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Un programa doble demencial

La décima temporada de 'American Horror Story' incurre en una inverosímil distopía retro para los amantes de las rarezas del dúo Murphy & Falchuk

Una imagen de 'American Horror Story', en su décima temporada / DISNEY PLUS
Una imagen de 'American Horror Story', en su décima temporada / DISNEY PLUS

La serie de Ryan Murphy y Brad Falchuk American Horror Story se ha situado al borde del delirio desde un buen principio, pero en la temporada número diez (en Disney Plus) se ha instalado definitivamente en él. El perverso grand guignol que constituía la marca de la casa ha crecido de manera exponencial, convirtiendo una serie dedicada al terror en una fascinante chaladura que, si bien no acaba de tomarse del todo en serio a sí misma, lleva al espectador a una suerte de insania colectiva en la que no se respeta ni una mínima verosimilitud: todo es, directamente, una locura a la que se ha dado luz verde porque la pareja Murphy--Falchuk ha demostrado hasta ahora una habilidad admirable para ganar dinero y hacérselo ganar a sus inversores.

Como elemento novedoso a nivel de estructura, la décima temporada de American Horror Story se presenta como un programa doble. La primera historia se desarrolla a lo largo de los seis primeros episodios y atiende por Red tide (Marea roja). La segunda ocupa los cuatro últimos, no tiene nada que ver con la primera y se titula Death Valley (El valle de la muerte). Si la primera entrega de la temporada número diez es puro delirio, la segunda incurre directamente en la más inverosímil distopía retro y está rodada en gran parte en blanco y negro, teniendo como personajes principales a los presidentes Eisenhower y Kennedy y a la esposa del primero, la terrorífica Mamie, a la que los guionistas han convertido en la principal responsable de las relaciones de los Estados Unidos con unos aviesos extraterrestres que aspiran a crear híbridos de alienígena y ser humano. Pero empecemos por el principio.

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Imagen de la serie, American Horror Stories / DISNEY PLUS

 

Marea roja transcurre en un pueblo de Massachusetts al que llega un guionista de televisión, acompañado por su mujer embarazada y su hija de nueve años, para escribir el piloto de una serie. Es invierno, los veraneantes han desaparecido y el pueblo está casi vacío. Nuestro hombre está bloqueado, pero sus problemas se solucionan con la ingesta de una píldora negra que fomenta la creatividad, aunque tiene algunos efectos secundarios algo molestos; principalmente, que te convierte en un vampiro sediento de sangre. Y eso, si tienes talento de natural. Si no, te degrada a la condición de zombi asesino y chupasangres que se arrastra por las vacías calles de Provincetown en busca de algo que comer (preferiblemente, algo humano, aunque esos desgraciados también se apañan con mapaches y zarigüeyas). La inventora de la pastilla --conocida como La Química-- trabaja con dinero de los militares, pero se entretiene con sus propios experimentos. Además de poner a caldo al gobierno, Murphy y Falchuk hacen lo propio con Hollywood, el mundo literario y cualquier ambiente proclive a las ambiciones, hasta acabar generando un disparate divertidísimo en el que la suspensión de la incredulidad debe adoptarse desde el minuto uno.

Chifladura fascinante

Sube la apuesta con El valle de la muerte, donde hay que creerse que Eisenhower llegó a un acuerdo con los extraterrestres a finales de los años 50 para disfrutar de su tecnología a cambio de tolerar cierto número de abducciones de ciudadanos estadounidenses con fines de investigación científica. Cuando Ike le contó el acuerdo a Kennedy, firmó la sentencia de muerte de éste y de la amante a la que se lo contó todo, Marilyn Monroe, tras cuyas eliminaciones estuvo nada menos que Richard Nixon. Y así va todo en Death valley. Y todo es inverosímil. Y Murphy y Falchuk lo saben y saben que nosotros también lo sabemos, pero a todos, creadores y espectadores, nos da lo mismo porque el espectáculo es una chifladura fascinante, un más difícil todavía que nunca alcanza la cima y una de las propuestas más demenciales que puedan encontrarse en la televisión actual.

No estamos hablando de un producto para todo el mundo. Y no seré yo quien le afee la conducta a quien se desconecte de AHS10 a los quince minutos del primer episodio porque considera que le están tomando el pelo o le consideran, directamente, un imbécil infantiloide. Pero los aficionados a las rarezas y a los excesos del dúo Murphy & Falchuk tienen muchas posibilidades de quedarse enganchados a este demencial programa doble que ha convertido definitivamente una serie de terror en una experiencia única a medio camino entre la genialidad y el ridículo más espantoso. Sí, nada es verosímil. Sí, todo es una locura. ¿Pero y lo bien que nos lo habremos pasado algunos?