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El malo de la película

El cine español también es reflejo de esa imperiosa necesidad de posicionarse en uno u otro bando, sin matices

Miquel Escudero Diéguez

Fotometraje extraído de "La escopeta nacional" (1972), Luis García Berlanga / IMDB
Fotometraje extraído de "La escopeta nacional" (1972), Luis García Berlanga / IMDB

¿Cómo responder ante el prisma de un mundo repartido entre buenos y malos? ¿Cómo resistir al imperio de la necesidad de posicionarse constantemente frente a todo? Lejos de cultivar un verdadero foro para el intercambio de ideas, nuestra sociedad mediática premia lo inmediato y lo rotundo. Hastiados por el magma de huecas voces que nos inunda, es cada vez más difícil resistir.

Cuando se pretenden devaluar valores como la concordia o el deseo verdadero por entender al otro, se apaga parte de nuestra humanidad. La más mínima disensión resulta severamente castigada. La consecuencia lógica no será otra que la de ver a un numeroso grupo de imbéciles que se afanan por pretender situarse en el lado bueno de la historia. Cuando no hay espacio para la duda, nuestra posibilidad de pensar decae para devenir conflicto directo entre buenos y malos. Un duelo cainita que rezuma sorda rabia y firme voluntad por aniquilar a todo aquel que no piense igual que nosotros. En ese sentido, conviene leer al lingüista Teun van Dijk cuando analiza con precisión la dialéctica del “nosotros” y del “ellos”. Ese lenguaje tiene su raíz en algo tan humano como es la finitud de nuestro entendimiento, pero puede condenarnos a despertar los peores instintos que yacen en nuestro fuero interno. Ahí nacen todas las anomalías discursivas que dan pie a algunos de los más terribles monstruos de nuestra sociedad: etnicismo, racismo, xenofobia y nacionalismo.

El cine, refugio y consuelo

El cine debería siempre aspirar a ser refugio y consuelo para todas las personas que desean ver al otro. Decía Jean Renoir a través de Octave, personaje interpretado por él mismo, en La regla del juego (La règle du jeu, 1939), que “lo más terrible del mundo es que todo el mundo tiene sus razones”. Y es inevitablemente humano. Ahí nace la perversión de los que necesitan compulsivamente afirmar que están en el equipo de los buenos. Por supuesto, siempre contra los malos. Utilizando las siluetas de desconocidos sin rostro como estandarte para exhibir su propia virtud. Es terrible comprobar que el moralismo le ha robado a la moral lo mismo que el sentimentalismo sustrajo a los sentimientos.

Cartel del mediometraje "La cabina" (1972), dirigido por Antonio Marcelo / LACABINA.ES
  Cartel del mediometraje "La cabina" (1972), dirigido por Antonio Marcelo / LACABINA.ES

Uno de mis mejores amigos me sugirió volver a La cabina, el mediometraje que Antonio Mercero presentó en 1972. Y tenía razón. Una vez más. El personaje anónimo interpretado por José Luis López Vázquez se ahoga ante la imposibilidad de escapar al cubículo en el que se encuentra encerrado. Los técnicos se lo llevarán dentro de la cabina como si fuera un mono de feria en un espectáculo ambulante. No sabemos hacia dónde se lo llevan, pero podríamos imaginar que se lo presentarán a la comitiva de diplomáticos estadounidenses que tenían que venir a Guadalix de la Sierra en Bienvenido, Mr. Marshall (Luis García Berlanga, 1953). Escrita por José Luis Garci y por el propio Mercero, lo kafkiano se apodera del relato en La cabina. El anónimo interpretado por López Vázquez tomará conciencia de su fatal destino cuando se encuentre con la mirada de otro anónimo, también encerrado en una cabina. Y este hombre, interpretado por Agustín González, comprenderá que no le queda más remedio que ahogarse con el cordón del teléfono para evitar morir de inanición.

La sátira para esquivar censuras

Es posible que la sátira y el terror sean todavía hoy refugio para esquivar lecturas categóricas y sortear censuras. Puede que esa fina línea que separa el sarcasmo de la tragedia sea determinante para comprender la sensación de angustia de todas las personas que padecieron la dictadura franquista. Me refiero por supuesto a los que la sufrieron de verdad y no a los especialistas de la impostura, los mismos que pretenden arañar rédito a todo lo que les pueda permitir arrancar la posibilidad de ser considerados como víctimas.

Pienso ahora en lo bien que encarnó José Luis López Vázquez a todos aquellos personajes. Su intensidad y sus amanerados gestos, precisión y un talento bestial para la interpretación le convirtieron en un actor extraordinario. Sus ojos no podían evitar revelar también la presencia de un hombre entrañable. López Vázquez sería también Luis José, el hijo del marqués de Leguineche, interpretado por el sublime Luis Escobar. Tres hilarantes películas, escritas por Berlanga y por Azcona: La escopeta nacional (1978), Patrimonio nacional (1980) y Nacional III (1982). Berlanga no consideraba realmente que se tratara de tres episodios de una misma serie: “En todo caso, es una saga sobre sus principales personajes, pero sin que haya continuidad precisa en los acontecimientos”.                                       

La escopeta nacional portada
Cartel de "La escopeta nacional" (1978), dirigida por Luis García Berlanga / IMDB

Hitchcock

Esas tres películas resultan hoy fiel reflejo de los que siempre cayeron de pie, los que supieron identificar un lado bueno al curso de los acontecimientos, los que corrieron a inscribir ahí sus nombres sin girarse a mirar atrás. Los si-no-le-gustan-mis-principios-tengo-otros y los especialistas en cambiar de chaqueta (retourner sa veste dicen los franceses, girar y no cambiar). Los especialistas en salir guapos en todas las fotos.

Es conocida la deuda que todos los que amamos el cine tenemos con Hitchcock. Sin embargo, diría que una de sus aportaciones más interesantes tiene que ver con la construcción del relato. El malo de la película en el cine de Hitchcock es siempre carismático y encantador. Uno de los ejemplos más claros se encuentra en Con la muerte en los talones (North by Northwest, 1959): Phillip Vandamm, interpretado por el maravilloso James Mason, iguala a todo un Cary Grant (Roger Thornhill) en atractivo y suscita el interés constante de los espectadores. Al evitar maniqueísmos, Hitchcock sabía que su relato cobraba una nueva dimensión. Y era esa ambigüedad la que realmente le permitiría acercarse a lo real.

James Mason
James Mason en un fotograma de "Con la muerte en los talones", dirigida por Alfred Hitchcock (1959) / RS
 
 
 

Berlanga, un mal español para Franco

¿Y si dejáramos atrás la convicción de vivir en un mundo de buenos y de malos? ¿Y si intentáramos comprender qué lleva a cada persona a tomar uno u otro camino? Y lograr contrarrestar así el vacío discurso de los que enarbolan la bandera de lo absoluto con patetismo.

Franco llegó a decir en un Consejo de Ministros: “Ya sé que Berlanga no es un comunista; es algo peor, es un mal español”. No hay mayor honor ni mejor consideración. Es la misma satisfacción que siento yo cada vez que ciertas personas me tachan de ser un mal catalán.