Ditte Jensen (Trine Dyrholm) es una mujer con pasado. Oficial del ejército danés, ejerció de enfermera, espía, torturadora y hasta francotiradora en diversas misiones internacionales. Creyendo haber alcanzado la edad de la jubilación (aunque sus antiguos mandamases la echan de menos y agradecerían que se reincorporara al servicio activo, dada la eficacia de sus tácticas violentas), Ditte se traslada a Islandia, donde se instala en un pequeño edificio de Reikiavik y se dedica a cultivar un pequeño jardín situado justo delante.
Todo va bien hasta que un gato inoportuno se empieza a zampar lo que planta. Y como el gato se interpone en lo que Ditte considera el orden natural de las cosas, se lo carga y lo tira a la basura, lo cual nos permite inferir, por si aún no nos habíamos dado cuenta, que la nueva vecina danesa es una mujer de armas tomar.
Imagen de la serie 'La mujer danesa'
Así empieza La mujer danesa (Filmin, seis episodios), una muy extraña serie islandesa cuyo género no acaba de quedar del todo claro. Aparentemente, es una comedia, aunque no te rías en ningún momento y dudes a menudo del equilibrio mental de su protagonista. Ditte puede mostrarse encantadora o ser una auténtica arpía obsesionada por poner orden en el mundo que la rodea. En teoría, solo aspira a lo mejor para todos sus vecinos, que acumulan problemas que, evidentemente, ella va a tener que solucionar.
El orden natural de las cosas
Ditte tiene la manía de que todos los islandeses deberían hablar danés, no en vano pertenecieron a Dinamarca hasta después de la Segunda Guerra Mundial. Ante su sorpresa, todos aquellos con los que se cruza prefieren aprender inglés, arguyendo que eso sí es una lengua útil, y no el danés, que no sirve para nada. Pese a su renuencia a hablar danés, Ditte se lo recuerda siempre que puede.
Pero eso es peccata minuta comparado con todas las medidas que la mujer danesa pone en marcha para restaurar el orden natural de las cosas. ¿Que el novio de una vecinita la amenaza con colgar en la red sus fotos desnuda? Pues Ditte lo acorrala en los trasteros, le zurra la badana, le inyecta una sustancia que lo atonta, lo desnuda y lo amenaza con colgar sus fotos si se atreve a colgar las de su novia. ¿Qué el vecino juerguista no la deja dormir con sus jolgorios con la música a todo trapo? Pues se cuela en su piso y le tira el tocadiscos por el balcón. ¿Qué una vecina atribulada le cuenta que sus hijos están todo el día colgados del móvil, del ordenador y de la Tablet? ¡Fácil! Ditte se hace con todos esos artefactos infernales, los mete en la bañera llena de agua y los deja completamente inservibles.
Rarezas audiovisuales
A ratos, Ditte parece la versión femenina de Charles Bronson en sus famosas películas de venganza radical. Educada para la guerra, la encuentra hasta en la vida doméstica de un barrio de Reikiavik. Y todas sus trastadas las lleva a cabo con entrenamiento y tácticas militares, consiguiendo que a sus víctimas, aunque se lo huelan, siempre les resulte imposible demostrar que esa maldita vecina es la responsable de todas sus desgracias.
Imagen de la serie de Filmin, 'La mujer danesa'
¿A dónde quiere ir a parar Benedikt Erlugsson, el director de esta ficción a medio camino entre la comedia delirante y las películas de psicópatas? Reconozco que no lo sé muy bien, aunque me he tragado muy a gusto los cuatro primeros capítulos. Puede que lo descubra al llegar al final, pero tampoco estoy del todo seguro.
Para incrementar la sensación general de chaladura total, el hombre recurre a la música, iniciando cada capítulo con unas imágenes de Ditte cantando una canción nórdica y dando unos inofensivos pasitos de baile. Sola o en compañía de otros miembros del elenco. A diferencia de las series de Dennis Potter, donde las canciones eran un componente dramático, aquí parecen llamadas a reforzar la impresión del espectador de que a Ditte Jensen le falta una patata para el kilo.
Peculiar extravagancia islandesa, La mujer danesa es de esas producciones que nuestras madres dirían que “se salen de lo habitual”. Dudo que sea para todo el mundo, pero los amantes de rarezas audiovisuales (nórdicas) pueden, como yo, pasar un buen rato con ella.
