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Los locos de dios

'Por mandato del cielo' es varias cosas a la vez: un thriller, una inmersión en la religión organizada más chiflada de todas las que existen, un drama familiar y una tragedia personal

Fotograma de 'Por el mandato del cielo' de Disney+
Fotograma de 'Por el mandato del cielo' de Disney+

Las historias de mormones majaretas parecen estarse convirtiendo en un nuevo subgénero del sector audiovisual norteamericano. Si hace unas semanas les hablaba de la serie documental de Netflix Sé buena: reza y obedece, hoy me toca recomendarles la propuesta de Disney Plus Por mandato del cielo (Under the banner of heaven), escrita por Dustin Lance Black (el guionista del film de Gus van Sant Mi nombre es Harvey Milk) a partir del libro de Jon Krakauer Obedeceré a Dios, recién publicado entre nosotros por la editorial Península, aunque apareció en inglés en 2003. Si en Sé buena: reza y obedece se optó por un documental, Por mandato del cielo adopta aires de ficción, aunque todo lo que se cuenta sucedió en el estado de Utah, capital mundial de los seguidores de Joseph Smith, inventor de la inverosímil religión mormona, en 1984. El guionista se ha tomado ciertas licencias sobre el texto original, añadiendo a una peculiar pareja de policías que llevan la voz cantante en el relato --un inspector mormón y meapilas que ve puesta a prueba su fe en el curso de la investigación, Jeb Pyre (Andrew Garfield, actor usualmente mediocre que aquí está la mar de bien) y su descreído colega Bill Taba (Gil Birmingham), un indio paiute al que las chorradas de los mormones no pueden traerle más al fresco--. Pero se trata de un recurso respetable a la hora de adoptar un tono de ficción para explicar una historia tristemente real: el sangriento asesinato de una mujer mormona y su hijo de quince meses en su propio hogar.

El principal sospechoso, evidentemente, es el marido y padre de la criatura, Allen Lafferty (Billy Howle), quien niega haber matado a nadie y señala a dos de sus hermanos mayores, Ron (Sam Worthington) y Dan (Wyatt Russell), dos fundamentalistas de los que se había alejado (como de la iglesia) cuando fundaron un grupúsculo encaminado a volver a las raíces del mormonismo, incluyendo la poligamia y el asesinato de supuestos pecadores que contradecían las instrucciones de Joseph Smith y su segundo de a bordo, Brigham Young (que da nombre, por cierto a la universidad de Utah: ¡como para enviar ahí a tus hijos!). Todo parece indicar que la actitud firme y razonable de Brenda (Daisy Edgar-Jones), partidaria de un mormonismo adecuado a los tiempos modernos, despertó las iras de los hermanos Lafferty, que nadie sabe dónde se han metido.

Alternando el presente con el pasado (hay abundantes flashbacks protagonizados por Smith y Young, en los que vemos cómo los mormones van siendo echados a patadas de todas partes hasta que acaban tomando prácticamente el estado de Utah, un inmenso secarral no especialmente apetecible para los pioneros), Por mandato del cielo es varias cosas a la vez: un thriller, una inmersión en la religión organizada más chiflada de todas las que existen (basada en el Book of Mormon, escrito por Smith, pero presentado como un regalo del improbable arcángel Moroni), un drama familiar (los Lafferty se consideran los Kennedy del mormonismo, aunque solo son una pandilla de tarugos fanatizados que necesitan urgente ayuda psiquiátrica) y una tragedia personal, la del inspector Pyre, un buen chico educado a base de patrañas que ve de repente cómo su mundo (el de aquí y el del más allá) se desmorona tras el asesinato de Brenda y su crío. Gracias a las mismas lecturas que alejaron a Allen de sus hermanos, Pyre descubre que le han engañado desde la más tierna infancia y que su vida es una inmensa mentira.

Si hay una secuencia que define a la perfección la propuesta es esa en la que Allen le pregunta a Jeb: “¿Qué se siente al quedarte a solas con tu propia mente, sin nada a lo que agarrarte?”. Todos los conceptos citados encajan a la perfección en Por mandato del cielo, miniserie de siete capítulos de una hora (menos el último, que llega a los noventa minutos). Y para el espectador español católico (aunque no sea practicante), constituye una fascinante inmersión en un sector de la sociedad norteamericana que sigue practicando una religión aparentemente absurda, pero que pasa lógicamente desapercibida en un país que, pese a su condición inequívocamente democrática, siempre ha mostrado cierta tendencia a la teocracia.