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La memoria no es un armario de recuerdos. Frente al clásico relato de un Madrid agostado por los obuses y el caos de la Guerra Civil española se abre paso el dato puro, sin cálculos ni aditamentos: la operación de contraespionaje de Franco, planificada al detalle por el general José Ungría, jefe del Servicio de Información y Policía Militar (SIPM), ex policía del III Reich, aficionado al aroma floreado de los vinos del Rin y figura clave en la victoria del levantamiento contra la II República. El libro de Gutmaro Gómez Bravo, Cómo terminó la Guerra Civil (Crítica), recién publicado, reconstruye la decisiva operación de inteligencia, utilizando la documentación desclasificada por archivos españoles e internacionales.

A partir del 2000, las miradas renovadoras sobre la Guerra Civil, como la de Gómez Bravo, tratan de desplazar la neutralidad historiográfica mantenida por los que explican la victoria de Franco como el triunfo de un ejército inteligente sobre las fuerzas republicanas mal instruidas, contaminadas por el anarquismo y el estalinismo; una historia maniquea con la que llenó tantas páginas Ricardo de la Cierva, seguido de hagiógrafos de Franco como el catedrático Luis Suárez o cronistas como Pío Moa que atribuyen la principal causa de la guerra a la radicalización de los partidos de izquierda durante la Revolución de Asturias, en 1934.

Milicianos de la Guerra Civil española

El 34 es la frontera que divide a los renovadores y los equidistantes. En este segundo grupo se encuentran algunos de los historiadores, cronistas y políticos consagrados que atribuyen la causa de la Guerra a la Revolución de Asturias, un movimiento revolucionario que “al prender entre los mineros desata una represión militar que fue el ensayo general del salvajismo del golpe de 1936”, en la versión del escritor Antonio Muñoz Molina, una pluma de mucho fuste.

Muñoz Molina, conocedor del sectarismo rojo en la Universidad de los años sesenta, resume que, en el pasado, las clásicas trifulcas de la izquierda republicana y su radicalismo fueron muy responsables del hundimiento de la II República: “Las fuerzas progresistas se pelean con saña entre sí hasta que el triunfo del enemigo contra el que no supieron unirse les hace descubrir que por fin tienen algo en común: la cárcel, la persecución, el exilio”.

¿Cuál fue la causa? ¿Sobre quién recae la responsabilidad? ¿Todos perdimos? ¿Nadie ganó? Las preguntas se amontonan después del último detonante discursivo: el célebre debate aplazado y titulado La Guerra que todos perdimos, coordinado por Arturo Pérez-Reverte, en Sevilla.

El principio de que “todos hemos sufrido la crueldad de la Guerra” se hace muy real delante de la Elegía española de Luis Cernuda –“Que por encima de estos y esos muertos/ y encima de estos y esos vivos que combaten/ Algo advierte que tu sufres con todos./ Y su odio, su crueldad, su lucha/ Ante ti vanos son, como sus vidas/ Porque tu eres eterna/ Y solo los creaste Para la paz y gloria de su estirpe”-, deudora del desastre final confirmado por los últimos mensajes de Julián Besteiro, en busca de un desenlace pactado, enviados al bando militar desde el Consejo de Defensa de Madrid. Mensajes cercenados por la conocida respuesta de Franco: “exijo la rendición sin condiciones”.

El coronel Segismundo Casado

La Guerra no fue el fruto exclusivo de un éxito militar. Tomadas las comunicaciones y cables, la verdadera rendición del gobierno de Juan Negrín, es una asfixia administrativa real y difundida de mensajes a la población hambrienta. En el último tramo de la contienda, Valencia, la capital republicana que sustituye a Madrid, vive entre playas de hojarasca y acantilados calcáreos convertidos en improvisados caladeros. Hay hambre y temor. “La guerra se gana debilitando al enemigo desde dentro, a través de una gestión calculada del miedo”, afirma Gómez Bravo.

