En un viejo episodio de los Simpson, Homer se presenta a un concurso televisivo llamado How low can you go (¿Cuán bajo puedes caer?), cuyo contenido se ajusta a la perfección a su título: los participantes son sometidos a crueles humillaciones y el ganador será quién mejor las encaje todas, aunque sea, evidentemente, a costa de la pérdida absoluta de su dignidad humana.
En la serie Beef (Bronca), la dignidad es un concepto sobrevalorado y socialmente inútil. Lo pudimos comprobar cuando Netflix estrenó la primera temporada hace tres años y asistimos a la bronca absurda entre dos coreanos de Los Ángeles por una plaza de aparcamiento. Algo que empezaba como un incidente sin importancia no tardaba mucho en escalar y convertirse prácticamente en una guerra.
Imagen de la segunda temporada de Beef (Bronca)
La miseria humana, un tema inacabable, tenía en Bronca un completo estudio de la materia, y la tragicomedia resultante demostró ser todo un hallazgo.
Bronca acaba de volver a Netflix con una segunda entrega de ocho episodios. La historia es nueva, pero el concepto es el de siempre: ¿hasta donde puedes llegar en tu miseria moral? O, lo que es lo mismo, ¿cuán bajo puedes caer?
Dudosa reputación
Esta vez, el miserable conflicto se mezcla con la lucha de clases. Joshua (Oscar Isaac, espléndido) y su mujer, Lindsay (Carey Mulligan) están al frente de un lujoso club de campo por el que deambula feliz su supuesto amigo Troy (William Fichtner), un millonetis que en realidad no es amigo de nadie y va siempre a la suya (acarrea tres divorcios y ahora disfruta de los servicios de una veinteañera tontísima, pero de muy buen ver).
Ashley (Cailee Spaeny) y su novio, Austin (Charles Melton), trabajan en el club, pero consideran que no prosperan lo suficiente. Una noche les baja Dios a ver cuando sorprenden a Joshua y Lyndsay, que basan su dudosa reputación en ser una pareja feliz, enzarzados en una discusión brutal con pinta de que puede acabar muy mal. Lo graban todo y lo utilizan para chantajear a sus jefes, cuya gestión del reputado Country Club deja mucho que desear y oculta algún que otro desfalco.
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La maquinaria del odio se pone en marcha y va escalando rápidamente. Sobre todo, a partir de que una millonaria coreana, la señora Park (Youn Yuh-Jung, compre el negocio y empiece a meter la nariz en las cuentas, momento en que la comedia cruel se instala definitivamente en el relato y la inquina se juega a varias bandas. En este sentido, la segunda temporada de Beef eleva y amplia el tono de la primera, conduciendo a un espectáculo de la miseria humana que da una grima tremenda, por mucho que te rías, y se parece mucho a esos espantosos accidentes de carretera que no puedes evitar mirar desde tu coche cuando pasas por delante.
Humor retorcido
El creador de Bronca es un coreano del sur instalado en Estados Unidos desde la infancia, Lee Sung-Jin, que durante una época se hacía llamar Sonny Lee porque no encontraba a nadie que supiera pronunciar su nombre. El humor de este hombre es negro, negrísimo, y recuerda al de la película Parásitos, por lo que no hay que descartar que esa visión grotesca y desesperanzada de la actividad humana constituya uno de esos rasgos diferenciales que tanto le gustaban a Jordi Pujol.
Mientras rodaba mi única película, Haz conmigo lo que quieras, el protagonista, Alberto Sanjuan, se me acercó un día tras una secuencia especialmente grimosa y me dijo: “Hay que ver lo que da de sí la miseria humana”. Tenía razón: da mucho de sí. Quien lo dude no tiene más que tragarse esta segunda temporada de Beef, rodada entre Los Ángeles y Seul, para comprobarlo. No es para todo el mundo y puede que haya quien se sienta expulsado de ella a causa de la crudeza del contenido, pero todos aquellos que tengan un sentido del humor ligeramente retorcido, creo que la disfrutarán tanto como yo.
