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Clint Eastwood tiene, o mejor dicho tenía, una presencia imponente en la pantalla, pero sobre sus dotes como actor, la última palabra la tiene Sergio Leone, que le dirigió en El bueno, el feo y el malo y otros spaguetti western rodados en Andalucía: "Clint tiene dos expresiones: con sombrero y sin sombrero".

Claro que eso lo dijo cuando Clint Eastwood era un joven actor primerizo, pero varias décadas después no se puede decir que haya mejorado mucho. Su abanico expresivo se reducía a algunas muecas de la boca y algún fruncimiento de cejas cuando tocaba mostrar enfado o indignación.

Clint Eastwood

Su hijo (o uno de sus hijos) acaba de comentar en París que el anciano actor y director, que tiene 96 años, ya no rodará más películas. Vale, pues muy bien, Clint, adiós, cierra la puerta al salir.

Clint Eastwood ha dirigido docenas de películas, y antes actuó también copiosamente. Ahora que se jubila saldrán muchos artículos asegurando que se retira no solo un gigante, sino un clásico. Adelantémonos a esas trolas y contemos la verdad del asunto.

Su última película hasta la fecha creo que es El jurado número 2. Fui a verla al cine Palafox, de Madrid, que es la mejor sala de toda España. Una sala confortabilísima, pero ni eso salvó la experiencia. Se trata de una película sólo decorosamente rodada, intelectualmente nula, y que parece dictada por la pereza o la fatiga o por las legendarias ganas del anciano director de acabar la jornada tempranito para irse cuanto antes a jugar al golf, que es lo que de verdad le apasiona.

Películas como pizzas congeladas

Es un director sobrevalorado de películas como pizzas congeladas: tienen todos los ingredientes, pero no saben a nada. Rara vez verás un plano secuencia memorable. Él tira de plano y contraplano, y algún que otro travelling, pero sin pasarse. Los guiones suelen basarse en novelas competentes... pero las convierte en algo amorfo, como en los casos de Mystic River o de Medianoche en el jardín del bien y del mal.

Sin perdón le hizo ganar cuatro premios oscar, entre ellos uno a la mejor dirección y otro a la mejor película, pero en mi modesta opinión se los debe a la actuación del gran Gene Hackman, y a las de Richard Harris y de Morgan Freeman.

Clint Eastwood en Sin perdón

Eastwood para pasar el rato

A veces uno, cediendo a un atavismo pueril, a una especie de autoindulgencia, de conforte en la puerilidad, revisita en las plataformas alguna de sus películas: “Esta noche estoy mentalmente exhausto, no quiero pensar en nada... ¡Voy a ver una peli de Clint Eastwood!”

Entonces tiras de alguno de sus westerns, donde encarna la sempiterna figura del pistolero adusto, lacónico, introvertido y solitario que llega a un pueblo amenazado por la codicia de un ricacho que ha contratado a unos bandidos para arrebatarles las tierras. Clint siembra la justicia, aniquila a los malhechores y luego se va del pueblo. Como a todos nos gusta ver el triunfo del bien y la humillación del mal, esos westerns trillados siempre resultan gratos. O bien alguna de las cinco películas del teniente Harry Callahan, “Harry, el sucio”, de las cuales la primera, de Don Siegel, es con diferencia la realizada con mejor pulso.

Uno ve las películas de Harry el sucio para entrar en unos códigos narrativos perfectamente delimitados. Y para disfrutar de las vestimentas, los cortes de pelo, los coches, en el San Francisco de los años setenta. Uno espera el momento en que Clint dice una de esas frases aceradas, a veces ingeniosas, antes de sacar la enorme Magnum y, poniendo cara de repugnancia, pegar cuatro tiros.

En esas películas, el actor al que le toque encarnar al compañero de Harry apatrullando la ciudad en coche ya sabe de antemano que Harry, al principio, le despreciará, y luego, cuando le haya tomado cariño, morirá en alguna balacera. Es el trágico destino del “amigo del bueno”. Pero puede estar tranquilo, que Harry le vengará.

Especialmente grato es el momento —¡no puede faltar!— en que el jefe de la policía le reprocha a Harry sus modales expeditivos en la detención de algún criminal. O ese jefe reúne a sus agentes y les grita, exasperado, que el gobernador le está presionando para que se localice de una vez a un peligroso asesino:

--¡Salgan ahí fuera y no vuelvan sin traerme a ese hijo de puta!

O, harto ya de Harry, le retira del caso:

--¡Entrégame la placa y la pistola!

Harry las arroja, con majestuoso desdén, sobre el escritorio del jefe. Claro que en casa tiene otra. Y, diga lo que diga el jefe, no descansará hasta pillar al malo. Menudo es.