La nueva ola de historiadores a la que pertenece Gómez Bravo incluye a Diego Martínez López y Óscar López Azcón que han publicado, 80 años después, operaciones secretas del bando nacional, en ensayos que vieron la luz en la revista científica Huarte de San Juan. Geografía e Historia; y a ellos se añade un grupo de científicos vinculados a la Complutense, a las universidades de Málaga, Salamanca o Zaragoza, entre los que destaca Ángela Cenarro (Universidad de Zaragoza), que aplaude el “acopio y la crítica de fuentes”, o Nicolás Sesma, autor de Ni una ni grande ni libre (Crítica); y todos bajo la sombra de Julián Casanova, autor de Franco, la biografía más completa del general.

Portada del libro de Gutmaro Gómez Bravo

El trabajo de los renovadores reconstruye los meses finales del conflicto entre la caída de Barcelona y la rendición de Madrid, mostrando cómo la inteligencia franquista dirige la propaganda, la censura, el espionaje y la diplomacia. El reconocimiento de Burgos es difundido en Londres por el duque de Alba, Jacobo Fitz-James, y en París por José Quiñones de León; su hilo conduce al archivo del Centro Documental de Memoria Histórica de Salamanca y al archivo de Alcalá de Henares, hoy abiertos.

El contraespionaje franquista accede a la correspondencia de Manuel Azaña; la serie completa de la valija diplomática del Gobierno republicano se conserva en la Fundación Francisco Franco, hoy inactiva. En el núcleo del relato nacional del final de la guerra como desenlace del “golpe preventivo” figuran los artículos de José María Pemán, que constituyen el canon de la Guerra hasta nuestros días. No hubo armisticio ni amnistía.

“Las guerras no solo se ganan en las trincheras, sino también en los despachos”, apunta Gómez Bravo. En oficinas discretas, a través de decretos, telegramas interceptados, maniobras diplomáticas y una burocracia diseñada para desactivar al enemigo desde dentro, según las precisiones de Borja de Riquer en La tentación autoritaria, un libro sobre la ayuda prestada por Francesc Cambó y el partido regionalista, a los militares sublevados.

El entronque entre los renovadores y la historiografía científica visibiliza a una legión de maestros entre los que destacan Javier Tusell, Santos Juliá, ​González Cuevas o Enrique Moradiellos, entre otros, y los hispanistas reconocidos, Sebastián Balfour, Herbert Southworth, Allison Peers -conservador, autor de El mito de la cruzada de Franco y admirador de Manuel Azaña-, junto a documentos bastante decisivos, como los debatidos ensayos de Helen Graham, Los mitos de la Guerra Civil, publicados originalmente en el The Times Literary Suplement, en 2003.

El hotel Colón durante la Guerra Civil MNAC

Los consagrados coinciden en que los problemas de la República podrían haberse solucionado si los militares no hubieran actuado con el apoyo del fascismo europeo. Sitúan la causa final en la fecha del 18 de julio, contorneada por la expansión autoritaria visible en el Tratado de Amistad Hispano-Alemán y el Tratado Anti-Komintern firmado antes de la inclusión de España en el Eje.

Las aportaciones más rigurosas vinculan los pilares de la Dictadura con el último parte de guerra. La Guerra Civil y el Régimen de Franco forman un proceso continuo; no son dos etapas separadas. La ocupación del Estado republicano se produce antes de la rendición, gracias al trabajo del citado general Ungría, el hombre austero que duerme vestido sobre un sillón de molesquín y almuerza tostadas con café a palo seco.

El Decreto de Amnistía de marzo del 39 es la herramienta que él inventa para desactivar la resistencia y dar carta blanca al nuevo orden.

Una vez más, la desclasificación de las hemerotecas silenciadas se nos presenta como el arma del investigador. Pero la Historia, como ciencia, no declara la hegemonía de los archivos; solo los utiliza; son el descubrimiento o el contraste, no el resultado. Nadie puede olvidar que el historiador es un mediador entre el dato y su significado, cuya labor “consiste en aplicar un aparato conceptual que le permita trascender la simple descripción de los hechos” (Ortega en La Historia como sistema).

