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La editorial Akal publica un libro ciertamente difícil de reseñar, Salvar la universidad, defender la democracia. El ataque neoliberal contra la institución universitaria. Complejo porque es un volumen colectivo que si bien quiere convertirse en un aldabonazo contra el desmantelamiento programado de la institución universitaria aporta visiones difícilmente reducibles a una receta unitaria. El coordinador de la obra, Rodrigo Castro Orellana, profesor titular de Filosofía en la Universidad Complutense, lanza la idea central ya desde los primeros compases de su prólogo: si se hunde adrede a la universidad pública, la democracia pierde su base de legitimación, porque el acceso a la formación superior es el mayor factor conocido de igualdad en una sociedad de tipo liberal. Esto, que es una verdad de Perogrullo, no son tantos los que lo tienen claro. Por no hablar de una segunda consecuencia que tienen el ahogamiento económico de las universidades públicas y el fomento de la picaresca de las entidades que usurpan el rótulo universidad sin ofrecer una calidad mínima: la sociedad se queda sin ideas autorreguladoras, el tiempo se detiene en un presente perpetuo basado en dogmas y en un ordenamiento vertical, y el futuro queda cerrado y totalmente cancelado en una foto fija opresiva. 

Dentro de este marco alarmante distinguimos timbres diversos: Luis Alegre y Carlos Fernández Liria, también profesores de Filosofía en la Complutense, nos advierten de que “la lógica mercantil del beneficio” no sirve para decidir acerca de “la multitud de decisiones sobre las que debemos decidir individual o colectivamente”, porque esta tarea de decidir se ha vuelto tan compleja que a la fuerza ha de necesitar un cuerpo técnico muy sofisticado. La simplificación dogmática no únicamente es incapaz de alejar los grandes problemas colectivos, sino que los agrava, acrecentando el malestar social y la inestabilidad política. Dinamitar la universidad pública acaba significando, sencillamente, el advenimiento del reino del caos, porque los títulos convertidos en artículos de lujo impiden que se desarrolle un cuerpo funcionarial operativo. 

Escribiendo sobre igualdad en democracia, Juan Antonio Fernández Manzano y Agustín Menéndez Menéndez, tienen muy claro lo que está en juego en esta cuestión: “La fragilidad de nuestra Segunda República tuvo mucho que ver con las graves fracturas sociales propias de un país brutalmente desigual, también a resultas de un bajo nivel educativo. Que nuestra Constitución de 1978 haya tenido mejor suerte que las leyes fundamentales de nuestras dos repúblicas también guarda relación con la mayor homogeneidad social facilitada por la elevación del nivel de estudios medio”. Por lo tanto, estos autores no se olvidan de la secundaria, el sector que más tiempo lleva sufriendo la bota del lenguaje gerencial, el competencialismo deshumanizador y el desmoronamiento de la conciencia docente. 

'Salvar la universidad, defender la democracia' AKAL

Por lo tanto, no es una casualidad que la polarización y la violencia empiecen a asomar donde hace mucho tiempo que se debilitan adrede los espacios de deliberación y de intercambio de conocimientos. Fernández Liria y Alegre concluyen: “Erosionar la universidad es alimentar a las fuerzas iliberales, reaccionarias y enemigas de la ciencia, a antivacunas, negacionistas del cambio climático, descreídos paranoicos, terraplanistas… No se trata de un efecto secundario que asumen a cambio de un nicho de negocio para vendedores de títulos. Para los operadores del trumpismo en todo el mudo, se trata de un objetivo tan importante o más que el del nicho de mercado”. Lo que hay detrás del populismo antiacadémico es una “rebelión antimoderna” que necesita regresar a los estados mentales anteriores al siglo XVIII, en los que la histeria y los carismas autoritarios eran la norma a la hora de dictar toda clase de políticas agresivas y descontroladas. 

Lo estamos viendo en directo en Estados Unidos: el país se hunde entre estertores neoimperialistas y vecinos de toda la vida está dejando de reconocerse en los espacios públicos. La reactividad primaria sustituye a la reflexión más básica: se desata la brutalidad más grotesca, el autocolonialismo se instala entre una ciudadanía aterrorizada o coaccionada, que no sabe cómo detener tampoco el neocolonialismo exterior; se pasean las armas automáticas por las plazas públicas: la gente asiste atónita a la voladura suicida de las instituciones que antes significaban algo, y se acaba imponiendo el más salvaje, el más vertical. Todo este marasmo ha sido posible porque nunca ha existido una red pública de educación secundaria igualitaria suficiente, y porque la universidad se ha elitizado hasta extremos inconcebibles. 

La comunicación entre campos sociales diversos queda interrumpida. Cada ideólogo lanza sus invectivas en un idioma que el rival ni siquiera entiende. La confianza civil desaparece y se autoriza al más brutal a imponer el nuevo orden, el falso orden solo aparente y precario. No hay verdad común alguna, y su espacio lo llena la payasada útil. Por otra parte, como hemos dicho, el libro ofrece varios enfoques complementarios: Laura Llevadot, profesora de Filosofía en la Universitat de Barcelona, investiga por qué la universidad contemporánea se ha convertido en una fábrica, es decir, un no-lugar cruzado de precariedades y patriarcalismos, y sobre todo se pregunta a quién interesa que esto ocurra. Miguel Amador y Juana Caso, estudiantes becados en la Complutense (y esto sí es novedad: darle su sitio a dos estudiantes), nos recorren la historia de las luchas universitarias desde la implantación del Plan Bolonia, identificando tanto aciertos como debilidades.

Lo sabía Bertrand Russell. No hay democracia posible sin universidades autónomas, sin bienes comunes exentos de vigilancia financiera; sin Humanidades críticas, sin trasvase de conocimientos también a las mayorías sin privilegios, sin creatividad o sin ciencia base. Lo que tenemos sobre la mesa no es solo una política austericida como las que viene sufriendo Occidente desde 1973; el asunto es algo más profundo. Lo que está en juego ahora mismo es el camino histórico que está eligiendo nuestro país. A un lado tenemos una socialdemocracia que agoniza entre espasmos, es decir, un Estado del Bienestar que se derrumba casi al momento de haber nacido, como los de nuestro entorno,  y, al otro, un autoritarismo orgulloso que moldea a su gusto tanto las interpretaciones del pasado y del presente como los objetivos de la investigación.

Si no existe universidad pública que vincula la exploración de nuevos saberes e ideas con la calidad de la docencia, la capacidad reflexiva de una sociedad se marchita rápidamente, y en cuestión de meses se licuan estructuras que tardaron siglos en construirse. Todo tipo de continuidades contra la servidumbre, la noción misma de que somos capaces de autoorganizarnos y mantener vivo el debate público se esfuma si eliminamos en pocos años toda la capacidad de maniobra que las universidades públicas atesoraban. Si esta operación de desprestigio y asfixia acaba prosperando, obtendremos un sistema de castas inmune (o alérgico) a las revisiones críticas: habremos cerrado el futuro a toda nuestra juventud, nos habremos hundido de nuevo en una oscuridad mitológica, donde el charlatán y el timador se convierten en los reyes absolutos.