercier
El ser humano ríe y odia desde el principio de los tiempos, igual que hace la guerra o se pregunta si existirá algo después de la muerte, pero no hace todas estas cosas siempre del mismo modo. Los conceptos mudan en función del contexto cultural. Existen variaciones, alteraciones, nuevos sentidos y antagonismos entre muchas ideas que identificamos con un solo nombre. Ésta es la razón por la que tiene importancia una disciplina como la Historia de las Sensibilidades, nacida en Francia en la década de los años cuarenta del pasado siglo, que se ocupa de analizar algo tan vaporoso, rico y seductor, como la evolución de la cultura afectiva.
Los primeros estudios formales sobre esta materia comienzan con Lucien Febvre, fundador, junto a Marc Bloch, de la Escuela de los Anales, y prosiguen –no sin la resistencia del historicismo tradicional, centrado en los grandes relatos panorámicos y en los personajes ilustres– hasta Alain Corbin, catedrático emérito de la Sorbona, que recoge la herencia de la historia social, la extiende a otros ámbitos y áreas de conocimiento y convierte la historia en un relato sobre las culturas. Historiadores que establecen un marco de análisis global e interpretan hechos documentados.
Fruto de su trabajo son los espléndidos ensayos de Corbin dedicados a los olores, al silencio o a la ignorancia, editados en Acantilado, títulos a los que ahora se suma Historia de las sensibilidades, un compendium dedicado a divulgar los hallazgos de esta óptica histórica. El volumen reúne seis ensayos breves de distintos autores, más una entrevista con Corbin. Igual que los libros en solitario del historiador francés, esta crónica sobre la evolución del sentido del gusto y la interpretación de los sentimientos es una gran obra de extensión breve, algo más de cien páginas, llena de sustancia. En ella se defiende que lo emocional también puede ser –y de hecho es– una forma más de conocimiento.
El historiador francés Alain Corbin.
Concebida como una monografía de alta divulgación, la Historia de las sensibilidades se abre con una introducción de Hervé Mazurel acerca de la evolución de la sensibilidad a lo largo de las épocas. La pieza es muy sugerente. Muestra –con ejemplos– cómo los hombres de cada tiempo interpretan de forma dispar fenómenos cotidianos, como el color, los olores o la luz, que difiere desde el Renacimiento italiano, alumbrado por el sol del Mediodía, a la sobria y ruidosa Inglaterra industrial del siglo XIX. Ambientes diferentes u opuestos que, al margen del factor puramente atmosférico, influyen en la interpretación que el hombre hace sobre la naturaleza y acerca de sí mismo.
“Las emociones humanas” –escribe Mazurel– “no son espontáneas, sino rituales, organizadas y contagiosas”. Unas desaparecen o se extinguen con el tiempo; otras, en cambio, nacen con cambios sociales que terminan convirtiéndose en culturales y establecen fronteras entre las diferentes edades históricas. Es una idea importante en estos tiempos de capitalismo emocional y culto al trauma, donde desde la política a la moral se ven condicionadas por interesados calambres emocionales. Las pulsaciones del espíritu son como códigos emocionales. Descifrarlos ayuda a entender el pretérito y nos vacuna frente al revisionismo histórico, que aplica los valores y dogmas contemporáneos a etapas del pasado donde no sólo regía otra lógica, sino una sensibilidad colectiva muy distinta.
La parte central del libro se esmera en resaltarlo. Cuatro ensayos, firmados por Sarah Rey, Damien Boquet, Anouchka Vasak y Clementine Vidal-Maquet, abordan episodios de Roma, la Edad Media, la Ilustración y el Romanticismo o la intimidad en la Gran Guerra (1914). En ellos se hacen visibles las aportaciones de este enfoque histórico. En el mundo antiguo de los guerreros, por ejemplo, la violencia cohabitaba con constantes episodios de llanto. Lloran los valerosos héroes de las epopeyas, lloran los reyes y lloran hasta los dictadores más crueles, que lamentan la muerte de sus enemigos. ¿Cómo es esto posible? Sarah Rey lo explica: las lágrimas vertidas en público tenían un significado político, al margen de ser un símbolo social capital en las ceremonias religiosas o civiles.