En este sentido, la historia “no es una reconstrucción del pasado, sino una construcción intelectual basada en el análisis crítico de las fuentes”, teniendo en cuenta que la objetividad absoluta es inalcanzable.

Propaganda y representación

La guerra tuvo ganadores y perdedores. Poco después del final, el control social establecido en la España de posguerra señala a la Dictadura militar como continuidad del marco normativo del Estado liberal español desde el siglo anterior. La guerra no era inevitable, pero su jinete apocalíptico venía trotando de lejos, se había ido sembrando mucho antes; este es el campo de investigación historicista, seguido por Paul Preston en El holocausto español. Odio y exterminio en la guerra civil y después; y también lo es de otros historiadores indiscutibles que han buceado en el panorama internacional de los años 30, como Vicens Vives y especialmente Pierre Vilar, autor de La guerra Civil española, una visión totalizadora en consonancia con la Escuela de los Anales de París.

Colocar a España en el contexto internacional nos garantiza evitar las construcciones patrioteras y la sublimación de las naciones, como fuente de legitimización de los nuevos autoritarismos.

El trabajo de Gómez Bravo amplía el concepto de frente de guerra. Además del militar, existieron frentes burocráticos, diplomáticos y psicológicos. Durante la Guerra civil, Burgos es la ciudad del Alto Mando franquista; unifica estrategia, propaganda y representación. Madrid es la capital destruida llena de túneles por los que circulan los mensajes de los futuros ganadores que conectan la trinchera con el mando.

Antes de tomar la capital, el capellán de la Armada, Vicente Mayor, jura ante “Dios y los Santos Evangelios pasar por las armas a cuantos sea necesario para lograr el triunfo definitivo”. La Iglesia justifica la base moral del levantamiento.

¿Es la guerra que todos perdimos?, se preguntan los partidarios de la equidistancia admitiendo implícitamente que la contienda era inevitable.

Barcelona cae en Enero del 39, las tropas reciben vítores en calles y aceras lóbregas y los edificios desconchados preparan el regreso de los patricios, las élites industriales y financieras que ya cuentan con el visto bueno del nuevo régimen para recuperar las fábricas colectivizadas, el gran fracaso económico de la República.

'Crónicas de la Guerra Civil' EDITORIAL RENACIMIENTO

El primero de abril del 39 es la fecha del último parte de guerra: ”Cautivo y desarmado...”. Empieza el exilio. El mundo de la literatura ha aportado obras que transmiten con enorme coherencia el pasado de los perdedores. Tres de estas obras escritas en catalán adquieren relevancia en el canon de la literatura vernácula contemporánea: El mar de Blai Bonet, Pa negre, de Emili Teixidor e Incerta glòria de Joan Sales, marcadas las tres por un realismo estremecedor, en las antípodas de la épica tradicional. El director de cine Agustí Villaronga ha compuesto con ellas la llamada trilogía de la guerra.

El poder de la literatura

La posguerra palpita en ficciones indiscutibles como Tiempo de silencio de Martín Santos, El Jarama de Sánchez Ferlosio o Si te dicen que caí de Juan Marsé. La nómina de los mejores es larga: Max Aub, Francisco Ayala, Torrente Ballester, Laforet, Delibes, Quiroga, Goytisolo, Matute, etc.

A partir de entonces, la literatura de posguerra, convertida en género, da pasos desiguales, hasta llegar a Rafael Chirbes, autor de En la orilla, el diálogo vital entre un niño y su padre, un carpintero excombatiente republicano que decide callar para el resto de su vida. Chirbes rechaza el boom de la memoria para adentrarse en el compromiso con la Historia para reavivar sus pausas durante la Dictadura y la Transición.

Sus personajes tienen la sensación de que su mundo ha encontrado una realidad que no les pertenece, parecida al avance de la posverdad que hoy nos rodea. La Historia señala para mal a las comunidades que sacralizan su condición; las condena a la extinción.