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De Oxford al infierno

La serie 'Anatomía de un escándalo' es mucho más que un relato criminal al presentar una crítica social ejemplar sobre la clase conservadora británica

Una imagen de la serie 'Anatomía de un escándalo' / NETFLIX
Una imagen de la serie 'Anatomía de un escándalo' / NETFLIX

La arrogancia, estupidez, frivolidad y falta de empatía hacia los elementos más desfavorecidos de la sociedad por parte de las clases altas es un tema recurrente en la ficción británica y hay una larga lista de escritores que la han abordado a lo largo del tiempo, de Evelyn Waugh a Edward St. Aubyn, pasando por Sarah Vaughan, cuya novela homónima ha servido de inspiración para una miniserie (seis capítulos) recién colgada en Netflix, Anatomía de un escándalo. La lucha de clases al estilo británico es, probablemente, lo más destacable de esta producción que, aparentemente, solo pretende ser un thriller judicial más que mantenga al espectador preocupado por saber si el acusado es culpable o no. De haberse quedado ahí, la cosa no pasaría de un digno entretenimiento, pero lo que confiere a Anatomía de un escándalo un especial interés es el retrato de esa gente privilegiada desde la cuna que, tras acudir a Eton y Oxford, toma las riendas de su país tras haberse apuntado al Partido Conservador (una gente, por cierto, que está actualmente al mando en el Reino Unido, con las consecuencias de todos conocidas).

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Una imagen de 'Anatomía de un escándalo' / NETFLIX

James Whitehouse (Rupert Friend) forma parte destacada de esa gente. Encargado del Departamento de Inmigración en el Ministerio del Interior, es amigo del primer ministro (un badulaque que recuerda inevitablemente a Boris Johnson, aunque su aspecto no es tan ridículo), al que conoció en la universidad, ha crecido entre algodones y siempre dio por sentado que pertenecía a la clase dirigente. Casado con su novia de la universidad, Sophie (Sienna Miller) y padre de dos hijos, la vida le sonríe hasta que una becaria del ministerio con la que tuvo un lío de cinco meses lo acusa de haberla violado en un ascensor de Westminster una vez concluida la relación. Con gran flema británica, Sophie, en vez de montarle un cirio de padre y muy señor mío, toma partido por él con la excusa de que llevan casados doce años y comparten dos vástagos. El primer ministro lo apoya (entre otros motivos, porque –la amistad tiene un límite-- James conserva ciertos secretillos de la época universitaria del jefe que podrían ponerlo en un brete, de cuando ambos formaban parte de una hermandad llamada Los Libertinos, cuyos miembros se dedicaban a hacer el ganso sin tasa porque para algo venían de familias pudientes). Los amigos le dicen que se saldrá de rositas, que los tiempos de los escándalos sexuales que te hundían la carrera han pasado a la historia. Pero una abogada de la Corona (que también oculta un secreto relevante), Kate Woodcroft (Michelle Dockery), se empeñará en buscarle la ruina al político porque sabe de lo que son capaces él y los de su clase.

Un bodegón, o una naturaleza muerta

Y, como les decía, el retrato de esa clase es lo más interesante de Anatomía de un escándalo, así como la evolución de Sophie, quien, a lo largo de la trama, va dejando de ser la dócil y sumisa señora Whitehouse y dándose cuenta de que, en realidad, no sabe con quién se casó exactamente doce años atrás. Escrita por David E. Kelley (responsable de algunos éxitos televisivos recientes de factura más bien rutinaria) y Melissa James Gibson y dirigida por S. J. Clarke, Anatomía de un escándalo se beneficia de un material literario que está bastante por encima de lo que suele llamar habitualmente la atención del señor Kelley (pensemos en su reciente producción The undoing, con Nicole Kidman y Hugh Grant, un thriller a medio cocer del que te desentendías a los veinte minutos). Más allá de averiguar si un diputado tory violó o no a su becaria favorita, lo interesante de esta miniserie radica en el implacable bodegón (o, mejor dicho, naturaleza muerta) que traza de la pandilla de desgraciados que lleva siglos manteniendo vivo el sistema de castas en Gran Bretaña, una gente que va a su bola porque considera que ella lo vale y que ha sido criada para heredar el poder que ejercieron sus padres y sus abuelos.

Aunque en esta historia no se salva del todo nadie. Como sujeto despreciable, James Whitehouse se lleva la palma, sin duda alguna, pero tampoco salen muy bien paradas ni su mujer ni la abogada empeñada en hundirle por motivos que solo ella conoce y que descubriremos en los últimos episodios. Carente de personajes que apelen a la empatía del espectador, Anatomía de un escándalo consigue ganarse el interés de éste pese a ello. Lo cual me parece uno de los mayores logros de esta miniserie que corre el riesgo de pasar desapercibida por su apariencia de enésimo thriller judicial: la mezcla de relato criminal y crítica social es ejemplar.