Me decía el otro día un amigo, escritor muy conocido pero que “prefiere mantener el anonimato”:
“¿Tú no detestas a Timothée Chalamet, ese actor con nombre de hijo de carnicero especializado en alguna carne de baja calidad (“met” en francés significa comida) o de personaje de Balzac un tanto ridículo?
“¿No detestas a ese chico francés de cabeza pequeña, cabeza de chivato del cole, con su bigotito de “como si yo fuera Clark Gable?”
“Esa cabecita pequeña, esas facciones de hijo finito de tendero de ciudad de provincias francesas, facciones blandiblup, tan acordes, por otra parte, con lo que en los tiempos actuales se le pide a los actores, en los que no se quieren facciones viriles (pienso, por ejemplo, en James Coburn o en Clint Eastwood) sino perfiles con sugestión de desvalimiento y sensibilidad, con cierta ambigüedad también?
El actor Timothée Chalamet
“Y esa ‘ambigüedad’ (tú ya me entiendes) la encarna perfectamente Chalamet, y con la ambigüedad la sensación de que es un trepilla que en cualquier momento te va a clavar sus uñitas en la espalda. Mejor no te fíes de Chalamet.
“Aunque, en el fondo, no hay cuidado, pues es improbable que perciba tu presencia. Es obvio que sólo piensa en sí mismo y en su espejo, sólo ve su jeta chalametesca. ¡Está encantado de conocerse!”
Bien, mi amigo, el célebre escritor y académico, dice que va a fundar un club llamado CODECHA (Club de Odiadores de Chalamet). Parece que ese proyecto suyo está recibiendo ya muchas solicitudes de adhesión. Para inscribirse hay que enviarle un selfie en que uno se retrate escupiendo a una foto de Chalamet.
Sobre la ópera
Por algún motivo que se me escapa, mucha gente aborrece al joven actor francés. Me explica mi amigo académico:
“¡Nos sobran los motivos! Y seguramente a ti, Ignacio, te pasa como a mí: seguro que te alegras de que en los Oscar no haya pillado nada”.
No, vamos a ver, yo no me alegro de la desdicha de nadie, ni siquiera de Chalamet, que, como es notorio, en los Oscar del otro día no pilló ninguna estatuilla, y sólo porque en las vísperas metió la pata de mala manera. Sí, cuando se le ocurrió decir a micrófono abierto que, en su busca de fama y fortuna, prefiere dedicarse al cine, ya que el ballet y la ópera, disciplinas a las que se dedican sus hermanas, no le interesan a nadie y sólo sobreviven porque los Estados las financian y subvencionan.
Entonces todos los colectivos de ópera y ballet del mundo mundial salieron a replicar “al niñato”, como dice mi amigo académico:
"¿Pero por qué el Royal Ballet and Opera, la Opera de Viena, la de Australia, las de Madrid, Milano, Londres, etcétera, se vieron impulsadas a desmentir unas declaraciones de Timoteo Chalamet? ¡Pues lo hicieron! Y eso es probablemente lo que le ha costado el Oscar.
“Lo cual nos invita a reflexionar sobre la importancia que se le da a las opiniones de los actores, cuya profesión –muy respetable— no consiste en pensar por sí mismos, sino en la mímesis y en el recitado perfecto de lo que otros han previamente pensado y escrito. Por eso su opinión no debería ser más notoria que la de los albañiles o los electricistas o los maestros de griego antiguo.
En el papel de Dylan
“Pero tú te preguntabas, Ignacio, por qué somos tantos los que detestamos a Chalamet. Ya te he explicado la repugnancia que provoca su aspecto físico, y la bobería esa de la ópera y el ballet. Ahora te expondré mis motivos más profundos:
“En primer lugar es pareja de una de las Kardashian. Que está buenorra, sí, pero es de una vulgaridad tremenda.
“En segundo lugar, Timothée se ha fotografiado vestido con un traje de cuero de color naranja, con la espalda al aire, casi pidiendo ser enculado, y encima su horrendo traje iba a juego con el vestido, también naranja, de la ya mencionada y bombástica Kardashian o Jenner o lo que sea.
“En tercer lugar, y esto es lo más grave, ha ganado su reputación encarnando a Bob Dylan en otro biopic absurdo sobre el momento, documentado hasta el hastío, en que el músico norteamericano se pasó del folk al rock, y sus amores con Joan Baez, y el ambiente de revuelta sesentera… Pura hagiografía sin interés, mitologizando naderías.
“Cuando todos sabemos que la época más enigmática y psicológicamente más interesante de Dylan fueron los años ochenta, cuando de la noche a la mañana se convierte en un predicador del Antiguo Testamento, un poco demasiado inclinado a la botella, y pierde al grueso de su audiencia, a la que tiende a sermonear y reñir desde el escenario. ¿Qué le había pasado al tipo? ¡Ahí sí hay una película!
“Siempre que no la protagonice Timothée Chalamet.
"¿Qué, te apuntas al CODECHA?”
