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La caída de la casa Byrde

La serie 'Ozark' muestra con claridad el principio del cine norteamericano por el cual los personajes deben evolucionar y es lo que ocurre con una familia forzada por unos narcotraficantes

Una imagen de la serie 'Ozark', sobre la familia Byrde / NETFLIX
Una imagen de la serie 'Ozark', sobre la familia Byrde / NETFLIX

Según una regla no escrita del cine norteamericano, un personaje no puede ser el mismo al final de la película que en su inicio. Sin una cierta evolución (o transformación), nos dice esta norma, no hay ficción solvente, no hay drama, no hay nada. El finlandés Aki Kaurasmaki ha basado toda su obra en no hacer ningún caso de esta regla y las cosas le han salido muy bien, pero no por ello debemos despreciarla: a veces, sin cambios, la historia no avanza y un largometraje puede acabar pareciéndose a una naturaleza muerta. La serie Ozark, que acaba de terminar en Netflix tras cuatro vibrantes temporadas, sigue al pie de la letra la regla del cambio. Es evidente que al final de la cuarta entrega sus protagonistas no son los mismos que al principio de la primera. Y eso, los que quedan vivos….

Al inicio de Ozark, Marty Byrde (Jason Bateman) y su mujer, Wendy (Laura Linney), eran un matrimonio de Chicago con dos hijos que llevaba una vida de una normalidad rayana en el aburrimiento. Marty trabajaba como contable con un socio y las cosas le iban razonablemente bien hasta que a ese socio se le ocurrió hacer negocios con unos narcotraficantes mexicanos y, lo que es peor, intentar timarles, lo que acabó con su ejecución y con un encargo para su compañero de trabajo: recuperar todo el dinero robado por el difunto. ¿Cómo? Pues trabajando para el cártel desde la zona boscosa de los Ozarks. Montando negocios con los que lavar dinero y saldar la deuda. O eso o sufrir el mismo final que el mangante de su socio.

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Una imagen de la serie 'Ozark / NETFLIX

Durante cuatro temporadas, hemos asistido a los esfuerzos de Wendy por sacar adelante a los suyos y preservar, aunque de manera harto peculiar, los valores familiares norteamericanos. Frente al práctico fatalismo de Marty, obligado a hacer cosas que nunca habría querido llevar a cabo, Wendy acaba cometiendo todo tipo de canalladas (incluido el asesinato de su propio hermano, un bocazas aquejado de esquizofrenia), pero justificándolas siempre por la necesidad de salvar a su querida familia: puede que los cadáveres se apilen a su alrededor, pero ella siempre encuentra alguna excusa para justificarlos, mientras su marido se desespera, pero, al mismo tiempo, se da cuenta de que no le queda más opción que sumarse al disparate generalizado en que se ha convertido su vida. En el fondo, tanto Wendy como Marty han sufrido una transformación muy similar a la del Walter White de Breaking bad. Sin comerlo ni beberlo, siempre en busca de lo menos malo para sus hijos, se han ido convirtiendo en unos criminales.

Retrato implacable de la destrucción de una familia

La serie creada por Bill Dubuque y Mark Williams es de lo mejor que se ha visto últimamente en las plataformas de streaming. El equipo de guionistas ha llevado a cabo un trabajo admirable. Y los protagonistas también. Jason Bateman, especializado hasta ahora en comedias tontorronas, borda el papel del chupatintas obligado a convertirse en un mafioso. Laura Linney, que siempre ha sido una actriz estupenda, está impresionante como esa madre de familia que va perdiendo las manías al mismo tiempo que la cordura para ir parando los golpes que le arrea la vida que le ha caído encima. Pero la gran (y gratísima) sorpresa de la serie es Julia Garner, que interpreta a una emprendedora chica del colectivo white trash, Ruth Langmore, que empieza la serie como secundaria y acaba teniendo el mismo peso que la pareja Bateman-Linney.

Ozark es, al mismo tiempo, un thriller con narcos (el temible Omar Navarro y su psicótico sobrino Javi Elizondro, que se acaban llevando su merecido) y el retrato implacable de la destrucción de una familia de clase media que intenta (demencialmente) guardar las apariencias siguiendo las instrucciones del peculiar manual de autoayuda (no escrito) de la voluntariosa Wendy (que acaba perdiendo la chaveta por el camino). Por motivos que no acabo de entender, el final de Ozark no es de la contundencia y la irreversibilidad que cabía esperar. Es, de hecho, un final ligeramente abierto en el que, aparentemente, los Byrde se salen con la suya. Pero la actitud del hijo de Wendy y Marty en el último minuto, en la última secuencia, en el último plano, permite intuir que hay un nuevo criminal en la familia al que ni se le pasa por la cabeza la perspectiva de regresar a una vida normal.