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Auge y caída de Locomía

La miniserie 'Locomía' aborda la creación de un grupo que apenas sabía hacer nada y las rivalidades de los que se arrogan su paternidad

Imagen de la miniserie sobre Locomía / MOVISTAR
Imagen de la miniserie sobre Locomía / MOVISTAR

Atención, pregunta: ¿se puede fabricar un documental interesante sobre un grupo (seudo) musical carente del más mínimo interés? Respuesta: como dirían los de Podemos, sí, se puede. Lo acabo de comprobar tras tragarme del tirón los tres capítulos de la miniserie de Movistar Locomía, que recoge las (lamentables) andanzas de la pandilla del abanico a finales de los años 80 y principios de los 90, cuando se hicieron famosos sin saber hacer la o con un canuto gracias al empeño de su fundador, Xavier Font, y de su productor, José Luís Gil, que protagonizan una grotesca lucha de titanes a lo largo de casi tres horas y hablan de Locomía como si se tratara de Roxy Music, cuando esa cuadrilla de posturitas no le llegaba a la suela del zapato ni a Duran Duran (que mira qué eran malos). Según Font, Gil le robó la idea y la (supuesta) magia del grupo para lucrarse a su costa y, de paso, hundirle en la miseria; según Gil, si no llega a ser por él, que los descubrió una noche en la discoteca ibicenca Ku dándole al abanico, nunca habrían salido del inframundo nocturno por el que revoloteaban.

Xavier Font, que se ha quedado calvo y luce en la cocorota un vistoso tatuaje maorí a lo Coto Matamoros, se muestra como un tipo arrogante y sobrado que se refiere a los demás miembros de Locomía como la manada o mis dragones. Solo empezar a hablar ya te das cuenta de que el hombre se cree más listo de lo que es. Ciertamente, fue él quien se instaló en Ibiza y se puso a diseñar sus célebres zapatos puntiagudos y sus no menos célebres atuendos de mamarracho futurista. Fue él quien reclutó a sus compañeros de aventuras, a los que no tardó nada en convertir en su harén particular, para desgracia de su novio y miembro del grupo, Manolo, que parece un buen chico (igual que los demás, sometidos todos a la tiranía creativa y recreativa del señor Font, que ya apuntaba maneras de gurú de alguna secta). Fue él quien tuvo la idea del abanico y quien convirtió al grupo en una atracción nocturna ibicenca, pero durante su mandato, todos se limitaron a bailar y a vivir en una juerga permanente.

Canciones estúpidas, pero resultonas

El que tuvo la intuición de que con aquella tropa se podía ganar un buen dinerito fue José Luís Gil, que, como queda claro en el documental, no es ningún idiota y tiene un olfato admirable para la pasta: a él le debemos las carreras de Miguel Bosé, José Luís Perales o Enrique y Ana. Y entre el fachenda del fundador de Locomía y un tipo que llegó a presidente de Hispavox a los veinticinco años, uno acaba tomando partido por el señor Gil (pese a esos planos tenebrosos que lo presentan como un auténtico genio del mal).

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Tres de los cuatro integrantes de Locomía / EFE

José Luís Gil convirtió a cuatro tíos que no sabían cantar ni componer ni tocar ningún instrumento en un grupo que piadosamente podemos tildar de musical. La grabación del primer disco fue una pesadilla porque nadie en Locomía sabía hacer absolutamente nada, pero el voluntarioso Gil, que olía el dinero a distancia, se las apañó para fabricarles unas canciones estúpidas, pero resultonas, que funcionaron durante un tiempo, sobre todo en Sudamérica, donde el grupo cosechó un éxito espectacular, especialmente en Argentina (la aparición de una fan porteña que afirma que su vida cambió tras ver y escuchar a Locomía resulta entre entrañable y patética).

La inquina, lo más divertido de la propuesta audiovisual

Locomía desapareció a principios de los 90. Según Font, por culpa de Gil, al que acusa de aprovechado. Según Gil, por culpa de Font, al que califica de demente. En el ínterin, se produjo la dimisión de Font, hubo cambios en la formación (llegó a haber dos actuando simultáneamente), se fue perdiendo el favor del público y la cosa acabó como el rosario de la aurora, con Font y Gil haciéndose la puñeta mutuamente de manera implacable, actividad a la que siguen dedicados, como deducirá cualquiera que se trague este documental dirigido por Jorge Laplace y escrito por Pablo Aguinaga y el director. Aunque de forma me temo que involuntaria, la inquina que se profesan Font y Gil es lo más divertido de la propuesta (la muerte de dos miembros del grupo y la vida actual de los supervivientes mueve más bien a la melancolía), aunque entre los dos se cargaron la gallina de los abanicos de oro.

Para Gil, que es ante todo un hombre práctico, todo forma ya parte del pasado. Fue bueno mientras duró, etcétera. Pero Font, que llegó a pasar una temporadita a la sombra por tráfico de éxtasis y poppers, asegura que igual un día de éstos se busca una nueva manada y unos nuevos dragones y resucita a Locomía: los hay que no aprenden nada ni en el talego.