'Historia de las sensibilidades'.
La historia tradicional no había reparado en este hecho, debajo del cual late la herencia de la Grecia clásica, asumida por los romanos y visible tanto en los ritos funerarios como en los sepelios insignes, con las famosas plañideras profesionales. El historiador Polibio relata que Escipión lloró tras destruir Cartago, emulando a los héroes homéricos, que sentían piedad por sus adversarios no tanto por sinceridad como para demostrar un poder capaz de clemencia. También podían llorar los oradores y abogados, como Cicerón para convencer a un tribunal de sus argumentos a través del pathos (griego) o del affectus (romano), pero convenía hacerlo con mesura –sin abusar ni impostar demasiado la sentimentalidad– y en un determinado momento de la causa (el final del proceso) por aquello que advertía Apolonio: “Nada se seca más rápido que una lágrima”.
Si el llanto era útil en la Roma antigua y con el cristianismo, en la Edad Media las emociones podían tener sentidos dispares. Para los clérigos eran indicios sobre si el alma de un individuo tendía a la virtud o al vicio; los médicos y los curanderos las interpretaban como manifestaciones del temperamento. Agustín de Hipona las juzgaba como actos de voluntad y, por tanto, como señales morales, una idea que perduró hasta el siglo XVII, tras la resurrección del pensamiento de Aristóteles –gracias a la transmisión de los eruditos árabes– y los primeros descubrimientos médicos. En los monasterios, focos de poder y conocimiento, en cambio, se desconfiaba de las manifestaciones emocionales, salvo que emularan a las de Cristo, que eran entendidas como una vía de redención.
Es a partir del Siglo de las Luces cuando el hombre toma conciencia completa y activa de su identidad emocional. El alma de los hombres del Medievo se convierte en el yo de un sujeto que, con el romanticismo, se muestra muy inestable. No es casualidad –apunta en su ensayo Anouchka Vasak– que en esta época sea cuando nace el género de los dietarios, que no terminará de codificarse en su formulación moderna hasta el siglo XIX. El hombre ilustrado y el artista romántico, ambos enamorados de sí mismos, igual que en el mito de Narciso, se contemplan como el centro del universo. Sienten el mundo a través de la razón y el espíritu.
'Historia del silencio'.
Más prosaico es el análisis de Clementine Vidal-Maquet, que indaga sobre la intimidad de comienzos del siglo XX a través de las cartas familiares de los soldados de la Primera Guerra Mundial. Una correspondencia que, a ojos de los historiadores tradicionales, es secundaria, cuando no anecdótica, pero que para la historia de las sensibilidades muestra cómo, en mitad de una tragedia bélica o ante la inminencia de la muerte, los soldados y sus mujeres navegan entre una pulsión sexual frustrada y un prosaísmo que busca atenuar el impacto de la separación o la ausencia. No hay documento mejor que estas misivas sobre la tensión entre la tragedia y la vulgaridad que define esta tormentosa centuria.
El libro termina con un ensayo de Thomas Dodman, Quentin Deluermoz y Hervé Mazurel sobre la neurociencia. En él se cuestiona la tesis de que nuestra identidad emocional sea un hecho biológico y universal, en lugar de social y contingente. Las emociones tienen historia y la cultura no es sino la consecuencia de un aprendizaje social que ha durado muchos siglos. Objeto de la poesía y materia tradicional de las artes, las emociones del pretérito son residuos de vida. Mientras más se retrocede en el curso del tiempo más importancia cobran dentro del cuadro histórico. Nunca entenderemos el pretérito si ignoramos cómo sentían quienes lo habitaron. Nuestro universo jamás ha dejado de ser un mundo encantado.
